Rafael Correa se ha ido y en su despedida también han posesionado a un Presidente

• Mayo 29, 2017 •

En el acto inaugural de la presidencia de Lenín Moreno, la atención, las palabras y el centro del escenario fueron para el Presidente saliente que no ha podido —o querido— evitar ocupar un lugar central del evento; aun dejando a su sucesor en segundo plano la mañana del 24 de mayo de 2017, cuando Correa, líder carismático y confrontativo, pasó a formar parte del pasado político del país —no sin antes dar hacer una gran salida.

Fotografía cortesía de la Presidencia de la República del Ecuador

El 24 de mayo se posesionó Lenín Moreno como nuevo presidente del Ecuador, pero fue Rafael Correa —su antecesor que llevaba diez años en el poder— quien se llevó el show.  Llegó a la Asamblea Nacional —el legislativo ecuatoriano, donde por Ley y tradición se posesionan los presidentes—  luego de hacer un recorrido en un jeep verde olivo descapotado, escoltado por su seguridad y la guardia de honor de los Granaderos de Tarqui a caballo. Aproximadamente diez minutos antes había llegado Lenín Moreno con su esposa, Rocío González. Llegó puntualísimo, a las diez, ni un minuto antes, ni uno después.

El centro de atención vestía un traje azul marino con una camisa blanca de bordados étnicos —un look que inventó y convirtió en su marca personal. Sobre el torso le cruzaba la banda presidencial, convertida en objeto de noticia veinte días antes cuando Correa decidió que se la llevaría a casa.

Diez años antes, el 12 de febrero de 2007, apenas un mes después de ser posesionado como Presidente de la República, intentando desmarcarse de sus predecesores, Correa firmó un Decreto que impedía que los presidentes se quedaran con la banda tricolor. Debía pasar, decía hace una década un joven, delgado y sonriente Rafael Correa, de Presidente a Presidente. Su único dueño era el pueblo ecuatoriano. Pero la orden no pudo aplicarse jamás: entre 2007 y 2017, él fue el único Presidente que tuvo el país, y llegado el momento de devolverla se desdijo. A Moreno, el hombre al que Correa le quitaba el protagonismo, hubo que confeccionarle una banda presidencial nueva.

Fotografía de Agencia Andes bajo licencia CC BY-SA 2.0

Era un día distinto en Quito. Hacía demasiado tiempo que el Ecuador no veía el acto simbólico de que el poder pase de manos, aún cuando Moreno es del mismo partido de Correa. A la entrada de la Asamblea, flanqueada por cadetes de la Escuela Militar Eloy Alfaro, estaba una alfombra roja sobre la que caminarían las más altas dignidades de la política nacional y latinoamericana. A la izquierda, había un paso más discreto, para personajes menos importantes: el flamante Fiscal General de la Nación y ex asesor del presidente Correa, Patricio Baca Mancheno, el Superintendente de Control de Poder de Mercado, el siempre díscolo Pedro Páez, o el Secretario Jurídico de la Presidencia, el siempre sinuoso Alexis Mera.

Cuando su jeep se detuvo, Correa se bajó sonriente. Parecía encantado de disfrutar de la atención de cámaras y celulares. Era la última vez que entraba como Presidente a la Asamblea, y el gustillo le disimulaba la descomposición física: tenía fiebre, deshidratación y escalofríos. Allí se encontró con su esposa, Anne Malherbe, la profesora de educación física belga que se negó a cumplir el rol tradicional de la Primera Dama de la Nación. Discreta como toda la década, con un pantalón oscuro, una blusa blanca y una chaqueta beige, Malherbe evitaba mirar al frente, ladeaba la cabeza hacia su izquierda, incómoda. En diez años jamás participó en la tumultuosa política nacional, ni se involucró en ningún asunto de Estado.

De sus pocas apariciones públicas, apenas dos son memorables: cuando acompañó a su marido durante la visita del papa Francisco en 2015 y, hace unos pocos meses cuando fue duramente criticada por salir a un plantón en 2017 para respaldar a un profesor del colegio privado La Condamine acusado de violación a un niño de cuatro años. En ese colegio (en el que, también, estudiaron sus tres hijos Anne Dominique, Sofía y Miguel), Anne Malherbe daba clases mientras su marido daba órdenes en el país.

Fotografía de Agencia Andes bajo licencia CC BY-SA 2.0

Correa entró con ella y con su hijo menor, que tenía apenas cuatro años cuando llegó por primera vez a Carondelet. La mañana en que su padre dejó el poder, era ya un adolescente: iba de traje azul, camisa blanca y tenis oscuros. Detrás de ellos, un cerco de una decena de hombres de seguridad pisó la alfombra. Correa se detuvo para saludar a alguien, su esposa se quedó un poco rezagada, mirando como si diez años no la hubiesen acostumbrado a las luces de la vida pública. Correa regresó por ella, la tomó de la mano y enrumbaron otra vez hacia el destino, mientras en las tarimas de prensa, los reporteros se amontonaban para lograr una toma. Era una imagen recurrente de los años recientes: el presidente Correa iba y un enjambre de periodistas intentaba seguirlo mientras su seguridad lo mantenía cercado.

