Soldado, una caricatura sobre la anacrónica perfección de un Ejército

• Mayo 22, 2017 •

El documental del cineasta argentino Manuel Abramovich retrata a Juan José González, un cadete de su país y termina mostrando el estancamiento en el tiempo y el aparente absurdo de la rigidez de la vida militar

Still del documental Soldado de Manuel Abramovich

La estética militar siempre me ha fascinado. Estoy seguro de que tiene algo que ver con esa supuesta atracción entre opuestos. Soy desordenado, nocturno y parlanchín. Me gusta lo impredecible, me abruman los planes demasiado inmóviles y mi relación con el reloj no es necesariamente la mejor. Soy tan ajeno a los uniformes, la disciplina milimétrica, las marchas —un, dos, tres—, que me sigue pareciendo increíble la capacidad del ser humano de convertirse en máquina.

Soldado, del cineasta argentino Manuel Abramovich, es un estudio de esa máquina. Puntualmente, de un humano: Juan José González, un chico de veinte años que se enrola en el ejército argentino, y entra en ese proceso que parece estancado en el pasado. El documental es una mirada a una institución que para el director está como “un poco quedada en el tiempo”.  José —como lo llaman todo el tiempo— es un joven que se incorpora al Ejército argentino porque, dice, le gusta. Lo explica así, casi monosilábico, en una entrevista médica para su incorporación. “Siempre me gustó, por una necesidad laboral y…” —mira hacia abajo— “para darle gusto a mi mamá.” Ese es el único momento en el que se toma cierto tiempo para responder . “No”, decía una y otra vez a las preguntas de la doctora sobre su salud, mordiéndose los labios y renegando lacónico con la cabeza. José, corto de palabras, es muy serio, casi cómicamente serio y callado. Como si fuera ideal para el ejército. El sabe escuchar y obedecer.

A José le asignan el puesto de tambor de la banda. A lo largo la cinta, la cámara lo muestra escuchando atentamente las  instrucciones de sus maestros. Así aprende a tocar los redobles de la hora de comer —A comer, a comer la comida del cuartel— y la hora de despertarse. Así aprende también a hacer la cama de manera rectangular los martes y jueves, de manera triangular los lunes y miércoles y de manera cuadrada los viernes. Es también gracias a esos momentos que descubrimos toda la curiosidad que se le escapa. La fotografía, compuesta con el cuidado y prolijidad de una película de ficción, no pasa por alto toda esa intensidad que sobrevive en los ojos —más allá de todo condicionamiento.

El documental empieza con la mirada desde arriba, en plano abierto, de una cancha ¿de cemento? donde un pelotón del ejército argentino ensaya una maniobra. El ejercicio, por supuesto, es tan imperfecto como perfecto será eventualmente su resultado final: una marcha para la graduación. La fotografía es preciosa y, en ese momento, captura como en pintura las instrucciones y el desorden tímido, los pasos confusos de jóvenes intimidados por su superior, posicionándose —cambiando de lugar, viendo sus pies— aquí y allá para el ensayo. Así va configurándose la paradoja: ¿para qué se prepara un ejército que no pelea ninguna guerra?

Esa constatación nos hizo reír. El entrenamiento militar en un país donde no hay guerras evidenciaba ese extraño anacronismo de la filosofía de la institución. Sentíamos un choque de sentidos entre el compromiso y la rigidez promulgada por los cabos y el valor real, tangible, de su misión. También reímos para procesar esa paradójica admiración y miedo que generaba la película: un perfeccionamiento sacrificante, un organismo colectivo que puede —en el caso de la banda militar— jactarse de lograr algo a la perfección.

Esa perfección es reflejada por la composición de la cinta. Parecía un trabajo de los hermanos Coen: cortes largos, una palestra verde-grisácea, un encuadre cuidadoso para cada toma. Las escenas parecían ensayadas también, cada una mostrando los que podrían ser capítulos propios.

José sonríe una vez en una visita a su casa. “Está muy bello esto”, le dice a su mamá, que parece orgullosa de que su hijo sea militar. La cámara no se mueve de sus ojos, cuya actividad y, en momentos, ternura, contrastan con su semblante. La mirada sobrevive.

En una crítica al escritor japonés Haruki Murakami, Nataniel Rich decía que el misterio de su literatura radica, en parte, en que sus historias estaban mal escritas pero eran cautivantes. Rich hacía referencia a estructuras sintácticas, en lo formal, y a prácticas “imperdonables” para el canon literario, con tramas predecibles y clichés. Su crítica apologética de Murakami reivindicaba la imperfección, el error como aquello que concierne al arte —lo humano y vivido como lo que en verdad expresa al mundo, en oposición a ese ideal mecánico y rígido de lo perfecto. Lo imperfecto como humano.

Yo vi Soldado por error. Íbamos a ver otra película, pero nos confundimos con los horarios y decidimos ir a la que se presentaba en ese momento. Fue una de esas equivocaciones maravillosas, en tiempos en los que la disciplina militar parece perdida en su propia lógica. El ejército marchando como un fin en sí mismo, visto por las miradas cuidadosas y curiosas de tanto el director como el protagonista. Nos dejó sentados sin saber que decir un rato, antes de soltar más risas.