Sobrevivir al jingle revolucionario

• Mayo 11, 2015 •

¿Podría una canción darle vuelta a una palabra que en todas sus acepciones es nefasta?

Si solo tomamos el plano musical del jingle que se escucha en el spot Si esta fuera una dictadura el resultado no deja de ser espantoso. 

 

Desde el evidente discurso dirigido a jóvenes a suponer que lo que sucede hoy es lo mejor que le ha pasado al Ecuador se cae en un juego de palabras sencillo y burdo, engalanado con una música digna de banda de pop latinoamericana, como Camila. La música más plana, fácil e inútil al servicio del cambio revolucionario de sentido detrás de “dictadura”: es dictadura porque el corazón lo dicta. Y dictar –de acuerdo a lo que la Real Academia Española de la Lengua nos dice– equivale a “decir algo con las pausas necesarias o convenientes para que otra persona lo vaya escribiendo” o “inspirar, sugerir”.

Pero la sugerencia no funciona. 

Dictar involucra que las ideas de otros sean repetidas a través del lenguaje escrito. 

Dictar es también un acto de sometimiento al ritmo y cadencias de una voz que no es propia y que marca el beat de cada palabra, para hacerla nuestra.

Dictar es llenar cuadernos de sintagmas que, en muchos casos, serán solo importantes porque hay una idea de poder detrás y si no las escribimos, estamos incumpliendo las normas impuestas.

Dictar es la peor idea de educación que existe.

Así que no me extraña que un jingle de tan poca factura intente hacer una relación de causa y consecuencia entre “dictar” y una posible “dictadura”. 

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John Lennon compuso canciones con una sutileza e ingenio pop que no dejaban estar cruzadas por el sentido de la promoción de sus ideas, de aquello que pensaba era correcto.  Habló muchas veces –empujado por sus lecturas de McLuhan– sobre la necesidad de usar los medios para proponer esas cosas que valían la pena. Y usó decenas de veces la palabra “promocionar”. 

Lennon compuso Give peace a chance en una cama y después de varios intentos la grabó con los asistentes a ese cuarto de hotel en el que estaba con Yoko Ono en Canadá, en 1969. También compuso, grabó y mezcló en un solo día de 1970 la canción Instant Karma!, también plagada de frases sobre unidad y la importancia del ser humano ante todo.

Pero solo Lennon fue Lennon: un chispazo del universo que podía hacer esas cosas en poco tiempo. Fue tan importante que el mismo Gobierno ecuatoriano, en su afán de vender una idea, ha usado una de sus composiciones para promocionar al país. 

John Lennon compuso también Revolution y la carga semántica de esa canción parece tener relevancia hoy.

El jingle es la canción pop llevada a lo básico: una melodía pegajosa para fijar mensajes en la mente de los consumidores. El pop es más que eso, evidentemente; sin embargo, al solo quedarnos con la perspectiva de enviar mensajes para ser consumidos, la música sufre. El jingle debe ser trabajado con más atención, con más tiempo, con detenimiento. Debe ser analizado en grupos focales, considerado en todas sus posibles interpretaciones, con sus aciertos y debilidades. El jingle no solo debe ajustarse a una idea y a un tiempo determinados, también debe cumplir su objetivo con la efectividad de un francotirador. 

Si esta fuera una dictadura fracasa porque se extiende más de la cuenta y repite las mismas ideas una y otra vez: 

“Recuperamos la autoestima (…)” es lo mismo que decir “Recuperamos el orgullo de sentirse ecuatorianos”.

“Veo escuelas por todas partes (…) es igual a decir “La dictadura del progreso y de la educación” (bueno, “dictadura” será siempre una pésima palabra).

También se equivoca al ser un compendio de las frases hechas que ya son lugar común de este proceso político:

“Avanzamos, somos patria”, “sueño de Alfaro”, “recuperamos la esperanza que nos estaban robando”, “por todas partes se respira aire revolucionario”…

Y los lugares comunes no podrían ofrecer nunca lecturas novedosas. Algo que este jingle intenta para quitar el sentido negativo de una palabra que algunas personas han ligado con el régimen.

Líricamente, el tema es horrible. La métrica de muchos de sus versos impide que pueda ser cantado. Los primeros son los peores:

“Si esto es una dictadura / nos estuvieron engañando / hasta hace poco yo creía que un dictador era un tirano”.

Demasiadas sílabas con un beat rápido que solo consiguen matar una melodía. El “hasta hace poco yo creía” no es melódico, destruye la idea de armonía que una canción pop debe tener, y fuerza el resultado. Para este tipo de proyectos la melodía no puede ser tratada con tanta impunidad. 

Alguien dijo que así debía salir la canción y salió. No importó el resultado, solo importaba la inmediatez de un mensaje mal construido en lo verbal. La catástrofe es mayor si sumamos la contradictoria idea de que si esto se define como dictadura es porque el corazón lo está dictando (“les está dictando”, repiten con pésima redacción muchas veces) ¿A quién le dicta? ¿A las autoridades? Entonces, ¿hay un reconocimiento implícito de que esta es una dictadura? Y si el corazón dicta esto a los opositores (porque el texto da a entender que son los contrarios al régimen lo que ven a esto como dictadura), ¿por qué hacer una canción que reafirme aquello desde un torpe uso de significados?

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La música, fielmente pop, con el aderezo de paso de Re mayor a re menor en la parte más sentida y lograda de la canción (“Si esto es una dictaduraaaaaa…”), busca algo. El uso de un fa sostenido menor da el dramatismo que esto necesita. La canción está en La mayor y así trata de sostener una melodía que pudiera ser cantada por cualquiera. Pero no hay melodía. La letra mata la música, la simbiosis entre ambas no existe, no hay un alimento posible para el alma. La letra es ese discurso sin fondo que somete a la música. Como canción de iglesia. 

Pero al menos, en las canciones de iglesia hay un conocimiento natural de que la alabanza también debe ser una buena melodía.

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Incluso en su acepción menos violenta, la palabra dictadura involucra imposición: “Predominio, fuerza dominante”. 

Si un corazón dicta eso, es un corazón con poca nobleza.

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A veces pienso que la gente que se dedica a la publicidad comete el error de suponer que sabe todo, que entiende todo, que conoce todo. Que sabe lo que los demás quieren, y que pueden convencer a alguien de que a través de ese conocimiento conseguirá que un producto o idea se convierta en algo vital para la humanidad. Don Drapers everywhere.

Pero al menos Draper te vende ideas que hablan de deseos humanos. El deseo de un buen país es un deseo noble, desde luego. Pero el deseo de estar por encima del lenguaje y alterarlo –porque el poder cree que puede hacerlo– es terrorífico. Es una señal más de que no hay nada por encima de ese poder, ni siquiera las convenciones sociales que nos sostienen.