La marcha de las Mujeres en Washington y las preguntas correctas

DC women's march
• Enero 30, 2017 •

Muchos nos hemos preguntado por qué decidimos marchar el 21 de enero de 2017, pero las respuestas son obvias y evidentes. La que debemos intentar descifrar es qué podemos hacer cada uno de nosotros, desde nuestro lugar en el mundo, cada día, para cambiar la realidad que el Gobierno de Donald Trump quiere imponer. 

Fotografía de Catalina Kulczar (@catalinaphotog). Su trabajo puede verse en www.catalinakulczar.com. 

La pregunta flotaba entre quienes esperaban la llegada del metro, en la estación de Ballston, Virginia, con dirección al National Mall de Washington DC. Allí, desde las diez de la mañana, empezaban a reunirse cientos de miles de personas para la Marcha de las Mujeres. Aunque la gran mayoría eran mujeres, muchas estaban acompañadas por sus parejas, sus hijos y sus familias. Se identificaban por sus gorritos tejidos color rosa (los pussyhats) que se popularizaron pocos días antes de la marcha. A pocas horas del arranque,  la complicidad nos atravesaba a todos.

Cada tren que llegaba, llegaba repleto: según el Metro de la ciudad, hubo más de un millón de pasajeros ese día. Tuve que esperar que pasen seis o siete trenes hasta encontrar espacio en un vagón. Todos íbamos  a la marcha. Era una mañana fría y nublada, típica del invierno en Washington DC. Cuando llegué al punto de encuentro, en medio del discurso de la actriz y activista America Ferrera, era imposible avanzar o retroceder por la calle. Hacia al frente solo se podían ver más y más marchantes, un océano rosa se tomó la Avenida de la Independencia y se regaba, incontenible por las calles aledañas. Estaba en  una de las más grandes protestas en la historia de los Estados Unidos.

El objetivo de esta marcha —liderada y organizada por cuatro mujeres de distintas razas, religiones y backgrounds— fue dejar en claro que este gobierno y sus seguidores no representan  a la totalidad del país: de hecho, Hillary Clinton ganó el voto popular por casi tres millones de votos. Era apropiado que fueran las mujeres las primeras en impulsar la resistencia civil al naciente —pero ya tóxico— régimen de Donald Trump: somos el 51% de la población estadounidense. Los infames comentarios del Presidente sobre cómo trata a las mujeres (o como él lo llama, locker room talk) le dieron la vuelta al mundo. Varias denuncias de acoso sexual en su contra fueron reportadas por los medios poco después. 

Las primeras medidas de Trump apuntan a un retroceso para la calidad de vida de todas las mujeres, dentro y fuera de las fronteras de este país. Evidencian que al flamante Presidente no le interesa el medioambiente, ni considera urgente frenar el cambio climático. Dejan claro que está dispuesto a retroceder décadas de avances en los derechos reproductivos de las mujeres al alinearse con posturas contra el aborto y la organización de planificación familiar Planned Parenthood. Dicen que los inmigrantes indocumentados y los musulmanes no merecen ser respetados ni tratados como seres humanos si no como amenazas que hay que eliminar. 

Los motivos para marchar el sábado 21 de enero eran demasiados y muy diversos. Los carteles que cargaban los marchantes fueron una clave para entender el espíritu de la protesta. Si hay algo en común entre los millones que salimos (no solo en Washington, sino en todo el país y alrededor del mundo) es la necesidad profunda de entrar en comunión con quienes comparten nuestros valores y formas de ver el mundo. Una necesidad que necesitaba mostrarse de formas evidentes, materiales y cuantificables. Un grito de batalla que nos motivara a todos, y nos diera una razón para seguir luchando por lo que creemos. En palabras de la líder feminista Gloria Steinem: 

— A veces hay que poner nuestros cuerpos en donde están nuestras creencias.

La marcha cumplió su objetivo. Días después de ella, organizaciones como Planned Parenthood, el Center for Reproductive Rights y el American Civil Rights Union (ACLU) —que se enfocan en temas como migración y salud reproductiva y que están en riesgo en el gobierno de Trump— recibieron millones de dólares en donaciones voluntarias.  La iniciativa Swing Them Left, que busca ayudar a los candidatos demócratas a ganar la mayoría legislativa en el Senado y el Congreso en 2018 a través de trabajo voluntario de activistas, inscribió a cien mil nuevos miembros en dos días. 

Eso es lo realmente importante. La pregunta no debe ser por qué marchamos: las respuestas son obvias y evidentes. La pregunta debe ser qué podemos hacer cada uno de nosotros, desde nuestro lugar en el mundo, cada día, para cambiar esta realidad. Cualquiera sea la respuesta debemos actuar ahora. La resistencia será larga, jodida y, la mayoría de veces, frustrante. El humor, la resiliencia y el disenso serán herramientas indispensables para superar la sensación de desaliento que nos consume desde el 8 de noviembre de 2016 en que Donald Trump se convirtió en Preisdente de los Estados Unidos. Permanecer unidos es el único motor que puede avanzar esta lucha.