Hay que ir al MoMA

• Marzo 31, 2015 •

En Nueva York está el museo que rompió con los estereotipos elitistas y entrega el mejor arte desde hace ochenta años

Cuando el Museo de Arte Moderno de Nueva York abrió sus puertas, en noviembre de 1929, lo hizo con una exposición titulada Cézanne, Gauguin, Seurat, Van Gogh, el puntapié perfecto para lo que se convertiría en una de las instituciones artísticas más vanguardistas del planeta. Desde su génesis, el MoMA se propuso marchar al ritmo de otro tambor: en una época en la que los museos eran entes conservadores y elitistas, este lugar desafió esos prerequisitos y reinterpretó varios conceptos: ¿qué es un museo?; ¿quiénes pueden acceder a las obras de arte?; ¿cuáles son los artistas y las corrientes que merecen un espacio en un museo y cómo deben mostrarse las obras al público? Su objetivo, desde el inicio, fue conectar al arte moderno con la cultura popular.

La colección de arte moderno más importante del mundo reside, desde 1953, en la calle 53 entre 5ta y 6ta avenida de Manhattan. Desde 1997, un edificio blanco de ventanales espejados -diseñado por el arquitecto japonés Yoshio Taniguchi- es una declaración de modestia en medio de un océano de rascacielos, en pleno Midtown newyorkino. El MoMA no necesita de espirales cósmicos como el Guggenheim o un statement arquitectónico tan rimbombante como el nuevo edificio del Whitney Museum -que abrirá en mayo del 2015 y fue creado por el arquitecto italiano Renzo Piano- porque lo que le espera adentro al visitante es suficiente para deslumbrar.

Un helicóptero Bell-47D1, diseñado por el inventor norteamericano Arthur Young en 1945, cuelga del techo sobre las escaleras que conducen al primer piso, y es la pieza que marca el inicio de un intenso recorrido. La colección del MoMA abarca unas ciento cincuenta mil piezas, entre ellas algunas de las obras más conocidas del mundo: La noche estrellada de Van Gogh (sin duda el favorito del público, a juzgar por la cantidad de selfies que lo utilizan de fondo); Las señoritas de Avignon, de Picasso; El sueño de Rousseau; las archifamosas latitas de sopa Campbell firmadas por Warhol en 1962. El hecho de que estas obras se hayan vuelto tan populares radica, por supuesto, en la genialidad de sus autores pero también porque cuelgan de las paredes del MoMA. Gracias a ello se han vuelto omnipresentes en el imaginario colectivo.

Y el museo combina la experiencia de ver estos cuadros en vivo junto a obras menos populares pero igualmente poderosas; artistas más contemporáneos, artistas que siguen creando en la actualidad e incluso una sección dedicada al diseño industrial y gráfico, donde se puede ver desde un iPod de 2001 hasta un frasco de salsa de soya Kikoman.

La simplicidad minimalista de Taniguchi convierte al museo en un templo diseñado para la apreciación donde el arte es el protagonista. A mí, que crecí con una madre artista fanática de Frida, Mondrian y Dalí, me provoca visitarlo una y otra vez porque siempre hay algo nuevo, algo que había pasado desapercibido y ahora parece fundamental, imposible de ignorar. Para quien visita la ciudad por primera vez, la gran cantidad de museos en Nueva York puede llegar a ser sobrecogedor- ¡el Met!, ¡el Guggenheim!, ¡el Whitney!, ¡el Brooklyn Museum!- pero ningún tour estaría completo sin dedicar un día entero a recorrer los seis pisos del MoMA, sobre todo los salones dedicados a las pinturas y esculturas creadas entre 1900 y 1950 que albergan las obras más relevantes de la colección (aquí están Picasso, Miró, Matisse, Monet, Seurat, de Chirico...)

 

La audioguía (que se entrega gratuitamente al presentar el ticket de ingreso) permite al visitante viajar en el tiempo y entrar al jardín de Monet en Giverny y sus nenúfares, sumergirse en los canvas monumentales de Pollock o en el paisaje surrealista de La persistencia de la memoria, de Salvador Dalí. Uno puede perderse por seis o siete horas entre sus asépticos pasillos y salir de ahí con los ojos abiertos como platos y la cabeza llena de inspiración.

Si está de apuro no hay problema. El museo se puede recorrer rápidamente visitando solamente las obras indispensables (para cada uno). Para esto, el museo ofrece un listado de highlights en su página web, perfecto para revisar antes de aterrizar en la ciudad y saber exactamente qué es lo que se quiere ver y dónde está ubicado.

A la salida, el MoMA Store está repleto de souvenirs para todos los gustos y presupuestos, desde un sofá de Eames ($5000) hasta una caja de lápices de color con el logo del museo ($8), además de libros de arte y fotografía y los catálogos originales de las exposiciones itinerantes del museo.

 

Moma en 2015

Hasta el 7 de junio: la retrospectiva de Bjork es un homenaje a la multifacética artista islandesa.

De abril a octubre: Una muestra que se enfoca en la obra pop de Andy Warhol, producida entre 1953 y 1967.

Entre mayo y septiembre: el MoMA presenta por primera vez una exposición dedicada a Yoko Ono.

Hasta el 19 de julio: Un recorrido por la arquitectura moderna de Latinoamerica, con planos originales y fotografías de archivo de las construcciones esenciales de la región, desde México hasta Argentina.