En el cielo del 24 de mayo de 2017 no había un avión, ni un pájaro: apenas un dron de la transmisión oficial sobrevolaba la alfombra roja, sobre la que solo dos camarógrafos tenían permiso para estar. Llevaban chalecos azules con un bordado de las palabras TC Televisión, uno de los canales que el gobierno que ese día terminaba había incautado  a los hermanos Isaías, exbanqueros y requeridos por la justicia del Ecuador. El medio, por definición técnica incautado, y estatal propagandísticos por su línea editorial, era el único que lograría las tomas más cercanas. El Estado y sus privilegios.

Al final de la alfombra roja, a Correa lo recibió alguien que ha hecho historia: la coronel Margarita Pereira, primera mujer en ocupar la jefatura de la Escolta Legislativa. Más adelante, lo esperaban su exministro y hoy Presidente de la Asamblea, José Serrano. La toma de la transmisión oficial mostraba a un Correa de ojos entrecerrados y mirada vidriosa, labios apretados y una media sonrisa. La escena parecía planeada para que tenga el aire de los finales épicos, de los momentos que escriben la historia: Correa extendiendo la mano para tocar a una multitud que lo aplaudía. En el fondo, la canción de la banda sonora de la autoproclamada Revolución Ciudadana que en todo acto público daba noticia de la llegada presidencial: Patria, Tierra Sagrada.

Fotografía de Iván Ulchur-Rota para GkillCity.com

Entre aplausos y sonrisas, otros asambleístas y miembros de Alianza País, su partido, lo saludaban y lo felicitaban; en el medio, su esposa e hijo se quedaron quietos, sin saber hacia dónde ir. Finalmente, el cuadro se movió tanto que desaparecieron de la escena.

Correa siguió repartiendo abrazos. A la esposa y a los hijos de su vicepresidente, el cuestionado Jorge Glas, a su hermana Pierina, a su madre, Norma Delgado, a Rocío González, la nueva primera dama, a las hijas y yernos de la flamante pareja presidencial. A Juan Manuel Santos, Presidente de Colombia, Correa le dio un abrazo efusivo. Con Evo Morales, Presidente de Bolivia, Correa habló un poco más largo que con los demás, una conversación que ningún micrófono alcanzó a captar para eterna memoria. Evo se rió y le levantó el pulgar en señal de aprobación, se puso el índice sobre los labios, como quien promete guardar un secreto. El tiempo en que América Latina era un jardín de especies bolivarianas ya no existe. Y de su camada original y triunfal solo queda ya en el panorama regional el presidente boliviano. El venezolano Nicolás Maduro, que canceló su viaje a la posesión de Moreno a última hora, es desde hace tiempo una flor muerta que se niega a reconocerlo.

Jorge Glas, el vicepresidente reelecto, entra a la Asamblea Nacional. Fotografía de Iván Ulchur-Rota para GkillCity.com

Después de saludar con la moderada socialista presidenta de Chile, Michelle Bachelet, otra mujer abrazó a Correa con fuerza. Era Viviana Bonilla, segunda Vicepresidenta de la Asamblea Nacional. Las pestañas postizas resaltaban la mirada de admiración. Y después de ella, el problemático y leal, Jorge Glas, vicepresidente reelecto, un personaje cuestionado: uno de sus excolaboradores fue acusado de pedir dinero a cambio de concesiones radiales, y un ex Ministro de Hidrocarburos, hoy prófugo de la justicia, lo ha acusado de estar al tanto de todo cuanto sucedía en la compañía estatal petrolera, PetroEcuador, involucrada en casos de corrupción destapados por la investigación periodística de los Panama Papers. Pero esa mañana no daba para malos recuerdos y espantaba a los malos augurios: seguían siendo gobierno.

A ratos costaba recordar que estábamos ahí para cubrir la posesión del nuevo Presidente. Parecía, en realidad, la despedida prolongada del anterior. Y ya sabemos: el que mucho se despide, pocas ganas tiene de irse.

