Messi para todos

Lionel Messi
• Julio 4, 2016 •

El país que nunca le dio nada, le exige todo a un genio.

Fotografía de Adam Jones bajo licencia CC BY SA 2.0 

Hay un lado hermoso en la renuncia de Lionel Messi a la selección argentina: por fin, el genio del fútbol mundial es de todos. Ya no va a tener que dedicarse a la reivindicación chauvinista de un país que lo quiere como un medio, no como un fin: si cualquier bruto picapedrero le diese a la Argentina la copa que hace más de dos décadas le obsesiona, olvidaría en un instante a Messi. Sería la amnesia selectiva del avaro que muere sin haber vivido pero con la cuenta del banco repleta. Durante años Messi, el jugador más exquisito de las últimas tres décadas (y contando), ha sido martirizado por las exigencias de millones de desconocidos a los que no les basta con la dicha de poder verlo jugar cada fin de semana. El país que le pide todo a Messi es el que nunca le dio nada. Si por la Argentina fuese, Messi no existiría: ninguno de los equipos de su liga, ni la federación de fútbol de su país, quiso pagar el tratamiento por el que logró crecer treinta y siete centímetros en diez años. Disfrutamos de la genialidad de Messi por el interés (no hay que ser tan ingenuo como para decir la generosidad) del Barça que pagó las inyecciones que Messi necesitaba cada mes para crecer. Es una historia triste, pero tantas veces repetida: el padre que jamás estuvo en la infancia de su hijo exige que lo ame —y, además, que lo mantenga.

De cierta manera Messi se ha convertido en una pieza universal de gozo: no hay que ser hincha del Barça para disfrutarlo. Ahora que ha renunciado a la selección, tampoco hay que ser argentino: quienes le agradecemos por lo que da en la cancha —y no por lo que nos devuelve en las vitrinas— sentimos que veremos un jugador más libre, más feliz. Es una idea que debe repulsar a los que están convencidos de que Messi tiene la obligación de entregarles campeonatos. No ven que el 10 del Barça no está obligado a nada: mañana puede decidir dejar el fútbol  y nadie podría forzarlo a que vuelva a pisar una cancha profesional. Para él significaría perder cientos de millones de dólares en contratos deportivos y publicitarios, pero hace mucho que el dinero no le hace falta. Es probable que no sepa qué hacer con tanto y que no entienda bien el adulto mundo de las finanzas. “Sólo sabía que llegábamos a acuerdos con patrocinadores por una cierta cantidad de dinero, que tenía que hacer anuncios, fotos”—declaró en el juicio que le siguen en España por defraudación fiscal—“pero luego dónde iba el dinero…no tenía ni idea”. Él, dijo, se dedicaba a jugar fútbol: no sabe hacer nada más. El periodista argentino Leonardo Faccio contó en un perfil para la revista Etiqueta Negra que Messi sin la pelota se aburre. No juega videojuegos, no mira fútbol por televisión, cuando va a su restaurante preferido siempre pide lo mismo: tira de asado. Dice, además, que dejó de ver Lost —tal vez la primera serie que puso a todo el mundo en vilo— porque “siempre pasaba algo nuevo, una historia nueva y aparte siempre te la contaba otro”. Según Faccio, el pasatiempos favorito de Messi es dormir. No desfila por programas de televisión, ni participa en mítines políticos. Tampoco hay fotos en alguna fiesta desmedida, ni es una caja productora de entrecomillados célebres. Messi no abraza niños (de hecho, a veces se olvida de saludarlos). Sus primeras palabras memorables las dijo recién hace una semana: “La selección se terminó para mí”. Literal sin ninguna metáfora de por medio: nada de me cortaron las piernas, ni la pelota no se mancha. “Messi sólo produce titulares con los pies”, dijo Jorge Valdano. Messi es un genio, pero no es un ídolo.

En su país esperaban que, incluso, fuese otra persona: Maradona. Cada vez que la Argentina pierde una final hay un coro que grita eso, lo obvio —que Messi no es Maradona. Pero también es una forma de decir que Messi no es argentino: no se tira el equipo al hombro, no grita y arenga en la mitad de la cancha. Nació en la nación que más va al psiconalista, pero Messi prefiere el diván para dormir. No parece haber drama en su vida. Hasta la final de la Copa América Centenario, nunca lo habíamos visto llorar en una cancha: Pecho frío ha sido la forma preferida con que muchos lo describían. Varios periodistas le han pedido hace años que renuncie a la selección (aunque ahora se retracten). En un texto sin desperdicio, Ignacio Fusco —editor de la revista de fútbol Don Julio— relata lo que se dijo en los medios argentinos las veinticuatros horas posteriores a la final de la Copa América Centenario: que vuelva Bilardo pidió un relator, un entrenador desempleado dijo que un millonario no puede jugar tan mal una final, y otro periodista lo comparó con Marcelo Tinelli: “al que no se puede medir con la misma vara que a otro conductor de televisión”. Una oyente llamó a una radio a decir que Messi debería invertir su dinero en la Argentina. Más de veinticuatro horas de disparate tras disparate para decir lo mismo: Messi no es la segunda venida del Cristo en shorts.

