Un hombre prefiere perder dinero [y no la confianza de sus clientes]

• Junio 15, 2015 •

¿Qué tan generoso puede ser un inventor?

Un día de diciembre de 1901, el inventor Robert Bosch —treinta años, barba interminable— observaba radiante a su asistente, Gottlob Honold, que sostenía la primera bujía de la historia. Era una mejora a un diseño anterior de Bosch  y resolvía el principal problema de los carros impulsados por un motor de combustión interna: el arranque. “Esta vez sí que le diste en el blanco”, le dijo a Honold: el automóvil había evolucionado. Antes, encenderlo solía drenar la energía de las baterías e —incluso— causar incendios. Karl Benz —otro de los pioneros del automovilismo– lo había llamado “el problema de todos los problemas”. Esa fría mañana de inicios del siglo veinte, en el pequeño taller de mecánica e ingeniería eléctrica que Bosch había fundado en Stuttgart dieciséis años antes (en 1886), una chispa traía la solución de todas las soluciones: la bujía encendería el motor que pondría al mundo en movimiento.

El invento potenció no solo al motor, sino la mística de trabajo de Bosch: ningún otro empresario de su tiempo tuvo una devoción tan grande por la innovación, la calidad y la responsabilidad social. En 1906, implantó la jornada de trabajo de ocho horas diarias, más de diez años antes de que el Estado alemán las impusiera por ley. En Estados Unidos, esa conquista laboral no llegaría hasta 1938. “Es la más propicia para mantener la capacidad de trabajo de las personas”, dijo. Para el final de la primera década del siglo veinte, Robert Bosch había dispuesto que no se trabajase las tardes de los sábados, e instauró las vacaciones anuales. El fin de semana de descanso obligatorio, que hoy damos por sentado, no se instauró en el mundo hasta mediados de los cincuenta. Que Bosch —de forma voluntaria— le permitiera a sus colaboradores regresar a casa al mediodía sabatino era tan sorprendente como lo que se inventaba en sus talleres.

Doce años después de haber sido fundada en Stuttgart con solo dos empleados para reparar todo cuanto les cayera en las manos —desde teléfonos a telégrafos—, Bosch abrió su primera tienda en el extranjero: Inglaterra. Después de expandirse por Europa, abriría en Estados Unidos un mercado en el que tenía ventas cercanas al millón de dólares. En 1910 abrió su fábrica en ese país, donde vivió  veinte años antes, y en el que se había formado como mecánico y empresario. Ahí,  además, había trabajado en Edison Machines Work, la compañía del inventor Thomas Edison que fabricaba dínamos. Su retorno ampliaba su negocio, pero —sobre todo— exportaba su convicción empresarial.

Así nació el imperio de un hombre sin ínfulas de emperador. Antes de que empezara la primera guerra mundial, en 1914, Bosch operaba en veinte países, y más del 80% de sus ganancias provenían de ventas fuera de Alemania. Donó todas las ganancias derivadas de contratos de armamentos: No quería enriquecerse de un conflicto del que nunca fue partidario. En paralelo, a medida que su compañía se robustecía, Bosch incrementaba los salarios de sus trabajadores y aumentaba los procesos de capacitación en sus fábricas. En 1928 creó un sistema de asistencia para familiares y empleados retirados. “Lo hacemos para mantener e incrementar la buena voluntad de nuestros colaboradores”, dijo. Fue un pionero de eso que hoy las manuales de recursos humanos llaman salud ocupacional, que no es otra cosa que una medida de cuán felices —y sanos— estamos en el trabajo.

Robert Bosch fue un empresario liberal, un promotor de la democracia y la filantropía. Fue, además, un pacificista. “La guerra no paga”, solía repetir. Entre 1920 y 1930 dedicó buena parte de sus esfuerzos para reconciliar a alemanes y franceses. Creía que esa amistad traería una paz europea duradera y permitiría —otra vez, adelantado a sus tiempos—y  la creación de una zona económica común. El ascenso al poder del partido nazi truncó esos planes. Una vez más, Alemania se involucraba en una guerra en la que Bosch no creía, y a la que se opondría con inteligencia: En 1929, junto a Hans Walz –su mano derecha y confidente– fundaron la Asociación para Contrarrestar el Antisemitismo,  protegió secretamente a judíos perseguidos, y tenía enrolado en su compañía a Karl Goerdeler, un ferviente opositor al nazismo, al que —bajo el título de asesor económico— hacía viajar por el mundo advirtiendo del peligro que representaba Hitler. El planeta —la historia está ya escrita— no lo escuchó.

