Cemento de contacto

La Crónica del Barrio

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@Leira_Araujo

Una ruta que empezó como un misterio ante el extremo de donde se habita, descubrió un mundo que se perdió entre las bicicletas de los barrios y los letreros que anuncian “Aquí se vende Coca Cola” despegados y vueltos a colocar con cuerdas en casas donde el único acceso a la calle se da por una ventana. Cada ventana se enmarca y aloja entre rejas oxidadas.

Existe un Guayaquil que la “Regeneración urbana” no ha tocado y es el que se manifiesta los domingos con la humedad imprescindible de la zona y la salida de la gente a las calles –sólo para mirar- y asegurarse de que todo sigue igual. En pleno sur de la ciudad se encuentra una zapatería-casa muy  antigua donde el orden es un concepto inexistente. Dos cuartos separados por una vidriera se compactan entre el olor a caucho quemado y pegamento. Un televisor transmite noticias inundadas con parafraseos de discursos separados de los  candidados a la presidencia del país; y como si el tiempo fuese algo volátil que no se desperdicia, una mujer da puntadas y enumera los pares de zapatos vendidos a distintos locales de la ciudad de Guayaquil. Dos hombres la acompañan todos los días: Ricardo, su cónyugue y a la vez  quien cose a máquina zapatos que han dejado de ser usados y Miguel, el que pega las suelas de los zapatos nuevos.

Martha se ve ínfima siendo literalmente sepultada entre centenares de zapatos nuevos y viejos. Los viejos serán devueltos con mejores ormas, puntas, cordones, suelas. Los nuevos serán vendidos al triple de su precio de manufactura, por locales muy conocidos entre las mujeres de clase media de la ciudad. Cada “flat” que ella vende en su zapatería a dieciséis dólares será vendido en treinta y ocho dólares en varios centros comerciales. Ella lo sabe, pero no intenta competir sino producir en masa; por ello, sus dos gatos y su hija la acompañan la mayor parte del tiempo produciendo ya que el espacio familiar y el laboral  se han convertido en una amalgama más en medio de la sala-taller, el cuarto-bodega y el baño público.

Martha es una máquina humana que con un lápiz en la mano cuida el local, hace cuentas, escoge telas y separa zapatos por tallas y valores. Conoce el mercado y ubica en una vidriera los nuevos diseños junto con productos de Avon. Verla trabajar es asfixiante. En medio de la suciedad de la grasa –incluso el piso lleva manchas que no permiten distinguir el verdadero color del cemento—y el hollín de una estufa pequeña, ella está impoluta con sus lentes en la mitad de la nariz. El personaje no es ella, es el lugar y permanece quieta mientras junto a su casa-taller alguien pide una humita en un local que se halla a dos casas de distancia. Las humitas reposan por montones en una olla descomunal con fuego debajo. Las mira, se da media vuelta y se toma un vaso con agua fría mientras le sube el volumen al televisor a pesar de que poco le interesa lo que transmite, ni siquiera cae en cuenta de que una gata parió bajo su silla de trabajo. Un fantasma parece habitarla y llevarla a otro lugar lejano al calor y a la soledad que se esconde entre el ruido de las calles. Las casas de su barrio se han dividido para dar paso a negocios propios y una melancolía suprema se desplaza como el adolescente en bicicleta que lleva una funda en el manubrio.

Un golpe de martillo. Dos golpes. Un estallido cercano. Un maullido. El lamento de Miguel frente a un desastre con la máquina de coser. “Deme dos 36 (la talla)”. Una mujer diciendo “es que mi hija tiene pie enano”.  Olor a comida en todas partes. El sonido del caucho rechinando. Una bota de militar suspendida en una silla. Un espejo alargado y tablas en el piso. Y es inevitable pensar en una hecatombe que destruya la paz del caos de su taller.

Martha parece pedir un final al día exhaustivo que la sumerge en un constante martilleo despojado de voces con tonos afectivos.  Al ser su propia jefa ha decidido sumirse en el rol predominante de ese caos que parece infinito. Su semblante muestra que disfruta cómo el tiempo acaba con su paciencia y escucha a los hombres hablar aceleradamente, luego los siente callar y lanza dos o tres palabras en una hora. Nada más podrá darle a quien la visite, excepto pares nuevos y una sonrisa que indica satisfacción. Salir de allí es una urgencia y el olor del cemento de contacto  se vuelve elocuente. Hay que verla detrás del vidrio para entender ese pequeño cosmos con máquinas que un día llamó hogar.


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