La lenta y masiva muerte de Venecia

Venecia Italia
Estefanía Baldeón
• Septiembre 9, 2016 •

¿Van a acabar los cruceros y los turistas rapaces con la joya urbana de Italia?

Una de mis primeras mañanas en Venecia, hace dos años mientras hablaba por teléfono, perdí la señal. Intenté volver a hacer la llamada pero no pude. Enseguida, el televisor perdió la imagen. Pasó tres veces en la misma semana. Pocos días después, conversando con amigos, me enteré que para los venecianos esta locura era rutinaria. Vista desde el aire, Venecia parece un pez en una laguna que alimenta la principal arteria de la ciudad, el Canal Grande. Cuando pasa un crucero por ella, no solo pasa un crucero: avanza a paso lento un radar gigantesco que absorbe toda señal disponible de celulares y antenas de radio y televisión. Bienvenidos a Venecia, seis horas de marea alta y seis horas de marea baja. La Luna y el viento (que a veces viene de Rusia y otras de África) ponen a La Serenissima bajo el agua. Este fenómeno natural forma parte del ritmo de vida de sus habitantes pero es alterado por un factor que pone en peligro a la ciudad: los cruceros conocidos como Grandi Navi

Vista aérea de Venecia donde se ven los grandes cruceros. Fotografía de Dave Krugman

Es noviembre, seis de la mañana. Una sirena de aquellas que se escuchan en las películas de la segunda guerra mundial resuena. A eso de las nueve aún predomina en el ambiente una tranquilidad impecable, y en las casitas bien acomodadas una después de la otra los venecianos se preparan para salir: saben que es mejor usar un buen par de botas para no arruinar el outfit del día. Los pobres turistas, en cambio, desconocen que las sirenas que los despertaron marcaban con exactitud el nivel de la inundación: cada toque desentonado es un centímetro de agua. Venecia no se hunde, como dice aquel mito urbano: Venecia se inunda.

En la laguna la entrada y salida de agua es un fenómeno natural que ocurre debido a los vientos y al fuerte campo magnético que ejerce la Luna. En otoño, estas condiciones naturales se intensifican produciendo la acqua alta que inunda canales y plazas. Este fenómeno que incomoda a sus habitantes con el paso del tiempo se ha convertido en una atracción turística mundial. 

Aunque sea difícil de creerlo, bajo tierra Venecia es un inmenso bosque. En el siglo cinco, cuando los venecianos descubrieron esta parte del Adriático —a cuatro kilómetros del continente—, era un conjunto de islas de arena y barro escondidas debajo del brazo de mar. Pero sobre todo era exactamente lo que necesitaban para poder defenderse y protegerse del ataque de los germanos: construyeron una planicie de más de un millón de troncos de pinos, robles y cipreses transportados a través de ríos hasta la laguna y enterrados en posición vertical hasta alcanzar el subsuelo arcilloso. Una obra magnífica del ingenio de los venecianos que lograron construir una ciudad donde las condiciones naturales no lo permitían.  El arquitecto suizo Le Corbusier dijo alguna vez: “la construcción de Venecia fue el evento urbano más prodigioso en la historia de la humanidad”. Ese prodigio está hoy amenazado por la circulación de cruceros y buques petroleros. Según un monitoreo de oleaje del tráfico naval realizado en 2014 hecho por el Consejo Nacional de Estudios del Instituto Nacional Marino (CNR-ISMAR), en un día un promedio de diez trayectos de estas embarcaciones atraviesan el corazón de la ciudad hasta su puerto. Mueven casi 520 mil metros cúbicos de agua. El volumen que mueve en un año alcanzaría para llenar veintiséis veces el lago San Pablo, el más grande de Ecuador. Es uno de los principales causante del desgaste de la infraestructura urbana. El profesor Luigi D’Alpaos —destacado ingeniero de la Universidad de Padova y estudioso de la Hidrodinámica— dice que hay que prohibir la entrada de estas embarcaciones a Venecia: erosionan los cimientos de edificios históricos y pone en peligro el equilibrio del fondo marino. 

Los venecianos marchan para protestar contra los cruceros. Fotografía de Emilio Sacco

La devastación de los cruceros no llega solo por agua, sino por aire. Según un informe de la Asociación Ambiental Alemana Nature And Biodiversity Conservation Union (NABU) y la Asociación Ambiente Venezia, cada estadía de un crucero contamina lo mismo que 14 mil automóviles. Una cifra que se mantiene desde el 2011. No solo es la contaminación ambiental, sino la visual: estos enormes monstruos marinos son tan altos como un edificio de hasta 18 pisos y opacan la belleza de los palacios y monumentos históricos de una ciudad cuyos edificios no pasan el cuarto piso. Y eso que aún en Venecia no ha habido un accidente como el del crucero Costa Concordia, que en 2012 encalló frente a la isla del Giglio en la costa italiana. Sus más de cuatro mil pasajeros tuvieron que ser evacuados, desbordando la capacidad de hospedajes de la pequeña isla. Pero quizá sea solo cuestión de tiempo. 

