Treinta y tres mil kilómetros en bicicleta

• Agosto 22, 2016 •

Una conversación con Andrés Campaña, un nómada de nuestros días

Mientras los niños repetían las provincias y capitales del Ecuador para la lección, a sus diez años, Andrés Campaña las registraba como una lista de lugares pendientes. Más tarde se aprendió todos los cantones y su fascinación por los mapas comenzó. Después de algunos años, el joven ecuatoriano podía recitar cada departamento de Colombia y su ciudad principal, luego hizo lo mismo con los del Perú y Brasil. Había algo freak en esas memorizaciones voluntarias que, en realidad, escondían un apetito por viajar. Pero Andrés mantenía ese instinto sosegado: a los 27 años era un oficinista graduado de ingeniero mecánico o un oficinista mecánico que nunca había viajado fuera del país. Se limitaba a hacer  paseos largos en bicicleta mientras maquinaba el proyecto Ruta y Pedal: un viaje pedaleando por Sudamérica. Para entrenar hizo trayectos más largos y sintió que su cuerpo estaba listo: el 18 de julio de 2013 cargó su mochila a la parrilla y comenzó a ciclear. Regresó a Quito, el 20 de febrero de 2016 después de recorrer más de 33.000 kilómetros durante casi tres años. Pero Andrés dice que han sido como treinta, la ruta lo cambió. El Andrés que salió no regresó. 

La primera etapa del viaje unió la mitad con el fin del mundo, a Quito con Tierra de Fuego, en Chile. 

 

En el mapa se ve un trazo recto que baja con zigzagueos: en Perú pasó de las montañas al oriente, subió a la cordillera de nuevo para ir a la costa hasta llegar a Lima y luego ascendió a la sierra. Como línea de sismógrafo. Buscaba desvíos por rutas de piedra y poco transitadas. No tenía prisa de llegar a ningún lado, había llegado a dónde quería estar, pedaleaba deseando que el camino sea largo, como escribía el poeta griego Cavafis.  

En tu blog dices que la bicicleta ‘era tu casa’ ¿Qué era lo que llevabas en ella? 

Todo lo necesario para vivir, lo que hice fue preparar la bicicleta. Le coloqué una parrilla donde llevaba dos alforjas traseras y una mochila, y  tenía un bolso que iba en el manubrio. 

¿Con cuánto peso saliste de Quito? 

Iba con unos 30 kilos. Dependía igual del lugar. Hubo veces en que llegué a tener 35 kilos. Otras veces 25. Lo principal que llevaba era la carpa, un sleeping bag, un aislante, una cocina de camping, una olla y ropa para una semana máximo.

En Bolivia fuiste al salar de Uyuni. Fueron doce horas bajo el sol, con viento y te bajaste de la bicicleta para poder avanzar por arenales ¿Sabías que iba a ser tan duro ese tramo? 

Sí, sabía que iba a ser duro. Yo andaba enfermo del estómago cuando salí de Oruro. Tuve una infección fuerte y estuve cinco días con diarrea. Por eso, antes de comenzar descansé un día en Poopó, un pueblo antes de entrar al desierto, donde hay unas aguas termales. 

Uyuni

¿Valió la pena llegar al salar de Uyuni? 

Claro, es un paisaje muy diferente y el sabor de llegar en bicicleta fue único. Fue duro porque después de las doce horas de pedalear sin sombra llegué a pueblos que no tenían agua. Estuve ocho días sin bañarme. 

¿Cómo te orientaste en el salar, una planicie blanca con pocas referencias de ubicación? 

Cuando salí del Ecuador no tenía un GPS, ni un smartphone, ni nada de eso. Decidí entrar al salar por el lado oriental porque por ahí ingresa más gente. Por ese lado existe una huella que está marcada en la sal por el paso de los carros 4x4 que llevan turistas. Es una línea negra sobre la superficie blanca de la sal. Averigüé la dirección por la que tenía que ir con el conductor de uno de esos coches y me dijeron ‘tiene que seguir esta huella’. Lo que hice fue guiarme por ella, a veces me salía un poco y volvía a la huella. Miraba hacia unas montañas para guiarme. 

En Santiago de Chile te recibió el embajador Francisco Borja, luego el embajador Emilio Izquierdo en Uruguay ¿Llegaste a sus casas o te quedaste en la embajada? 