Lo dicen como si eso fuera algo malo, cuando en realidad es lo mejor que tiene el silencioso y ecuánime Lionel Messi. Según Mónica Dómina, su maestra de escuela, Messi era tan tímido que ni siquiera hablaba. “Tenía una amiga que se sentaba al lado suyo y me transmitía a mí todo lo que él quería decir”, le contó a Faccio. Juan Sebastián Verón recordó el momento en que en el Mundial de Sudáfrica, Maradona le entregó el brazalete de capitán antes del partido con Grecia: “Esos dos días vi a Lio nervioso por primera vez”. No le pesaba la capitanía, le preocupaba que tuviera que hablar con su equipo antes de saltar a la cancha: “¿Qué digo?. Me preguntaba Lio” . Al final, según recuerda Verón, Messi se enredó en el discurso: “Dijo algo. Pero enseguida se trabó, porque no sabía cómo seguir. Dijo que estaba muy nervioso. Y salimos a la cancha”. Para su profesora de escuela, Messi habla más con acciones que con palabras. Para Verón, es un chico tímido que solo quiere jugar al fútbol. Para muchos en su país, no tiene carácter para ser la versión actualizada de la fábula maradoniana. El propio Maradona lo cree. En una entrevista previa a la Copa en Sudáfrica dijo que Messi tenía todo para ser el gran jugador argentino pero que le faltaba presencia. “Si pudiera ser un poco más líder, creo que podríamos ir de la mano de él al Mundial de Sudáfrica”. Lo repitió hace pocas semanas (y Pelé le hizo el coro). Ha sido una exigencia tan repetida, que Messi terminó por convencerse de que era justa: después de quedarse con la capitanía por el puro derecho que da el talento desmedido, e intentar darle a la Argentina la copa que le exige sin ningún derecho, ha dicho que la selección no es para él. Son cuatro finales que ha jugado y perdido la selección, pero todo el mundo habla como si las hubiese perdido él solo. El equipo que ha tenido detrás (y delante de él, especialmente) ha contribuido con su opacidad a esa idea, pero han disimulado otra mucho más precisa: si Messi perdió esas finales solo es porque las jugó solo. En la final de la Copa América Centenario, un hincha tomó una foto que grafica la tragedia messiana: solo, en medio de nueve chilenos, Messi lleva la pelota. Es como un soldado que se lanza en un último ataque, no en búsqueda de la victoria sino de una muerte épica. En la Copa América del 2015, fue igual. En la final del Mundial de Brasil, también. Sus compañeros erraron las oportunidades que él creaba. Messi no es Maradona pero, sin duda, Higuaín, Agüero y Palacio no son Burruchaga, Valdano, ni Caniggia.

El amor-odio argentino con Messi ha terminado en ruptura. Una ruptura que grafica la relación latinoamericana con sus héroes. En el país seducido por la manía del psicoanálisis, Messi no es la enésima proyección del caudillo que lo resuelve todo. Cuando alguien dice que Messi no es Maradona, también está diciendo que Messi no es Perón. Y si se lo piensa un poco más, en un contexto latinoamericano, Messi no es Chávez, ni Fidel Castro (dilectos amigos de Maradona), Pinochet o Álvaro Uribe. No hay forma alguna de trazar una línea paralela entre el chico que se inyectaba él mismo, todas las noches, las ampollas para crecer, y el Che Guevara o Simón Bolívar. No es San Martín, ni el Papa Francisco. No es el hombre duro que salvará a la Patria, ni el ungido por dios para redimirnos de nuestra desidia. Es el chico que se enamoró de la prima de su mejor amigo, con la que se casó y vive alejado de la pompa y la grandilocuencia que rodean a los íconos. Messi no ha corrido con la suerte Johan Cruyff, otro de los más talentosos jugadores de todos los tiempos: en Holanda nadie le reclama no haber sido campeón del mundo en 1974. Cuando se habla de él, nadie dice que no fue campeón del mundo, sino que fue la encarnación del fútbol total que cambió el deporte para siempre. “Tal vez nosotros fuimos los verdaderos ganadores en 1974” —dijo Cruyff en una entrevista— “El mundo se acuerda más de nuestro equipo”. Es más probable que Messi esté más cerca de Peter O’Toole, que le dijo a Gay Talese que Irlanda —donde nació pero jamás fue apreciado— era como una cerda que devoraba a sus propias crías: “¡Dios! Jack Yeats no podría vender un cuadro en este país” —le dijo a Talese— “¿Sabes cuál es la mayor exportación de Irlanda? Sus hombres. Shaw, Joyce, Synge, ninguno podría quedarse aquí”. Latinoamérica es la Irlanda del mundo.

Messi es para todos. No hay que ser hincha del Barça, no hay que ser argentino. Ni siquiera tiene que gustarnos el fútbol: la estética messiana es evidente para el ojo humano. No se necesita entender la regla del offside para apreciar su talento desmedido. Pero Messi no es el símbolo patrio en que la gente suele convertir a los deportistas exitosos. Es el protagonista de una tragedia clásica: el genio que es víctima de su genialidad. Nos hemos convencido que sus otros diez compañeros de equipo sobran. Si en su selección tuviese la  ayuda de cuatro o cinco alcanzaría para los títulos, pero no para disputar quién es el mejor de todos los tiempos: Messi lo es hace años. No hay Maradona ni Pelé que le hagan sombra, y un título con la selección de un país que no le dio nada y le exige todo con la excusa de que es el mejor no va a cambiar eso. El cronista y editor argentino Diego Fonseca dijo en un estado de Facebook que Maradona era un general y Messi un artista, y que no se les podía pedir lo mismo a los dos. Es cierto, pero además hay algo por lo cual el mundo debe estar agradecido: los generales son de la Patria, pero los artistas son universales.