Tres años antes de que terminara la Segunda Guerra Mundial, Robert Bosch murió. Su amigo Theodor Heuss, el primer presidente de la Alemania occidental, escribió que fue “un acto de gracia” que así fuera: Bosch se salvó de ver cómo la guerra que había intentado detener arrasaba con todo lo que había creado. Para 1945, su imperio global se había esfumado y solo el treinta por ciento de sus fábricas en Alemania permanecía en pie. Parecía el final.

Sin embargo, la cultura corporativa de Bosch se impuso. Hans Walz, lo reemplazó como presidente, y recuperó el alcance global de la firma que le dio la bujía al mundo. Pero Bosch no se fue sin dejar todo resuelto: en su testamento, dejó escritas las cláusulas que debían gobernar —y hasta hoy gobiernan— la corporación multinacional que fundó. En él dispuso, además, que el 92% de las acciones de la compañía —valorado hoy en 1,2 mil millones de euros— pasaran a ser propiedad de la Fundación Robert Bosch. La última voluntad del más altruista de los inventores alemanes fue su más grande gesto de generosidad.

Un gesto que perpetuaría su vocación filántropa y su pasión por la calidad y la innovación. Desde entonces, la Fundación Robert Bosch se centra en cuatro áreas: Salud y Ciencia, Educación, Sociedad y Cultura, y Relaciones Internacionales. Tiene tres centros de investigación y salud en Stuttgart: el hospital Robert Bosch, el Instituto Dr. Margarete Fischer-Bosch para la Farmacología Clínica, y el Instituto para la Historia de la Medicina. Administra, además, otras tres: la fundación Hans Walz —que financia tratamientos naturopáticos—, la fundación Otto y Edith Mühlschlegel —que se estudia el envejecimiento y promueve mejorar la calidad de vida de los ancianos—, y la fundación DVA —dedicada a promover las relaciones franco-alemanas en la cultura, el teatro y la literatura. Desde 1964, la fundación Robert Bosch ha entregado más de mil millones de euros en financiamiento. Todo porque hace más de un siglo al undécimo hijo de un matrimonio de granjeros alemanes se le ocurrió abrir un taller de mecánica e ingeniera eléctrica que debía regirse por un solo principio: dominar el mercado por la calidad de sus productos  y servicios.

Bosch no solo inventó artefactos que se han convertido en esenciales para la vida contemporánea —de sus fábricas salen, a diario, un millón de bujías—, sino que inauguró una cultura corporativa sobresaliente. Le dio a la humanidad mucho más de lo que le exigió. Su nombre se ha convertido en una de esas marcas que —de tan presentes— han terminado por convertirse en un sustantivo común: en el Ecuador, si alguien dice que tiene que comprar una Bosch, es como si dijera “mi carro necesita una batería”. Tan cierto es, que Tecnova —fabricante bajo licencia de baterías Bosch y distribuidor de autopartes— tuvo que lanzar la campaña Mitos, Bosch es más que baterías y bujías. Y sí: Bosch es mucho más que baterías. Es paneles solares, plumas limpiaparabrisas, focos, faros, equipos de alineación y balanceo, recicladoras de aceite, taladros, calentadores de agua —es tantas cosas que la lista ocuparía párrafos enteros. Pero —sobre todo— Bosch es el legado del inventor altruista y generoso que la fundó en ese taller de Stuttgart hace casi ciento treinta años bajo la premisa de que —siempre— era preferible perder dinero (al que Bosch consideraba algo transitorio), pero jamás la confianza de sus clientes. Esa es la verdadera dimensión de la visión de Robert Bosch.