***

Esa despedida, aunque inminente, se prolongó iniciada ya la ceremonia del traspaso de mando. Cuando Serrano, el presidente de la Asamblea, subió al podio lo primero que hizo fue “Saludar la presencia del compañero presidente Rafael Correa Delgado que está junto a su pueblo”. El pleno estalló en aplausos, Correa se levantó de su silla, saludó con su mano derecha en un movimiento melancólico, luego se la puso en el corazón, hizo un gesto de gratitud con la cabeza, volvió a alzar la mano, luego alzó su izquierda y los pulgares en aprobación. Cuando hizo la señal de la victoria, el público en el pleno —su público— se levantó en ovación: como muchos (aunque cada vez menos) en el Ecuador creían que a Correa hay que reconocerlo de pie. El presidente saliente se quebró y lloró un par de lágrimas de nostalgia y resignación, mientras un coro de partidarios cantaba “Rafael, Rafael, Rafael”. 

Serrano dejó a las barras a sus anchas. Luego siguió: “Usted Presidente que está junto a su pueblo para darle la bienvenida a las nuevas autoridades electas para el período 2017-2021: el compañero presidente Lenín Moreno Garcés y el compañero vicepresidente Jorge Glas Espinel”. Correa, se levantó, y viendo a su sucesor, comenzó a aplaudir. Y con su venia, la barra cambió de coro: “Lenín, Lenín”.

Cuando Serrano terminó su discurso de rigor, una presentación musical destemplada le quitó el aire épico al evento. Pero se seguía tratando de Correa. La canción decía en su coro “Aunque te vas nunca te voy a olvidar”. Y mientras los instrumentos eran sacrificados, la toma oficial ponía en primer plano el rostro presidencial.

No era la cara del hombre que se posesionó hacía cuatro mil días.  Las arrugas, las ojeras, las cejas invadidas por unas canas, la calvicie que le penetra el cráneo, los ojos vidriosos, la mirada un poco perdida, la mano arrimaba a la barbilla—. Si hay algo en lo que el Ecuador está de acuerdo —y no hay muchos temas en que eso suceda— es que Rafael Correa está agotado.

Mientras el presidente se secaba las lágrimas, en la sala de prensa, algunos comunicadores y mandos medios gubernamentales lloraban con él. Una señora vestida de negro luctuoso, en la fila para tomar café, tomó una servilleta y se secó las lágrimas.

De vuelta en el pleno, algunos asistentes también conmovidos aplaudían. Todo se trataba, aún, sobre Correa. En las semanas anteriores fue igual: qué dirá, con quién irá, a dónde saldrá, cómo reaccionará. El nuevo presidente, Lenín Moreno está en segundo plano. El esfuerzo de su gobierno incluirá, también, la reducción de la figura de Rafael Correa hasta proporciones en que no le resulten incómodas.

Durante casi una hora, la posesión de Lenín Moreno fue una despedida para Rafael Correa. Cuando terminaron la música y los aplausos y las lágimas y el aún por unos segundos más presidente Correa se compusieron, la Secretaria de la Asamblea, Libia Fernanda Rivas Ordóñez, anunció la entrega del último Informe a la Nación de Rafael Vicente Correa Delgado, economista guayaquileño de cincuenta y cuatro años que gobernó con obras materiales y mano dura al Ecuador desde el 15 de enero de 2007 al 24 de mayo de 2017.

Alexis Mera, el Secretario Jurídico de la Presidencia, subió al estrado y se lo entregó a Correa. Era una especie de cuaderno, que Correa recibió y entregó  a Serrano. Se estrecharon la mano y Correa mostró su expresión más solemne. Otra vez, fue aplaudido de pie. La Secretaria de la Asamblea leyó la carta que acompañaba al documento de 211 páginas.

***

Eran las once en punto de la mañana. La Secretaria de la Asamblea anunció la toma de juramento al nuevo Presidente. Por primera vez —quizá por primera vez en diez años— Correa observaba en segundo plano. Lo que ocurría era ajeno a él. Hay niños y adolescentes que no conocen otro presidente, otra personalidad gobernante, otro estilo de mando. Fue una década de victorias personales: dos reelecciones, consultas populares ganadas, altos niveles de aceptación. Diez años de ejercer poder sin recordar lo que significa no tenerlo. Allí, frente a su reemplazo, esa idea que parecía lejana, finalmente se materializaría: faltaban minutos para que Rafael Correa dejase de ser el Presidente del Ecuador.

Lenín Moreno fue posesionado: dio el juramento de rigor y firmó el decreto mediante el que asumió la presidencia. Detrás, un hombre se acercó a Correa, le susurró  algo al oído y le tocó el hombro, y se quedó unos minutos moviendo los dedos —como quien zafa un broche— sobre su banda presidencial. La voz monótona de la Secretaria anunció el siguiente acto: la imposición de la banda presidencial a Moreno. Por primera vez en diez años, Rafael Correa fue llamado ex Presidente de la República. Su período oficialmente terminó.

