La revancha del bombillo

• Diciembre 21, 2014 •

Emelec se confirma como el mejor equipo de los últimos cinco años

Para ganar, hay que jugar a lo que sabes. Gustavo Quinteros está al tanto. Aprendió de sus errores. No tuvo que renunciar a su estilo, solo administrarlo mejor. Esa fidelidad al ataque que le había costado tanto en los últimos dos clásicos del Astillero fue la que le dio el triunfo a Emelec. Y esa testarudez ideológica le vale un título. El equipo eléctrico salió a enfrentar a Barcelona con la convicción del ganador. Se llevó la Copa Pílsener 2014, sumó otro bicampeonato y su técnico ha ganado dos torneos en dos años y medio. Esta vez, el bombillo sí tuvo los goles que fue sembrando a punta de presión interminable y de esas llegadas que son dolorosas. Y de paso, le calló el grito de gol a su verdugo, el delantero argentino Ismael Blanco. Fue la venganza del bombillo. 

El partido fue el que se esperaba: Un Emelec que sale a buscar el gol contra un Barcelona que espera el momento oportuno para hacer daño. Un calco de los tres clásicos anteriores. Tanto, que el primer gol llegó con la misma jugada que en el partido pasado. Miller Bolaños colocó una pelota al vacío en una recta casi trazada con regla para encontrar al compañero que venía en carrera incontenible por fuera. Robert Burbano, el juvenil de Emelec no pudo concretar: el arquero de Barcelona, Máximo Banguera, lo agarró en el camino. La bola se iba sin tener quién la pateara, pero ahí estaba Ángel Mena, capaz de sortear al defensa que llegaba sin tiempo de pensar.

Ese fue Barcelona. Desde que Álex Bolaños fue expulsado a los nueve minutos, nadie podía detenerse a pensar. Si con once les costó ganar los otros clásicos, con diez, el pressing fue inaguantable. Blanco, capaz de decidir la suerte de su equipo en apenas una jugada, no pudo ser el que es. Barcelona no volvió a crear jugadas peligrosas en el resto del partido. Su juego se basa en esperar un hueco, una oportunidad que en la final nunca llegó. “Lo urgente no deja tiempo para lo importante”, decía Mafalda, y en esas vivió sus últimos noventa minutos el equipo que dirige Rubén Israel. Expulsado Bolaños y lesionado Christian Suárez, el técnico uruguayo tuvo que hacer cambios obligados. Si ya no era suficiente con tener al frente a Emelec, encima debió jugar condicionado. Israel no pudo cumplir con su promesa de ser campeón.

Miller Bolaños cerró con gol un año fantástico. Y de paso, les hizo a los amarillos tragarse su propia fórmula: Les metió el gol en el momento exacto. Los acabó con el timing correcto. Banguera llevaba minutos parándolo todo, y Blanco empezaba a tener salida. El arquero de Barcelona se volvía providencial, le daba a su equipo la tranquilidad para irse arriba, para buscar el empate, para forzar los penales, y acabar con las emociones de su rival. Pero Miller se le fue a Matías Oyola, el ídolo del ídolo, y clavó con la cabeza el segundo gol.

Pero no fue la última. Desesperados, los jugadores de Barcelona se abrieron. Les quedaban diez minutos, y había que buscar el empate como fuera. Lanzados al ataque, como equipo de pichanga, los amarillos se desarmaron. De pronto, Barcelona se había convertido en su propia víctima, y Miller se las cobró. Era la que en tauromaquia se llama “estocada buena”, la que mata al toro. Ya lo decía con sus brazos: "Se acabó todo". Fue el título perfecto: No solo quedó campeón; no solo venció a su némesis; Emelec tuvo su venganza: le pagó con igual moneda a un Barcelona que le había pasado por encima en los últimos seis meses.

Emelec fue campeón desde que el réferi pitó el inicio. Luego del empate a uno en la ida, la regla del gol visitante le daba ventaja desde el primer segundo. El bombillo fue el mejor de 2014 y nadie puede decir lo contrario. Así como fue el mejor en cuatro de los seis últimos años. Ya lo decíamos: el campeonato había sido caprichoso con Emelec. Ya era tiempo para los azules de ganar una final. Se hizo justicia en el Capwell.