En Santiago el embajador fue bien amable. Me preguntó si tenía dónde quedarme y le dije que no porque había llegado recién a la ciudad. Entonces me dijo ‘véngase a la residencia, tenemos mucho espacio’. Entonces me quedé en la residencia del embajador y en Montevideo también. 

¿Los embajadores te recibían admirados de tu proyecto o por razones humanitarias al verte tan estropeado?   

No, estaban muy admirados. Les agradó el proyecto, sorprendidos más que nada. Conversé con ellos y mantengo contacto hasta ahora. Me recibieron en sus casas donde vivían con su familia. Incluso los dos enviaron cartas a mis padres, diciéndoles ‘ha sido un placer haber conocido a su hijo’ y  que me apoyaban en lo que podían. 

Llegas a un campamento petrolero en el estrecho de Magallanes sin un peso y pides un plato de comida al cocinero. En tu viaje pides favores para que te dejen poner la carpa, para que te den descuentos o te den comida. ¿Cómo te fuiste haciendo más canchero?

Justamente el viaje te va haciendo así. Bueno, yo nunca fui de estar pidiendo nada. Pero esas veces era la necesidad. Normalmente lo que pedía era un espacio para dormir, para armar la carpa. Las otras veces la gente invitaba comida. Pero esa vez era porque estaba en un lugar muy lejano, me moría de hambre y no tenía nada. Entonces pregunté si tenía algo que le sobrara y me dieron un plato de comida. 

¿También te vuelves un tipo directo para decir las cosas?

Empiezas a aprender a comunicarte y a conocer a las personas. Muchas veces solo con la mirada ya sabes quién te puede ayudar y quién no. Eso se fue desarrollando. Mucha gente quería escuchar cómo alguien viene de tan lejos en bicicleta. Muchos me decían que era imposible, pero yo andaba cargando un álbum de fotos y quedaban sorprendidos. Muchas veces fue la necesidad. El hospedaje no estaba en el presupuesto, tal vez una vez al mes podía quedarme en un hospedaje. Entonces, comencé preguntando a bomberos o dueños de restaurantes donde había comido, les preguntaba si podía acampar. Después ya hablaba con alcaldes de ciudades para presentarles mi proyecto y para que me dejen poner la capra en algún lugar.  

Comienzas a subir por el lado atlántico de Sudamérica. La Patagonia argentina se erige como una pared en la que a la gravedad sustituye el viento, y la atraviesas avanzando despacio durante dos meses ¿No te quebraste? 

Es una ruta mortal. Nadie la hace porque es aburrida y no tiene nada para ver. El paisaje no cambia en 1.500 kilómetros (con la excepción de la Península de Valdez). Dije ya estoy aquí, tengo que salir como sea. Hacía distancias largas para salir lo más rápido posible. 

¿Hay poblados? 

No hay nada. 

¿Cómo obtenías las provisiones? 

Cargando para varios días.  

¿Y después de esos días? 

Había gasolineras y minimercados. Ahí mismo acampaba. Fue un momento duro porque estaba haciendo algo que no me gustaba. No  lo estaba disfrutando. Era muy aburrido y tantos kilómetros planos eran terribles. 

¿Por qué te gustan más las cuestas que las rutas planas? 

Está bien si tienes un día en plano, pero si tienes más de dos días se vuelve una pesadilla. Es muy monótono. Otra cosa que no me gusta de los planos es que generalmente vienen acompañados de viento. Es uno de los peores enemigos de la bicicleta: vez todo plano y te desespera no poder ir rápido. Ves la recta y no avanzas nada. Además, cuando iba en los planos me distraía, entonces tu mente se va otro lado. En las cuestas, estás concentrado.

En tu blog cuentas la solidaridad de la gente ¿Cómo te recibió el poblado de Miramar en la Provincia de Buenos Aires? 