Lo primero que hizo como expresidente fue caminar al centro del escenario, donde lo esperaba Lenín Moreno. De pie, frente a él, se sacó la banda con una expresión de solvencia, titubeó por un instante antes de entregársela a José Serrano. La banda que hace diez años Correa ordenó que se quedara para ser traspasada a su sucesor, se fue con él a casa, guardada en una caja que parecía un ataúd.

La encargada del protocolo de la Asamblea extendió la banda que sería de Moreno y se la entregó a Serrano, que a su vez, se la pasó a Correa. Él, con un gesto de resignación miró hacia el público —o hacia la cámara— y se la puso al nuevo presidente. Se agachó, lo abrazó y le dijo otra frase alejada de los micrófonos. La imagen quedó para la posteridad: de pie, a la izquierda, el atlético, aparentemente incansable, explosivo Rafael Correa, ya sin título, ya sin banda. Sentado en su silla de ruedas, a la derecha, el conciliador, el moderado, el motivador, con su banda que lo acredita como nuevo Presidente de la República, Lenín Moreno. Al volver a sus sillas, el puesto central era para el nuevo Presidente. “Solo es un pequeño descanso, compañero Rafael” gritó algún entusiasta, y el fantasma de una candidatura de Correa en 2021 recorrió la Asamblea.

Fotografía cortesía de la Presidencia de la República del Ecuador

Los periodistas esperábamos, casi apostábamos, por una espontánea intervención de Rafael Correa que el programa no contemplaba. Él rompía protocolos —lo sabemos los periodistas, lo han dicho sus colaboradores—. Ha sido también un personaje que difícilmente se calló; siempre tuvo algo que decir, alguien a quién replicar, algo que rebatir. Confronta, responde, cuestiona, critica. Por eso nos tomó un poco por sorpresa cuando la Secretaria de la Asamblea anunció la salida del expresidente del palacio legislativo.

El ex. Sonó a pasado remoto. Él, líder carismático y confrontativo, pertenece a una línea de tiempo de otra época. Ya no daría órdenes, ya no haría sus sabatinas (algo que su sucesor, además, eliminaría de un plumazo), ya no imitaría a sus contrincantes, ya no insultaría a sus opositores, ya no abrazaría a sus fanáticos. Ya no sería —ya no es— el presente político del Ecuador.

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El economista Rafael Correa Delgado, como lo llamó la Secretaria, se levantó y abrazó a Lenín. Lo tomó de la cabeza, la puso contra su hombro, y se alejó un poco para, con las dos manos sosteniendo la izquierda de Moreno decirle algo. Luego levantaron sus brazos en un solo puño: era la señal de su victoria.

Correa se fue pero su proyecto, Patria Altiva I Soberana, PAIS, se quedó. Correa se despidió. En su camino hacia la salida, se le acercaron varias personas con teléfonos celulares, todos querían sacarse la primera selfie que el hombre se tomaría como expresidente. Avanzó, fiel a él mismo, sin negar un abrazo, una palmada, una sonrisa, unas palabras: todos recibieron algo de su líder. Se detuvo frente a la bandera del Ecuador para hacerle una venia reverencial y, por última vez, regresó a ver a su gente. Alzó la mano. Adiós.

Rafael Correa salió con su familia, con el mismo cerco de seguridad, con los mismos aplausos, y con todas las cámaras apuntándolo. Las pantallas gigantes lo mostraban, desde todos los ángulos, mientras seguridad lo rodeaba, intentando detener los empujones de quienes querían acercarse a él. Su esposa y su hijo adolescente —incómodo ya por la atención que cae sobre el padre— paraban cada tanto para que salude, se tome fotos, intercambie palabras. Ni Anne Malherbe ni Miguel —Miguelito se acostumbró el país a llamarlo— sonreían. Era evidente que estos diez años han vivido alejados de la parafernalia que ha rodeado al Presidente y que nunca sabrán qué hacer con tanta atención. Ya cuando los últimos honores le fueron rendidos a su papá, Miguelito  tenía la mirada perdida y los labios mordidos de los adolescentes en los compromisos de los adultos.

Fotografía de Agencia Andes bajo licencia CC BY-SA 2.0

Habían pasado más de diez minutos desde que Correa empezó a despedirse. En el monitor de la sala de prensa —y en las de los televidentes— era  Rafael en su despedida. El nuevo presidente no aparecía en pantalla. El acto de traspaso de mando, por el que todos estábamos en la Asamblea, debía esperar.

Lenín Moreno también esperaba, allá arriba, tras el telón que se abrió para Correa, estrella del show. En el día más importante de su carrera política, Moreno era un personaje secundario, siempre opacado por la fuerza mediática del líder que lo dejó como heredero. Rafael se va —por ahora— como llegó: acaparando la escena política local.