Los cruceros no solo empeoran la inundación, contaminan el medio ambiente y nos roban la señal de teléfonos y televisores: son el caballo de Troya que lleva dentro un turismo masivo dañino para la ciudad. Según diversos estudios de la Universidad Ca’ Foscari de Venecia la máxima capacidad de turistas que la ciudad puede recibir al año está entre los 7,5 y 12 millones. Paolo Lanapoppi —docente y autor de dos libros referentes al turismo en Venecia— dice que son 30 millones los turistas que llegan cada año. El presidente de la Autoridad Portuaria local, Paolo Costa, afirma que son 24 millones. La diferencia de cifras se debe a que solo 10 millones de turistas se alojan en la ciudad. El resto son excursionistas conocidos como mordi e fuggi (muerde y escapa): gente que solo va a caminar, no entra a museos ni iglesias, come algo y se va. Los pasajeros de los cruceros son parte de esos turistas que invaden sin aportar algún beneficio económico: dentro de la nave son ya satisfechos todos sus requerimientos básicos: alojamiento, entretenimiento, restaurantes, boutiques. La Universidad Ca’Foscari asegura que el porcentaje  económico del aporte de estos a la ciudad es del 2 al 4% del PIB, un porcentaje muy bajo en comparación con los gastos de limpieza de las toneladas diarias de basura que dejan a su paso y el riesgo de que corren Venecia y sus ciudadanos. Los pasajeros de los cruceros bajan a Venecia, muerden y escapan sin enterarse del daño que dejan a su paso. 

Turistas rapaces que alteran la tranquilidad veneciana: la historia diaria. Fotografía tomada de redes sociales.

Los venecianos no están dispuestos a quedarse callados. En 2006 se creó una iniciativa denominada Coordinamento Cittadino Contro le Grandi Navi. Sus miembros se reúnen en asambleas, organizan manifestaciones y  presentan evidencia del riesgo de los cruceros. A partir del 2011 con el aumento del aflujo de los cruceros, ha nacido espontáneamente un grupo en Facebook llamado Fuori le Grandi Navi. En el 2012 las dos iniciativas se unieron y formaron No Grandi Navi, liderada por un grupo de jóvenes venecianos que proponen un turismo sustentable, a través de una oferta turística y cultural que priorice los tesoros artísticos locales. Una cosa está clara: hay que ponerle un fin al tránsito de cruceros en la laguna.

No solo los venecianos han reconocido el problema. En 2012, la UNESCO financió un estudio sobre los futuros desafíos que enfrenta la ciudad y su laguna. Este estudio derivó en el libro Fragile Venice, una compilación del análisis hecho y sus inquietantes resultados. Es un pedido expreso a las autoridades locales de que hagan algo. Sin embargo, hasta ahora no hay soluciones. La UNESCO ha advertido una vez más: Venecia será incluida en la lista de patrimonio mundial en peligro si hasta enero de 2017 sus autoridades no se empeñan en salvaguardar el patrimonio artístico y cultural incluyendo también al ecosistema de la laguna de la ciudad. El ultimátum ha sido un espaldarazo para los venecianos que encuentra, por fin, oído a sus quejas.

Turistas ebrios nadan desnudos en la laguna de Venecia

Turistas ebrios. Fotografía tomada de redes sociales

Mientras tanto, las redes sociales le muestran al mundo el amargo trago que es el turismo de masas en Venencia: gente que se pasea desnuda y ebria por lugares históricos, se lanza desde puentes y descarga el cuerpo en la hermosa plaza de San Marcos, yendo en bicicleta a pesar de que está prohibido. Cada mañana, los residentes de la isla vemos cómo se van los turistas felices en los barcos que, ya llenos, no podemos abordar para ir a nuestro trabajo. El premio de consolación de los venecianos es ir insultando a los turistas sin piedad. Los dueños de negocios turísticos tienen su pequeña venganza, susurrando groserías en contra de sus clientes, y, por supuesto, al momento de pasar la cuenta. Aunque, tal vez, la más cara de todas las facturas sea la que los cruceros y su turismo depredador le está pasando a la ciudad que alguna vez tuvo motivos para llamarse La Serenissima.