Fue un pueblo bueno. Llegué por la noche a Miramar, a una panadería. Me presenté y pregunté dónde estaba el cuartel de bomberos. Me preguntaron por qué lo buscaba. Les conté lo que estaba haciendo, se emocionaron. Los argentinos compaginan con las ganas de viajar, son los que más viajan en Sudamérica. Pidieron muchos detalles, preguntaron por qué parte de Argentina había estado. Me dijeron ‘vamos a ayudarlo’ y me dieron empanadas y dulces. Luego llamaron a los bomberos pero ellos no tenían espacio. Entonces la gente se quedó preocupada, ‘este viajero ecuatoriano viene de tan lejos y no hay dónde recibirlo’. De ahí llamaron a la Defensa Civil y tampoco. De ahí se contactaron con la oficina de turismo de la ciudad. Al final llegaron todos: los funcionarios de los bomberos, de la defensa civil y de turismo y un periodista local. Me hicieron una entrevista, y fue chistoso ver cómo son los argentinos: llegaron unas veinte personas para ver quién era el fenómeno que llegó al pueblo. 

Mural y bicicleta sudamérica

¿Ahí se solucionó el problema de hospedaje? 

Ahí me dijeron: lo felicitamos por lo que está haciendo y le hemos conseguido un hospedaje en un hotel de la ciudad. Era un hotel bueno (risas). No creía yo, y dije que no que solo necesitaba un espacio para acampar. ‘No, hoy va a descansar y le hemos conseguido una habitación, eso corre por cuenta nuestra, gracias por visitar Miramar’, dijeron las personas que estaban ahí y supuse que entre todos pagaron. Estoy muy agradecido con la gente de Provincia de Buenos Aires.

¿Casi no visitaste la ciudad de Buenos Aires? 

Llegué a Buenos Aires bien cansado y había conocido toda Argentina profundamente. Buenos Aires ya no era la gran cosa. El que conoce solo Buenos Aires no conoce Argentina. 

En tu blog hablas de la belleza de las mujeres de Mendoza, de Viña del Mar, no hay mujeres más lindas que las de Córdoba, dices ¿Te enamoraste durante el viaje? 

No, yo ya no me enamoro de nadie. 

¿Por qué no te enamoras de nadie? 

No sé. Me he acostumbrado a estar solo. 

***

“Salí a comer lo que había”, resume Andrés. Si a un camión que cargaba cebollas se le caían un par, él las recogía para cocinar. Si le ofrecían trabajo en un taller de bicicletas a cambio de hospedaje y arroz, aceptaba sin chistar. Cuando se acercaban los curiosos a la atiborrada bicicleta él les ofrecía llaveros en forma de bicicleta y postales de sitios en los que había estado, por si lo querían apoyar comprando los recuerdos de su viaje. Tenía que rebuscárselas para extender el dinero y acomodarse al clima de cada lugar. Si tenía que hacer paradas de cuatro horas o de casi un día porque el sol brasileño lo achicharraba, había que parar. Si tenía que rasurarse la barba y pelo para menguar el calor, se lo tenía que quitar. El “nómada que avanza de pueblo en pueblo” (como se define a sí mismo) había recuperado cierta animalidad. 

¿Se podría decir que eres un ‘ciclo-turista’? 

No me cuadra. Estaría bien si haces un paseo en bicicleta de una semana y vuelves a tu casa, te quedas en un hotel y es un paseo. O si vas a conocer una región en bicicleta, ya. Pero cuando estás mucho tiempo, ya es un estilo de vida. No es solo turismo. Tiene que ver con cómo sobrevivir.

En el camino te dijeron que debes ser un pecador que paga una penitencia o un millonario que tiene la vida asegurada. Tú dices que viajas por la paz de los pueblos. ¿En el fondo sabes la verdadera razón por la que viajas o es algo más instintivo?

No sé, creo que es más instintivo.  

Siguiendo con el viaje de Brasil. ¿Cómo te recibió la Comunidade Quilombola de Açude en Minas Gerais? 

No sé cómo explicar esa cosa de Minas, pero es la gente más linda que he conocido. La gente más simple y solidaria que he visto. Gente buena. Casi no puedes ver maldad en ellos. Es algo general de Minas. Llegué a un Quilombo, comunidades que escaparon de la esclavitud y crearon su propia comunidad y ahora asentados desde que escaparon y tienen un líder familiar y así se va transmitiendo de generación en generación. Ahora era doña Merces que tenía como setenta y cinco años. Ella era la matriarca de ahí. 

¿De cuántas personas era el quilombo? 

