Élite vs Populismo: la verdadera trampa del desarrollo

Aldo Salinas Aponte
• Agosto 1, 2016 •

¿Pueden la polarización y el conflicto construir un mejor país? 

En el Ecuador hemos caído en una trampa, que no sólo es política sino una trampa al desarrollo. Según los economistas Acemoglu, Robinson y Torvik (en Por qué los votantes desmantelan pesos y contrapesos institucionales  y Una teoría política del populismo), en las sociedades en las que hay una élite económica fuerte y organizada y la desigualdad es alta, un sistema de pesos y contrapesos institucionales incentiva a esa élite a sobornar a la clase política para obtener privilegios  sin necesidad de participar directamente del poder. El gobierno del expresidente ecuatoriano Lucio Gutiérrez —que ganó bajo una plataforma de izquierda y luego gobernó con una agenda de derecha— es un excelente ejemplo. En ese escenario, la mayoría de votantes se verán tentados a votar por una persona o grupo político que prometa evitar que la elite económica continúe comprando a la clase política, y para ello estarán dispuestos  a sacrificar  pesos y contrapesos institucionales y concentrar el poder en una persona o grupo político que priorice políticas redistributivas, que se consideran un bien valioso en una sociedad extremadamente desigual: quedan atrapados en el ciclo elite-populismo.

Si aceptamos que un sistema institucional de pesos y contrapesos es ideal, el populismo sería incompatible con ese objetivo, pues es notorio que no considera útil los contrapesos institucionales, que los ha identificado como funcionales a la élite. Por ejemplo, en un discurso del 2007 el presidente Correa dijo que se requería una nueva Constitución: “para sacar al país del bloqueo económico, político y social, en que las mafias que siempre lo han dominado, lo han condenado a este país… por supuesto todavía hay muchos poderes fácticos y los estamos viendo, son poderes que se creen dueños de regiones y del país, dueños de la verdad” Por otra parte, en sociedades desiguales con gran poder de la élite, el sistema institucional de pesos y contrapesos está condenado a fracasar, pues es funcional a la elite.  La sucretización de la deuda,  o el título de dueño del país por el que fue conocido León Febres Cordero hasta su muerte, reflejan  esa realidad. ¿Cómo podríamos salir de  la  trampa elite vs populismo? 

La solución teórica a esta paradoja  está en fortalecer la sociedad civil. Una sociedad civil fuerte implica una amplia red de individuos que comparten intereses u objetivos comunes y que se conectan  a  través de grupos o asociaciones cívicas, en donde priman relaciones horizontales de reciprocidad y cooperación. Idealmente, estas redes deben ser amplias y diversas, en donde los individuos tengan libertad de entrada y salida: la pertenencia o no al grupo no les genera un perjuicio o algún tipo de retaliación negativa. Las redes se mantienen unidas a través de normas como la confianza, la solidaridad y la reciprocidad. Mientras más redes cívicas existan es más difícil que estas puedan ser capturadas o lleguen a ser funcionales al poder político, y es más probable que surja un marco institucional plural e inclusivo.

¿Por qué no hemos generado este tipo de redes cívicas? 

Porque una sociedad civil fuerte y vibrante no es compatible con el sistema elite-populismo. Para que la élite pueda capturar las instituciones necesita ser fuerte y organizada, y a su vez no tener contrapesos, es decir, precisa una sociedad civil débil. Por su parte, el populismo, por su propia lógica, es vertical y considera útil y necesario ocupar la mayoría de los espacios de poder, con el objetivo de bloquear el poder de la élite, lo cual se contrapone a una sociedad civil fuerte que implica redes diversas. Por estas razones, es difícil que la formación de redes cívicas sea motivada e incentivada por un gobierno de la elite o populista, o, peor aún, es muy probable que incluso sea bloqueada desde el poder político. 

Además, y mucho más complejo que lo anterior,  las redes cívicas presuponen la presencia de una serie de normas, valores y rasgos culturales que deben estar presentes en la sociedad. Recordemos que las redes cívicas se basan en un elemento fundamental: la confianza en otras personas. El gráfico 1 ordena a un grupo heterogéneo de países de los que se dispone información desde World Value Survey, de menor a mayor nivel de confianza interpersonal  y de menor a mayor nivel de PIB per cápita. De acuerdo a la gráfica, Ecuador es uno de los países con más bajos niveles en el mundo: siete por ciento. Así mismo, en general los países con menores niveles de confianza presentan un PIB per cápita más bajo. Existe un excelente trabajo de  Knack & Keefer, que encuentran evidencia estadística que la confianza interpersonal genera crecimiento económico.

Confianza interpersonal vs ingreso per cápita en Ecuador

Cuando las sociedades disfrutan de altos niveles de confianza interpersonal tienden a participar en redes cívicas y prima un comportamiento cooperativo. En cambio, cuando las personas no confían entre sí, terminan cooperando sólo bajo la presencia de reglas establecidas, es decir, la cooperación se logra a través de medios legales y coercitivos. En estas sociedades surgen pocas  redes cívicas, puesto que las personas tienden a desconfiar de aquellas que se encuentren fuera de su red familiar y amistades cercanas. El resultado es la formación de redes familiares y personalistas, sin sentido de lo público, y de donde emergen el nepotismo y el clientelismo. Debo aclarar que  no se trata de cifras que demuestren un estado de ánimo coyuntural. Por el contrario, se trata de rasgos culturales persistentes en el tiempo: son causa, y no consecuencia, de nuestra realidad política y  económica actual.

