Las perlas de San Luis

• Julio 27, 2015 •

En la costa brasilera, una pequeña ciudad convive entre lo colonial y lo moderno

Cuando eliges a San Luis como tu próximo destino, es inevitable preguntarte: ¿Por qué viajar hasta esa pequeña ciudad brasileña en las orillas del Océano Atlántico? En mi caso, como parisina, fue la curiosidad de conocer ese punto remoto del planeta donde en 1612 desembarcó un grupo de franceses. De ellos queda poco. Apenas tuvieron tiempo de construir la ciudadela, “le fort Saint-Louis“, de la que ya no se ve nada pero dicen que sus ruinas están en la profundidad del subsuelo. Así como ocurrió en Río de Janeiro, los franceses fueron rápidamente desalojados –apenas tres años después- por los portugueses que también cruzaban por allí. Los conquistadores de Lisboa se empeñaron en hacer de San Luis una ciudad próspera, elegante, un punto comercial importante para exportar algodón, arroz y caña de azúcar.

Llegar a San Luis es desmentir la información de las guías turísticas, como que los edificios antiguos están abandonados. Eso es casi falso: la ciudad es un collar de perlas arquitectónicas que van desde el siglo XVII hasta principios del XX, cuando se acabó la expansión económica. Hay unas cuantas casas con techos colonizados por hierbas salvajes, con paredes erosionadas por la humedad. Pero lo abandonado y deteriorado convive en un contraste. San Luis tiene un antes y un después. En 1987 empezó un ambicioso programa de rehabilitación de la ciudad antigua, Reviver, financiado por el estado de Maranhão. Este plan, con los años, le ha devuelto el patrimonio histórico. Una espectacular cirugía operada por los mejores arquitectos de Brasil le valió ser nombrada al Patrimonio de la Humanidad de la Unesco en 1997.

Su centro histórico guarda esa belleza –entre antigua y reconstruida–: el pavimento de las calles parece un tablero de ajedrez y las casas –muy juntas– son de colores variados: rojo oscuro, amarillo muy pálido, verde oliva típicamente portugués o un crema que recuerda al pastel con vainilla. Hay edificios neoclásicos, plazas pequeñas protegidas del sol por unos árboles centenarios, y amplios depósitos –donde hace siglos se colocaba la mercancía que luego iba a los barcos coloniales de vigas de madera– que han sido transformados en galerías de arte. Todo esto junto al puerto de donde ya no salen más bolas de algodón o sacos de arroz en barcos gigantes como en el siglo XVIII, sino unas lanchas para las excursiones a Alcántara, una vecina ciudad antigua.

Por las ruas de San Luis hay los palacios de la “gran época” –siglos XVIII y XIX–, la sede de gobiernos sucesivos, la catedral da Sé con su retablo chapado en oro del XVII en el altar que evoca la presencia de los jesuitas –a quienes les gustaba reivindicar la potencia de Dios mediante una cascada de oro–, las villas señoriales con sus galerías y balcones de hierro forjado, los azulejos de la primera época en el XVII que no solo adornan las fachadas sino protegen del calor y de la humedad. San Luis realmente es especial: caminando por la populosa Rua Grande, el punto neurálgico de los comercios en la ciudad, surge otra parte de la cultura europea con un antiguo cine estilo Jugenstil de los principios del siglo XX –El Edén–, ahora convertido en una tienda. En la ciudad mestiza también se puede admirar obras típicas del patrimonio arquitectural de la Viena imperial, con sus esculturas de águilas y de angelitos, y vidrios de colores.

A un barrio más alejado del ruido, en la zona junto al mar donde los franceses construyeron su fuerte, lo llaman el Destierro. Tiene casas pequeñísimas, de un solo piso, pintadas de diferentes colores, apretadas entre ellas. Ahí solo viven negros. El barrio lleva ese nombre porque ahí vivían los portugueses pobres y los esclavos liberados. Las diferencias sociales de la época colonial, de alguna manera, permanecen: en este barrio como en todo el centro histórico, vive gente pobre.

Hay puntos en el mapa del mundo que enseñan cómo mezclar las culturas y las pieles, la historia con la modernidad. San Luis dejó esa impresión de que allí, en esa mezcla tan armónica, puedes ser tú mismo porque todos sus habitantes son distintos y comparten ese mismo espacio desde siglos. En San Luis no importa cuáles sean las heridas del pasado de cada pueblo, aprendieron a vivir juntos, les gusta, y se nota.