Unas 25 o 30. Viven en sus casitas al lado de un río. Unas casitas de adobe. Yo no pensaba pasar mucho tiempo allá. Pero ellos me recibieron con cariño. Una de esas casitas me dieron, creo que era la mejor (risas). Yo solo pedí para acampar y me dijeron que no estaba ahí el dueño de una de  las casas y me dijeron ‘ocupa, ocupa esa casa.’ Y en Minas la gente no te deja ir, te tratan como familia. 

¿Cuántos días te quedaste al final? 

Me debo haber quedado cinco o seis días. 

¿Qué hacías en esos días? 

Salía a conocer. Hay un Parque Nacional que se llama Serra de Cipó que está muy cerca de la comunidad. Ahí se entra por unos caminos de tierra hasta las cascadas, hay muchas cascadas de agua limpia y un cañón.

¿La señora Merces, la matriarca del quilombo, era callada o hablaba mucho? 

Tranquila, no hablaba mucho. Pero se notaba que ella era la que imponía la ley ahí. Era muy cariñosa, siempre me daba la bendición. Siempre estaba caminando con su bastoncito. 

Después de un año en el Brasil, pasas la frontera de Venezuela. Por la inflación, te dan pilas de billetes cuando cambias tu dinero a bolívares. Te diriges a la región de los tepuyes ¿Qué sentiste al ver el monte de Roraima, un lugar al que soñabas  ir desde niño, según cuentas en tu blog?

Justo apareció después de una curva del camino. Claro, yo casi lloraba.

¿Te quedaste con los indígenas pemones cuando fuiste al momento Roraima? 

Si, me quedé en sus casas. Bastante tranquilos. Lo que pasa es que ellos viven bien comparado con el resto de Venezuela. La Gran Sabana es como un mundo aparte de Venezuela. No hay ciudades grandes. Solo hay pequeñas comunidades y ellos están alejados del desorden que vive el resto del país. Ahí había más comida que en otras partes. La Gran Sabana es como un paraíso, está en una parte alta. Bajas y llegas a unos pueblos a la salida del parque nacional. Ahí comienza el 88 y Las Claritas, pueblos de minería ilegal en los que buscan diamantes y oro. Entonces, cuando llegas allá se vuelve un basurero, empiezas a caminar entre basura. 

Para terminar, quiero que me cuentes del aprieto que tuviste al llegar a Río de Janeiro. Tu contacto no te pudo recibir y el consulado no te pudo ayudar ¿Cómo lo solucionaste? 

Las cosas se solucionan solas. A esa altura ya había aprendido eso. En Río tuve mucha suerte, estaba en una situación complicada porque es una de las ciudades más caras del mundo, es turística y está llena de gente. Lo que puedes gastar en un día en Río, puedes gastar en un mes afuera. Justamente cuando fui al consulado y no resultó eso, pensé en ir a la playa porque pensé “de pronto encuentro alguien que me pueda ayudar”. Justo cuando estaba saliendo del consulado entró un amigo de mi universidad en Quito. ¡En Río de Janeiro, en una ciudad de millones! Me reconoció y me dijo que estaba estudiando y que se había asustado de verme ahí con la maleta cargada. Me preguntó si tenía dónde quedarme, y me dijo ‘vente para acá, tranquilo. La casa está a tu disposición’. 

En esos momentos extraordinarios ¿Agradeces a la suerte o a dios? 

No sé, es difícil saber (risas). 

Cuando tenías quince años eras ateo. Me pregunto cómo explicarás este tipo de eventos hoy.  

Es difícil saber. Puede ser que se llame dios o tenga varios nombres. Como que tenía alguien que me estaba vigilando. Una presencia o energía que siempre estaba ahí ayudándome. Cuando estaba en los momentos más jodidos, al otro día o ese rato mejoraban casi enseguida. Eso fue a medida que avanzaba el viaje. Cuando me iba muy mal, decía “las cosas se van a mejorar” y siempre fue así. Siempre mejoró. Era mucho de pensar positivamente.  

Ahora que ya llevas buscando trabajo en Ecuador cuatro meses ¿Puedes pensar positivamente o te preocupa la crisis?  

(risas) Bueno, la gente está convencida que está en crisis entonces ahí es más difícil. Pero sí está difícil ¿no?  

Andrés Campaña está escribiendo un libro con sus memorias con el que busca, en parte, financiar otra ruta de largo alimento por otro continente.