El ejemplo del norte y el sur italiano puede servirnos de una útil referencia  de cómo las diferencias en el tipo de redes que han formado las dos sociedades los ha llevado a resultados económicos y políticos diversos. En un interesante libro denominado Para que la democracia funcione: las tradiciones cívicas en la Italia moderna, el sociólogo Robert Putman describe la vida cívica de ambas regiones. El autor encuentra que en el norte el tipo de redes que predominan son horizontales, sobre todo: clubes deportivos, culturales y de ocio, círculos literarios, bandas de música, clubes de caza, cooperativas, entre otras. En cambio, en el sur hay pocas asociaciones cívicas, y hay escasez de medios de comunicación locales. En lo que respecta a la vida política, los ciudadanos del sur  se relacionan con sus políticos pidiéndoles favores personales y, sobre todo, trabajo. En el norte, en cambio, las peticiones son grupales. La afiliación voluntaria a sindicatos es más alta en el norte que en el sur. En cuanto a afiliación política, ambas son activas, sin embargo, en el sur la relación es clientelista: en palabras del autor “debido a tanto politiqueo, los ciudadanos de las regiones menos cívicas se sienten explotados, alienados, impotentes”. En estas circunstancias la acción colectiva es funcional a los grupos políticos y no a los intereses de los ciudadanos. 

Las redes de carácter cívico idealmente deberían ser horizontales y no jerárquicas, a fin de evitar el autoritarismo y el clientelismo. No obstante, el psicólogo social  Geert Hofstede,  quien midió algunos rasgos culturales de distintas sociedades alrededor del mundo, incluido Ecuador, construyó el Índice de distancia jerárquica. Básicamente, mide las actitudes de una sociedad hacia la jerarquía: las culturas con alta distancia jerárquica valoran el respeto a la autoridad y a los representantes en el poder: el comportamiento autoritario está arraigado como un valor en la sociedad. Como se observa en la Gráfica 2, Ecuador es uno de los países con mayor distancia jerárquica en el mundo (índice de 80 sobre 100 puntos). Los países con mayor distancia jerárquica presentan un menor PIB per cápita, relación que fue estadísticamente confirmada por el propio Hofstede. El tipo de redes sociales  que surgen en  sociedades jerárquicas son mayoritariamente verticales, basadas en relaciones de autoridad y dependencia. Normalmente, en redes verticales, los individuos pertenecen a ellas mientras les son útiles a sus intereses: la desconfianza y el oportunismo son la norma, y muchas veces se forman con el único objetivo de captar beneficios o prebendas desde el poder político. En sociedades donde el sistema político es de elite-populismo, la sociedad civil existe en términos cuantitativos, pero es funcional a los grupos en —o detrás— del poder.

Distancia jerárquica vs confianza per cápita en Ecuador

Una serie de rasgos culturales limitan nuestras posibilidades de salir de la trampa elite-populismo. Lamentablemente, la cultura refleja pautas de comportamiento que están impregnadas en nuestras mentes y que  son muy difíciles de cambiar: las adquirimos principalmente durante la niñez, cuando las personas son más proclives a aprender y asimilar, fundamentalmente de sus padres y el  sistema educativo. A su vez, los orígenes de estos rasgos culturales se remontan a los tiempos de la Colonia que generó una estructura institucional burocrática y autoritaria, reflejo del régimen absolutista que gobernaba España. 

La estructura institucional que diseñaron los españoles para sus colonias tenía como objetivo extraer riqueza de sus  habitantes antes que generarla. Para ello diseñaron una sociedad basada en privilegios para una elite que obtenía sus rentas explotando a las mayorías. Esto fue configurando cierto tipo de rasgos culturales que actualmente están enraizados en nuestra vida diaria, donde priman relaciones de desconfianza, jerarquía y dependencia: hombre-mujer (machismo), padre-hijo (obediencia-autoritarismo), alumno-profesor (jerarquía), jefe-empleado (jerarquía), autoridades-ciudadanos (primacía del poder sobre el derecho), blancos-mestizos-indígenas (racismo). Y son estos rasgos culturales los que permiten sostener un sistema elite-populismo y bloquean el surgimiento de redes cívicas horizontales.

Podemos obtener algunas reflexiones de todo lo dicho. Primero, la historia importa: queramos o no somos dependientes de ella a través de nuestra cultura, que a su vez se refleja en las instituciones que construimos. Segundo, el sistema elite-populismo termina envolviéndonos en un círculo vicioso, pues refuerza esos rasgos culturales. La élite, con su tendencia a la exclusión, genera desigualdad, que a su vez se refleja en instituciones excluyentes y en desconfianza social. El populismo, con su tendencia a la centralización, refuerza el autoritarismo y el conflicto. Tercero, modificar costumbres, tradiciones y normas de comportamiento es un proceso lento, pero esta realidad, más que trasmitirnos desesperanza, debe ayudarnos a ser más realistas y pragmáticos, y a evitar las utopías que terminan en frustración. 

Uno de los grandes retos como país debería ser construir una sociedad civil fuerte y diversa, que nos prevenga de entrar en la trampa elite-populismo. Por ejemplo, los logros que el populismo ha alcanzado en disminuir la desigualdad, y haber promovido la inclusión material de sectores tradicionalmente excluidos, pueden ser un buen punto de partida para canalizar esas nuevas energías sociales hacia la cooperación y no hacia el conflicto y la polarización.