Un desierto improbable

• Junio 29, 2015 •

Wadi Rum es un sitio poco común del Medio Oriente donde ocurren cosas impensables

Dos horas después de llegar al desierto de Wadi Rum —en Jordania—, la intensidad del sol que golpeaba la arena no había cambiado, pero mi actitud sí, y para mal. Estaba en el interior de la camioneta —que se había quedado estancada mientras intentaba atravesar una zona de arena profunda—, buscando algo de viento detrás de una ventana abierta, con la nariz cubierta por el polvo y el calor, cuidando a sorbos mínimos la única botella de agua que había llevado. Afuera del carro, habían treinta grados, y la idea de que en un desierto no hay una fuente de agua cerca y menos un árbol con algo de sombra, era más traicionera que el sofocante calor. Dimitri, el conductor, se resguardaba en el lado izquierdo de la camioneta donde no llegaba el sol, mientras Hazeem, su amigo, fue a pedir ayuda al campamento, que estaba a “cinco minutos”. En este desierto, hasta el tiempo transcurría a un ritmo distinto. Cuando me vi atrapada en esta situación, noté que no solo era inesperado y poco probable el destino pacífico en el que me encontraba –en medio de tres países en conflicto: Siria, Israel e Irak– sino también las cosas que ocurrirían ahí.

El desierto de Wadi Rum está al sur de Jordania, a cuatro horas de Amman, su capital, y no es un típico desierto de campo abierto de dunas de arena. Quizás sea lo más parecido a Marte que exista en la Tierra: unas inmensas rocas de arenisca y granito se mezclan con grandes colinas y planicies de arena roja o dorada. Wadi significa valle y este es uno que se forma entre grandes rocas. El paisaje parece una pintura del planeta vecino: las montañas son anchas y tienen formas de conos achatados. Parece que las hubieran construido con capas superpuestas unas sobre otras formando una textura rugosa, como de pliegues, en tonos arcilla, marrones y habanos, según la posición del sol y las sombras que las rocas dibujan sobre otras. No hay árboles pero sí unas plantas bajas, de no más de cuarenta centímetros. El cielo está azul, completamente despejado, y contrasta —de manera hermosa— con el intenso tono café y rojo del paisaje. Wadi Rum es silencioso casi todo el tiempo, solo hay bulla cada veinte minutos, cuando autos pasan por la carretera más cercana.  

En medio del vacío del desierto, viven los beduinos: hombres y mujeres de tribus nómadas que salieron de los desiertos de Siria y Arabia en el siglo siete y se instalaron alrededor del Medio Oriente. Son morenos, de ojos y cejas muy negras, y siempre van vestidos con túnicas, hattas (los turbantes jordanos) en su cabeza y sandalias. Por ahora este grupo de beduinos vive en Wadi Rum, y se encarga de la acampada de los turistas.

Son cerca de quince carpas ordenadas una al lado de otra, alrededor de un espacio para fogata, y dos tiendas abiertas con asientos de madera, y almohadones, donde los turistas se sientan a conversar con los anfitriones o con otros turistas. Cada carpa es una estructura metálica en forma de cubo —de dos metros— cubierta por una tela parecida al costal, que absorbe el calor, como un sauna. Durante el día es casi imposible respirar dentro de ellas. Cuando llegamos, cerca de las once de la mañana, los beduinos nos ofrecieron una taza de té negro con menta: una señal de hospitalidad entre cualquier jordano. Después de dejar el equipaje en nuestras carpas, volvimos a la camioneta para ir a hacer sandboarding, y apenas habíamos recorrido un par de kilómetros, se estancó en el inestable terreno. Durante media hora removimos la arena de las llantas y con la doble transmisión, Dimitri trató —por más de treinta minutos—, sacarla de ahí. No tuvo éxito.

