Aprender a pintar tangkas para desprenderse del ego

• Octubre 1, 2015 •

¿Qué es lo que en realidad se aprende en estos talleres en Nepal?

En el suelo de una pequeña sala, dos filas de turistas están sentados frente a lienzos de algodón con un bosquejo: hay un Buda, un mandala, una deidad. Los dibujos son tangkas —imágenes que se usan en las prácticas budistas— y ellos están aprendiendo a hacerlas, en un pequeño taller de arte en el noroeste de Katmandú, Nepal.

Desde la invasión china a Tíbet —en 1959— la cultura religiosa de este país se trasladó a otros territorios, como Nepal. En el centro de su capital, Katmandú, está Budanath —un imponente monumento con reliquias budistas— rodeado de más de cien locales que venden malas —rosarios para recitar oraciones—, campanas, telas para el altar, banderas de bendiciones, imágenes de budas, y —por supuesto— tangkas. 

El cuarto donde los turistas las dibujan y pintan está lleno de otros turistas que observamos su aprendizaje. Un guía nos enseña morteros de piedra con polvos de diferentes colores: azul, rojo, amarillo, verde. “Natural stone colors”, dice Sauskin Tamang —el profesor de arte que dirige la clase. El procedimiento para crearlas es triturar la piedra —por ejemplo, el lapislázuli— y mezclarla con agua y un poco de piel de yak (el búfalo de los Himalayas) que ha sido cocinada. Esa combinación produce una textura consistente parecida al óleo. 

Un turista asiático —que no habla inglés— tiene junto a su rodilla un poco de cada color en pequeños envases, una decena de pinceles con diferentes tamaños  de brochas, y un tarro metálico —donde antes hubo pintura— con agua. Su dibujo parece que estuviera terminado, pero si se observa de cerca, quedan cientos de detalles pequeñísimos hechos a lápiz que debe aún completar con los pigmentos naturales. Usa una regla y un pincel con fibras delgadas. Observo su precisión y admiro su paciencia: cuando esté lista, la tangka tendrá cerca de mil detalles. Tamang dice que el proceso se puede resumir en seis pasos, si se trata de un Buda o una deidad: se hace el diagrama o sketch, se lo pinta, se define el brillo y opacidad, se perfeccionan los detalles, en algunos casos se colocan tintes de oro, y se definen las expresiones faciales. 

El turista asiático mantiene su postura: espalda recta, piernas cruzadas, mirada fija. Él y sus compañeros de taller han llegado en diferentes días, por eso sus obras están en etapas distintas. En este mes —febrero de 2015— hay veinticinco estudiantes, unos esporádicos —que van un par de semanas— y otros que se han quedado en la ciudad, o regresan. Perfeccionar la técnica exige sesiones diarias de seis u ocho horas. Completar un nivel de aprendizaje toma seis meses. En diez años recién se considera que el practicante es “máster” en tangkas. 

Su creación en este rincón de Katmandú es una actividad turística; en la tradición religiosa, su elaboración es una ofrenda. Monjes o practicantes laicos eligen crearlas —y como parte del proceso, —cuando la terminan, por más hermosa que haya quedado, no la firman: es para desprenderse del ego, una práctica que propone el budismo. No existe un consenso sobre su origen pero varios textos coinciden en que desde hace dos mil quinientos años los seguidores de Buda ya pintaban a su maestro y —sus enseñanzas— en lienzos. Como estaban en tela, las podían transportar en los largos trayectos entre los Himalayas. Era una manera de llevar siempre las enseñanzas consigo. Hoy, las tangkas no van de camino: se cuelgan en templos, centros de budismo o cuartos privados de meditación.

El curso de tangkas está en el segundo piso de uno de los pequeños edificios de Budanath. La sala donde aprenden los estudiantes tiene un mesón largo donde los encargados del local desenrollan las imágenes que están a la venta. Como los papiros egipcios, las tangkas se guardan enrolladas. En el primer piso de la tienda se exhiben decenas de ellas: unas enmarcadas con vidrio y otras con telas gruesas azules, rojas o amarillas, todas en tonos brillantes con apliques dorados. Cuestan entre treinta y tres mil dólares. Dependerá del tamaño, detalle, acabado. Las que fabrican los estudiantes no se venden, ellos se las llevan a casa. 

Es difícil no comprar al menos una. La iconografía budista plasmada en estas imágenes, deslumbra. Y aunque Tíbet sea un destino un tanto inasequible, en ese espacio de Nepal es posible imaginarse una parte de la tradición que  sus habitantes aún conservan en el detalle de sus imágenes.