Mi empleada es mi vergüenza

Limpieza
Xavier Torres
• Diciembre 26, 2016 •

Réplica al texto publicado en 2013 en GkillCity Mi empleada es mi patria

Fotografía de Roxanne Ready bajo licencia CC BY-NC-ND 2.0

En el 2013 se publicó en GkillCity un texto de migrante nostálgico con una premisa dolorosa: el escritor guayaquileño extraña a Ecuador porque en Alemania no hay empleadas.

Mi mamá nunca me advirtió que aquí y en el norte de Europa las empleadas domésticas casi no existen, algo muy —pero muy— lamentable. De haber tenido eso claro, a lo mejor no me hubiera largado del Ecuador. Y seguro me hubiera ahorrado muchísimas discusiones, cabreos y peleas con mi mujer y mis hijos:  casi todas tienen su origen en el hecho de que no tenemos empleada. 

Con esposa alemana y tres hijos, el autor nos cuenta cómo la “empleada como institución” le hace inmensa falta: le ha tocado hacer todo para sí mismo y su familia. Termina el texto con una conclusión mortal sobre el regreso eventual al Ecuador: “No iré por la nostalgia que a veces me embarga. Yo regresaré para tener una empleada.” Y así, con estas palabras, el autor sella su texto colmado de insulto, falta de humanidad y una completa desconexión de la realidad cruel de la pobreza guayaquileña.

No tuve que leer la biografía del escritor para saber de antemano que probablemente fue a algún colegio de la élite guayaquileña (el Alemán Humboldt). Supondré que antes de irse a Alemania a estudiar él vivía en Ceibos, o Santa Cecilia, o Vía a la Costa, o Puerto Azul, o Vía Samborondón (aunque geográficamente esta última ubicación dé menos sentido). No negaré mi propia historia de origen: aniñado del Colegio Americano, aunque disimulado, porque a mi familia se le acabó el dinero a medias de mi secundaria. Yo también fui criado por empleadas, quienes desaparecieron con el tiempo y la falta de recursos, y también me exilié del país, aunque a Estados Unidos en vez de Europa. Pero nunca en mi vida pondría a la empleada guayaquileña bajo el materialismo inhumano del autor, erigiéndola como una institución fundamental a nuestra cultura y existencia.

Esta noción de empleada como constitutiva a la supervivencia del hombre guayaquileño apesta de sexismo, clasismo e historias coloniales. Coloca a la mujer pobre, afro o indígena o mezclada, bajo el eterno servicio del hombre (blanco o mestizo) y su familia clase media y alta. El guayaquileño permanece inservible pero poderoso, tal cual la imagen de tantos caudillos machitos que continúan manejando a la ciudad y país. El autor coloca a la empleada como objeto descartable que lo debe cuidar, aparentemente ignorando que esto le quita la madre a familias que también existen. Se imagina a la empleada, mujer trabajadora con historias, emociones y realidades, como solamente una máquina servil, a quien de paso se la paga poco y mal, y siempre es femenina. Para el autor, no hay mujer ni humano, ni madre ni hermana: sólo empleada, que cocina y lava y obedece.

Como hombre nacido y criado bajos tales condiciones descritas, mi empleada se convierte entonces en mi vergüenza, no en mi patria. Se convierte en la razón por la cual no aprendí a cocinar arroz hasta los 18, a planchar una camisa hasta los 20. La empleada como institución, aparentemente parte íntegra de ser guayaquileño, me espanta y apesta: se basa en esquemas antiguos de servidumbre, lealtad, y jerarquía racial y de género. Si uno intenta a explicarle a un europeo o estadounidense la empleada como institución verá el espanto moral  y pragmático que nos hace muchísima falta. 

Yo terminaré mi texto de otra manera. Regresaré al Ecuador no por mi empleada, sino para ella. Para pelear contra la imbecilidad social que refleja el texto del 2013. Regresaré para conspirar con empleadas y otros trabajadores domésticos para seguir la lucha por sus derechos laborales, para saquear los baúles de riquezas confiscadas. Rebequita, Alba, Elena y otras más cuyos nombres no me aprendí en ironía poética: soy lo que soy gracias a ustedes, su sufrimiento y explotación. Rezo que sus sonrisas y brujerías le jalen los pies a sus pasados jefes, terratenientes, esclavistas, conquistadores hasta el fin de los tiempos.