En el desierto, las distancias engañan. Lo que parecía estar a cinco minutos resultó más de una hora, ese tiempo se demoró Hazeem en llegar hacia el campamento y pedir ayuda a los beduinos. Nosotros seguíamos esperando bajo el sol. Los beduinos llegaron en una camioneta vieja y oxidada pero que, con una cuerda, tuvo la fuerza suficiente para sacar la nuestra de ahí. La mañana perdida bajo el calor, nos dejó cansados y frustrados. Había que esperar a la tarde para el sandboarding.

Cuando el tiempo sobra, como cuando se daña el transporte en el que ibas, te fijas más en los detalles. Lo primero que resaltaba en aquel desierto eran los colores. No había ningún tono suave, todos eran intensos: el de la arena, del cielo, y de las montañas. La intensidad incluso llega a ser abrumadora porque se sobrecarga con el calor. Los patrones de líneas que forman las dunas parecen construidos a la medida de un arquitecto, solo las huellas de los zapatos dañan esos patrones que crean nuevos diseños: caminos marcados por los pasos de personas y seguramente, animales. Donde no hay arena, el suelo está erosionado y es casi de color blanco. Alrededor de las cinco de la tarde, el viento levanta mucho polvo y crea una suerte de bruma que no moja, raspa, y por esos minúsculos espacios se cuela el sol. Atrás de esa superficie erosionada hay dos montañas con un gran duna de arena en la mitad que las separa. Tenemos que llegar allí para el sandboarding. Bajamos en la base de la montaña y subimos caminando con las tablas, casi un kilómetro. Untamos las tablas con vaselina para que no haya fricción con la arena, y para que resbale más fácil. Después, metemos los pies en los fijadores y empezamos a equilibrar hasta sostenernos. Alguien debe darte un empujón para empezar a resbalar. Cuando la tabla parece que ha alcanzado la máxima velocidad, uno cae y se da cuenta que en realidad ha avanzado pocos metros y ha perdido el equilibrio.

El deporte acaba y llega el atardecer que se ve desde la parte alta de la montaña. Parecería que ese cielo está hecho para observarse aquí, rodeado de un diserto. El sol pinta las montañas de un tono más rojizo, y la luna aparece al otro lado. El cielo sigue igual de despejado que el día, pero ahora es azul oscuro. Estar ahí, en un paisaje completamente nuevo, sin rastro de civilización cerca, angustia un poco. Como si la belleza de la naturaleza de pronto sobrecoge por lo desconocida. La Tierra, esa a la que estamos acostumbrados, parece otro planeta, uno rojo, caluroso, nada fresco. Y la realidad se vuelve casi inexistente.

Un poco antes de que caiga el sol completamente, empezamos a bajar al campamento. En mayo, la temperatura en el desierto puede llegar a los cero grados por la noche. Cuando llegamos, los beduinos habían preparado la cena, con muchos platos tradicionales: ensalada de pepinillo con tomate y menta, yogur, pan pita, rollitos de carne con arroz embalados en hoja de parra y queso de cabra. El idioma es una barrera, pero aprendes a decir gracias —Shukran— luego de que ellos te hayan compartido su comida, ciertas distancias se acortan. De la cena pasamos a la observación del cielo, nos acostamos junto a la fogata para verlo despejado. La luna llena que da más luz de la que uno imagina que en algún momento pueda dar. El desierto tiene su propia lámpara. La temperatura baja aún más de lo esperado y la carpa no tiene reservas de calor. Las dos camas metálicas que entran en su interior, tienen una cobija pesada para aguantar el frío.

Horas después, cuando el sol despunta en las montañas, alrededor de las seis, aún con el frío, se disfruta del amanecer, creo, porque el calor aún no traiciona mis pensamientos. Hacia las ocho, debo escapar de las carpas, porque el efecto del sauna ha empezado otra vez. Pocos turistas llegan a Wadi Rum. Su ubicación es traicionera, como esos pensamientos que aparecen en los climas extremos. Jordania y Wadi Rum no son popular porque están en medio de naciones que sufren bombardeos constantes. Pero justamente su localización en el mapa, hace que Jordania sea tan especial, remota e improbable.