La Vasconcelos

• Junio 27, 2016 •

En el centro de la ciudad de México una enorme biblioteca atesora conocimiento y estética

Una biblioteca es un templo. Es un recinto anegado por el silencio que privilegia la reflexión individual sobre la colectiva, que permite la silente conversación con uno mismo o personas de otro tiempo. En una biblioteca, como en una iglesia o una mezquita, se adora. Pero no tiene lugar ahí la adoración fetichista, sino la adoración de la idea de que el saber siempre puede ser mejorado. La biblioteca Vasconcelos, en en el centro de la ciudad de México, es uno de esos templos. Ahí el conocimiento parece interminable y siempre puede ser profundizado y ampliado. Ahí se comprende el mundo, se entendiende lo que hay alrededor. La Biblioteca Vasconcelos es así y es, también, una digna representante de la arquitectura mexicana contemporánea. Su creador, el arquitecto mexicano Alberto Kalach, la pensó como una gran arca en donde cupiera todo el conocimiento. Dentro de la caótica Ciudad de México, la biblioteca es un oasis que, sin embargo, encaja en la urbe desde su inauguración, en 2006. En el terreno de 38 mil metros cuadrados —del mismo tamaño que el Central Park en Nueva York— está el edificio central con un acervo de cerca de 580 mil libros rodeados por un jardín botánico con plantas originarias del país. A la Biblioteca Vasconcelos, donde se produce ese acto de profunda humildad en el que uno se abstrae de la realidad para escuchar las ideas de otro, también provoca recorrerla.

Un esqueleto de ballena pintado con líneas negras, que cuelga del techo a baja altura, recibe al visitante en la planta baja. El esqueleto es Mátrix móvil, obra de Gabriel Orozco, uno de los escultores mexicanos más reconocidos en el orbe. Enseguida los estantes de libros aparecen en todas partes en los tres pisos. Kalach supo cómo aprovechar el espacio y por eso parece que las repisas se asoman: colocó decenas de estantes a manera de promontorios de diferentes dimensiones en lugar de uniformarlos. El efecto visual es, quizás, el mayor atractivo arquitectónico de la biblioteca. El diseño, exquisitamente estético, permite que el acervo bibliográfico se amplíe en el futuro hasta llegar a los dos millones de ejemplares.

El edificio está diseñado para que la luz natural no dañe los libros por sobreexposición. Los cuatro lados tienen grandes ventanales por los que la luz entre de forma uniforme. Esto permite leer cómodamente durante largas horas: no se necesita encender ninguna lámpara hasta casi las seis de la tarde.

Como muchos grandes proyectos en México, la Biblioteca Vasconcelos estuvo envuelta en escándalos de corrupción y gasto gubernamental excesivo. Casi un año después de su inauguración cerraron el espacio por filtraciones de agua producto de errores en la construcción que ponían en peligro a los libros. Su reapertura duró otro año y algunos meses, y afortunadamente el presidente en turno —Felipe Calderón—, aportó lo necesario para repararla y dejarla funcionando. Alrededor de ella ha habido muchas críticas pero los que la critican no pueden debatir que hay gente interesada en la biblioteca: en el 2010 más de un millón 50 mil personas la visitaron. Y aunque parece que ya le hacen falta algunas remodelaciones (por ejemplo, en el área de estacionamiento), las salas de lectura siguen siendo un espacio que provoca ir a leer: sin ruido, luminosas, con buena vista y rodeadas de miles de libros.

Incluso si desaparecieran los textos impresos y todos usáramos tabletas, las bibliotecas, como lugares para el libre aprendizaje, serían fundamentales en cualquier sociedad. La biblioteca no debería cambiar su esencia sino adaptarse a nuevas formas de aprender. Y la Vasconcelos lo ha hecho bien: tiene áreas con computadoras para los visitantes registrados, áreas para laptops, salas multimedia para ver películas, documentales y escuchar música, un área infantil, otra para personas ciegas y débiles visualmente con libros en sistema Braille, lectores de texto computarizados, audiolibros, e incluso un espacio con pianos, guitarras y violines. Es un lugar que debería replicarse en las ciudades de todo el mundo porque posibilita escaparse de la realidad inmediata y porque atrae incluso a los no lectores. Siempre será más probable tener lectores en un lugar en el que se antoje estar, como en la Biblioteca Vasconcelos.