La pésima idea de convertir a Galápagos en Cancún

• Junio 29, 2015 •

¿Por qué transformar el laboratorio natural más importante del mundo en un megadestino turístico?

Setenta y un pobladores de Floreana —una de las cuatro islas habitadas de las Galápagos— sienten que perdieron cuatro años de su vida. Durante ese tiempo, elaboraron un plan de turismo comunitario. Recibieron el apoyo del Ministerio de Turismo: capacitaciones —como una de manejo de alimentos— y un viaje pagado hasta Ibarra para asistir a un encuentro sobre el tema. En diciembre del 2014 completaron los requisitos ministeriales —permisos, resoluciones, declaraciones de activos, inventarios— pero en enero del 2015, se les negó esa clasificación bajo el argumento de que Floreana no puede practicar este tipo de turismo porque no es una tierra ancestral, ni sus pobladores tienen antepasados ahí. Max Freire, presidente de la Junta Parroquial de Floreana, y los miembros de la comunidad, pidieron que se reconsidere la decisión. Pero a mediados de junio dejaron de insistir: vieron que la nueva Ley Especial para el Régimen de Galápagos ni siquiera menciona al turismo comunitario. “Nos borraron completamente, lo que parecía una idea casi concreta, se esfumó”, lamenta Freire. Las intenciones de la legislación, parecen apuntar a lo contrario: grandes inversionistas —extranjeros o nacionales—, construir hoteles de lujo —ya hay una propuesta de un mega alojamiento con una cancha de golf— y aumentar exponencialmente el flujo de turistas. O convertir a Galápagos en Cancún.

En 1974 empezaron a funcionar los primeros nueve hoteles de Cancún, México. Desde esa época se concibió a la ciudad como una zona sin áreas residenciales permanentes, con un concepto de corredor turístico, y con un aeropuerto. En cuarenta años, su principal eje ha sido el crecimiento de turistas. Esta fórmula derivó a un concepto: la cancunización, que se usa para para describir un modelo estéril —desde el punto de vista cultural, histórico, patrimonial— que desplaza a las poblaciones locales, sin considerar la sostenibilidad de la actividad, con el objetivo de aumentar el turismo. Es decir, el turismo sobre todo lo demás. O cuando la cantidad de las visitas es mucho más importancia que su calidad.

La llegada de nuevos hoteles podría tener dos consecuencias principales: una ambiental —el impacto negativo por el aumento exponencial de turistas— y una social —la desventaja para los pobladores al no poder competir con los grandes proyectos—. Daniel Orellana, biólogo y autor de estudios sobre los impactos del turismo en el ambiente en el archipiélago, ha repetido que el aumento de turistas en Galápagos trae más problemas que beneficios . En resumen: más visitantes demandan más recursos, como la alimentación —en las islas, la pesca no puede ser agresiva porque alteraría el equilibrio del ecosistema—, consumen más agua —y las fuentes de agua en las cuatro islas siguen siendo incipientes—, causan más desechos —y generan más basura de la que ya hay, y se suma que no hay servicio de alcantarillado eficiente—. Galápagos no está preparada para recibir más visitas. Los pobladores lo sospechan. por eso —y otras razones—, protestan desde que se aprobó la ley el pasado 11 de junio.

Sus quejas ya llegaron hasta la Unesco. Un grupo de pobladores remitió una carta a la organización, pidiendo que se “envíe una delegación urgente a Galápagos para conversar con su comunidad, y esté vigilante en todo este proceso emprendido hasta que se elabore una Ley que realmente represente y precautele los intereses de las áreas protegidas del archipiélago, su biodiversidad y el bienestar de su población”. En el documento se especifican cuáles son las preocupaciones de esos habitantes: la inversión extranjera hotelera y el turismo con poco control. Estas ya fueron causas para que en 2007, la Unesco —que en 1978 declaró a Galápagos Patrimonio Natural de la Humanidad—   lo declarara en peligro. Con esfuerzos del Parque Nacional, se logró sacarlas de esa triste lista en el 2010. Galápagos es un ecosistema muy frágil. Atraer más turistas y más inversores parece obviar que cada turista que entra representa una amenaza a ese equilibrio.

El plan de construir grandes hoteles de lujo también altera el ecosistema social: pretende cambiar casi todo el esquema actual de hotelería. En las cuatro islas habitadas de Galápagos —Santa Cruz, San Cristóbal, Isabela y Floreana— hay ciento diez alojamientos, según el Observatorio de Turismo de Galápagos. Cuarenta y cinco son pensiones, veintiséis son hostales y solo ocho son hoteles de lujo. El resto se divide en apartamentos, hostales residencia, hosterías, campamentos y cabañas.

