Juego de Rey

• Julio 17, 2012 •

 

@agusvillarri

Eran años distintos. El sur era más sur de lo que es ahora. En especial cuando se era niño y para jugar había que salir de la casa, y al salir uno se daba cuenta de que estaba en el sur. Era indiscutible el aire que se fraguaba en ese espacio de la avenida Domingo Comín, la mezcolanza de dos fuerzas antinómicas, la limitación con el mercado de la Caraguay chocando con la vecindad de la multinacional Nestlé. Ahí, en ese espacio cercado, crecían los chicos, respirando pescado, respirando el dulzor del humo de una fábrica de galletitas. Se llama El Limonar, barrio fiscal de la marina ecuatoriana, donde a los vecinos hay que llamarlos tíos y donde se vive en un comunismo hogareño. Una casa a lado de otra, todas iguales, todas pequeñas; todas habitadas, todas con niños.

 

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Las tardes eran para jugar, todas las tardes de todos los días. Las calles se llenaban, los parques eran invadidos y cada espacio sin autos era un paraíso. Se regresaba de clases, se comía y se acababan los deberes; no se podía tardar, había que salir: empezar el juego y terminarlo hasta que el sol renunciase, extasiado de vernos.

En un pequeño galpón pateábamos la pelota. Esas pelotas de plástico de supermercado (marca Pika, con la k de kalidad), inestables y voladoras, y sobre todo rompe ventanas. La pateábamos entre dos o entre tres, mete gol tapa, y todos gol, y todos tapan. Ojo, eso sí, estaban prohibidos los “cañonazos”. No sea injusto, imposible que menudas figuras atajen el balón tan alto,  o peor, que el balón, con voluntad independentista, tomara vuelo y en su plástico barato y liviano, se alejara y se perdiera. Hacíamos goles a ras del piso, pero a veces nos descontrolábamos y, era eminente, tirábamos un cañonazo.  La pelota despedida, se alzaba por los aires, hacia el gol, hacia la libertad y hacia la ventana de la vecina.

El juego continuaba, nos movilizábamos en el barrio, corríamos cuadras, saltábamos barandas, pateábamos piedras y nuestra imaginación era etérea. Creábamos mil y un juegos, que éramos espías, que éramos superhéroes, que éramos policías o ladrones. Mitificábamos al perro sin dueño, al que nombramos, a fuerza de nuestro sentimiento colectivo: Limón. Y en el Limonar éramos todos parte de un dominio impregnado por las risas de los infantes, por la imaginación desenfrenada, por los sucesos que se convertían en leyendas. Nada estaba oculto, y sin embargo con la sucesión del cuento, las vecinas y los niños oyentes y chismosos, la historia tomaba valores literarios. ¡Oh Limón, mitología barrial! ¡Quimera de algún rey muerto!

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En el parque las dimensiones cambian. La matización de grupos de niños se acentúa. Lo más chicos estamos en los columpios, luego en la resbaladera. La luz crepuscular marca que el tiempo se agota. Así que subo y tengo control total del dominio. Soy el rey, nadie más sube, todos esperan, nadie puede bajar. Yo estoy arriba y tengo el poder. Me empujan y me aferró. Nadie puede subir para deslizarse en bajada. Arriba soy el rey y contemplo: otro grupo de chicos mayores en una actitud belicosa a algunos metros. Piedras van, piedras vienen. No importa, están lejos. Mientras, empujan, imposible, arriba es donde reino. De repente, ¡pam! en la cabeza. Dolor. La mano sobre el golpe. Dedos rojos. Descontrol. Veo una piedra caer cerca, abandono todo y me deslizo. Corro, la mano tapa la cabeza, lágrimas en ojos rojos. Todos quedaron atrás estupefactos. Yo corro, haciendo caso omiso al olor de grillo muerto. La imaginación se despunta y entra más el miedo. La mano aplasta con más fuerza la cabeza y a pasos rápidos vocifero: ¡MAMÁ! ¡MAMÁ! ¡SE ME SALE EL CEREBRO!

Atravieso medio barrio, la mano cansada, la noche que llega, el grito repetitivo: ¡MAMÁ! ¡SE ME SALE EL CEREBRO! ¡MAMÁ! Llego a casa y nada. La puerta cerrada. Miedo y más miedo. ¡MAMÁ! Pateo la puerta en golpes titánicos ¡MAMÁ! Nada. Más golpes, tiro cañonazos a la madera que resuena. ¡SE ME SALE EL CEREBRO! ¡MAMÁ! Luego aparece la vecina consternada, mamá por detrás de ella. Y yo que sigo y pateo la puerta, no veo nada, tengo cuidado de que no se me salga el cerebro. Mamá con sus ojos claros, y su dulzura materna, mira y permanece tranquila. Me habla, no escucho nada. Sigo gritando. Entramos en casa y mamá aplica la fórmula: agua fría cura el llanto. Llama a papá por teléfono, y que qué paso, que ya va, que deja la guardia. Y mamá que mejor en el hospital, que Teresita nos lleva, allí nos vemos.

Le enfermera comedida que se ríe del cuento, el doctor serio que cose, uno, dos, tres puntos. El regreso a casa. Los ojos siguen rojos, me llena un mareo, mis padres que conversan y no entiendo. Al parecer el cerebro sigue adentro. Al día siguiente descubro un hilo en la cabeza, es una sensación extraña. No importa, es otro día de juegos. Esta vez tendré más cuidado. El pequeño rey regresará a su reino, subirá y gobernará con justicia. No sea que otra vez se le dé un golpe de estado y el cerebro, acobardado, se quiera volver a escapar.

Agustín Villavicencio