 

Es decir que la gran mayoría de oferta es para turistas de bajo o mediano presupuesto. Ahora, con la nueva ley, la construcción de nuevos hoteles o ampliación de los existentes será posible solo si cumplen el Plan de Regulación Hotelera, un documento que —según el artículo 72 de la Ley— deberá basarse en un estudio de capacidad de acogida del medio físico ambiental realizado por el Ministerio de Ambiente. Hasta que no se elaboren los dos documentos —el estudio y luego el plan—, los pobladores de Galápagos —que en su gran mayoría viven y dependen del turismo— tendrán que esperar. Mientras tanto, existen veinte proyectos hoteleros —con 542 habitaciones en total— que están autorizados para construir, y que generarán una inversión de cincuenta y ocho millones y medio de dólares. Algo de esto ya se supo el 31 de agosto de 2014, cuando la ministra de Turismo, Sandra Naranjo, tuitéo que se levantaba la moratoria para la construcción de nueva infraestructura de alojamientos turísticos en Galápagos. Por los reclamos de los ciudadanos en esa red social, tuvo que aclarar que la medida solo aplicaba para los veinte proyectos que se habían presentado —y aprobado— antes de julio de 2013. Este anuncio de la ministra, llegó con un comentario que revela, de nuevo, la intención de estos cambios:

El Gobierno quiere que Galápagos sea una potencia, El problema es que las potencias turísticas, como Cancún, reciben una cantidad descomunal de visitas: al balneario mexicano, solo en el 2013, llegaron poco más de 3,3 millones de turistas. Un flujo que las islas jamás podrían soportar.

Los esfuerzos para atraer extranjeros vienen de varios frentes. La promoción turística a nivel internacional —con el fin de traer más visitas al Ecuador— en 2014 aumentó exponencialmente con All you need is Ecuador: solo en la primera fase de la campaña se invirtieron 19 millones de dólares, en un comercial del SuperBowl casi tres millones, y el video y material promocional siempre se enfatiza al destino Galápagos. El gobierno quiere que el mundo conozca las islas.

Sofía Darquea es guía naturalista en Galápagos desde 1989 y dice que otro indicio que demuestra la intención de aumentar los turistas es la construcción del aeropuerto de Baltra, que empezó a funcionar en marzo del 2013. Reconoce que era una remodelación necesaria pero insiste en que no se justifica el tamaño para el número de turistas que ingresan al año: 215 mil (y casi la mitad entra por el otro aeropuerto, el de San Cristóbal). Darquea dice que esta intención también apareció en el 2014 con otra estrategia: el inventario turístico. “Está bien que se haga ordenamiento y se clasifique pero acá de repente fue ‘ah no, el estudio arroja que la oferta de hoteles está saturada y no tenemos oferta hotelera de lujo’ y enseguida se abrieron las inversiones extranjeras y a los pequeños se les prohibió ampliarse”. El plan de reorganizar el turismo en las islas ya ha ejecutado los primeros cambios.

Los guías turísticos también tendrán modificaciones que ya se revelan en en el borrador del Reglamento de Guías. Darquea, como miembro del gremio, dice que el cambio que más los afecta es permitir que guías del continente puedan acceder a trabajar en Galápagos. La Ley del 98 —la primera que se emitió para legislar el archipiélago— estipulaba que para ser guía o acceder a los cursos, el primer requisito era ser residente permanente, y no era necesario ser guía nacional. Ahora, el reglamento obliga primero a ser guía nacional —tener título profesional mínimo de nivel técnico superior, más un idioma extranjero— y luego obtener una certificación como Guía Nacional Especializado en Patrimonios Turísticos Naturales o Culturales. Si a esto se suma que la antigua ley hablaba de “privilegiar” la contratación de residentes permanentes, y en la nueva, la palabra se reemplazó por “de preferencia”, quienes tenían sus trabajos asegurados estarían en desigualdad de condiciones: tendrían que viajar al continente para capacitarse formalmente porque en las islas no hay dónde. “Todo esto cobra aún más sentido si lo que se pretende es masificar el turismo en Galápagos, abaratar costos, reducir los privilegios de los galapagueños y su participación en el nuevo modelo turístico”, dice Darquea. La nueva ley, en su intento de ofrecer “lo mejor” hace una depuración que afecta directamente a los galapagueños: los dueños de pequeños alojamientos —y todos los que trabajan para ellos— y los guías. Galápagos no necesitaba algo tan radical. Daniel Orellana dice que lo que se precisa es un modelo sostenido: beneficios justos para la comunidad local, preservación del entorno y corresponsabilidad del turista que exija un nivel de satisfacción alto. Si no, cree Orellana, las islas pueden terminar como Cancún.

Existen varias alternativas para generar ingresos por el turismo que no aumenten tanto el volumen de visitantes, ni pongan en riesgo al ecosistema. John Dunn —urbanista que ha desarrollado alternativas sustentables para las Galápagos— cree que una opción es fomentar el turismo científico. Con esta modalidad, llegarían más investigadores —cuidadosos y ambientalmente responsables— quienes se quedarían por tres, seis y hasta doce meses, y podrían dejar los mismos ingresos que un turista que vaya por una semana y cause un impacto negativo, porque no le importa tomar agua embotellada o botar la basura en la vereda.

Hay más opciones. El presidente de la Cámara de Turismo de Galápagos, Óscar Aguirre, ofrece otra: fortalecer y apoyar los proyectos existentes —de pequeñas inversiones—, como se hacía antes. Es decir, fomentar proyectos como el de Floreana, en lugar de asfixiar las iniciativas de bajos presupuestos. Esta idea ya la tuvo el presidente Correa: en una de sus visitas a las islas dijo que Galápagos podía replicar el modelo de Grecia, donde los pobladores adaptan un cuarto —con las comodidades necesarias— para recibir a turistas. Pero con esta ley y con la contestación que tuvo Freire —desde el Ministerio de Turismo sobre su proyecto— parece que se ha olvidado de su antigua propuesta.  La idea de lo comunitario quedará para otros destinos en Ecuador. De seguro, muy lejos de Galápagos.