El verbo se hizo gato

Catpura de pantalla anuncio Amazon a 4pelagatos
• Febrero 22, 2016 •

La Secom pasará, pero el periodismo quedará. 

Captura de pantalla del comunicado enviado por Amazon al portal 4pelagatos.

Hay que dejar algo claro: las fotografías que el gobierno del Ecuador publica en redes sociales son de todos los ecuatorianos. No tiene sentido alguno que estén marcadas con la máxima protección que da el copyright mundial: todos los derechos reservados. El símbolo de una c dentro de un círculo ha sido —por décadas— el epítome de la propiedad privada. Es curioso que un gobierno que, a pesar de todo, insiste en llamarse de izquierda recurra a la forma más conspicua de la propiedad privada para etiquetar bienes públicos. Eso es algo que no resiste ningún análisis. Es un despropósito por donde se lo mire. Pero, ¿es un robo? 

La telenovela de las fotos de la Presidencia protagonizada por 4pelagatos y la Secretaría Nacional de Comunicación (Secom) es un retrato de nuestra aldea. Pinta a un gobierno que —como lo dijo uno de sus propios intelectuales, tal vez el más lúcido de ellos— no entiende el derecho a la libertad de expresión, pero también pinta a un periodismo que confunde la irreverencia con la imprecisión, la independencia con la estridencia. El titular de 4pelagatos —un sitio mordaz y necesario— con el que nos enteramos de que el gobierno tiene marcada todas las fotos de la Presidencia como de su absoluta propiedad privada era El gobierno se está robando bienes públicos. ¿Se está robando el gobierno bienes públicos? ¿Encargar hacer una foto, subirla a Internet y marcarla que todos sus derechos están reservados —y por ende prohibir su reproducción, difusión— es robárselas?

Alguien podría decir que es una licencia literaria. Que es, en cierto modo, apropiarse de algo que en estricto sentido no le pertenece al gobierno, sino a todos nosotros. Pero la verdad es que ninguna de esas fotos las encargamos nosotros más allá de alguna lectura implícita del deber de los empleados públicos de informarnos qué están haciendo. Son nuestras porque, en un sentido amplio, todo bien público es de todos: nadie podría (bueno, aparte del municipio de Guayaquil) negar la entrada a un parque o a una plaza pública. Lo mismo sucede con estas fotografías: a nadie le debería estar vedado su uso —salvo tal vez los usos comerciales—, por lo que su licencia correcta sería De Atribución No-comercial 2.0 genérica (CC BY NC 2.0). La medida del gobierno sobre sus fotos es absurda al punto de que basta un ejemplo sencillo para demostrarlo: un niño de escuela haciendo su tarea no podría utilizarlas, salvo que reciba una autorización expresa y escrita de la Secom. Ese es el punto del despropósito, pero de nuevo ¿es eso un robo? 

El periodismo es un oficio de precisión. Hace unos años, el Municipio de Guayaquil restringía la entrada al Malecón 2000 con un letrero de Se reserva el derecho de admisión, que es el equivalente a dibujarle una c-dentro-de-un-círculo grandota al espacio público porteño. Con esa excusa, sus guardias no permitían que entraran desde punkeros hasta parejas homosexuales. Era una privatización del espacio privado, clarísima, inconstitucional y —sobre todo— inhumana pero ¿se estaban robando el Malecón esos guardias y los funcionarios municipales? A nadie se le ocurrió titular así, o llamarlo de esa forma, más allá de alguna conversación de sobremesa. Pero el periodismo debe ser la sobremesa sin los acaloramientos, sin las inexactitudes. 

Entonces es cuando entramos en terreno pantanoso. Ya está clarito que al gobierno del Ecuador es más fácil provocarlo que a un adolescente pendenciero, pero la pregunta es ¿a qué costo? Que está mal, está mal: es una privatización discrecional de bienes públicos en un gobierno que ha tenido la osadía y la contradicción de marcar constitucionalmente a la información como un bien público pero, en Flickr, declararlo privadísimo. No es un robo. Es una cosa más grave: una declaración de incoherencias, una clarísima muestra de una falta de conceptos, un retrato de la acomodaticia naturaleza que el poder prolongado provoca hasta en aquellos que alguna vez se creyeron intelectuales. Pero los periodistas, si quieren ser serios, no pueden caer en eso. No puede ser un juego de dar y recibir de inmediato, de dos barrabravas enfrentados. Se trata de convertir la riña callejera en una discusión de argumentos, no de desabotonarse la camisa para entrar a darnos de golpes, todos. 

No soy la única a la que estas cosas la inquietan. Uno de los columnistas más claros que tiene el Ecuador, Iván Sandoval, lo decía en su columna dominical en El Universo: “Ahora están ante la temporalidad del correísmo, la instantánea, la del reflejo rotuliano, la del ‘toma y daca’ inmediato” —qué claro que es semana a semana este señor— “sus analistas críticos podrían sentirse presionados para responder a ella con la misma frecuencia, en un juego donde nadie puede ganarle al inagotable automatismo verbal correísta”. Y enseguida les recordaba que hay tres momentos en la aproximación a todo hechos —el instante de la mirada, el tiempo para comprender y el momento de concluir— y que, en la vorágine mediática en que se han  metido, “en este ping-pong gobiernista que prioriza la reacción por encima del análisis, los pelagatos en cuestión se arriesgan a sacrificar el tiempo necesario para comprender”. Los pelagatos —tipos lúcidos y experimentados— corren el riesgo de caer, como están cayendo, en una trampa creada por ellos mismos, como el gobierno cayó en la trampa que él mismo construyó. 

Porque hay que decirlo: sin el gobierno de Rafael Correa y su inexorable vocación por querer  controlar la narrativa mediática no habría 4pelagatos. Martín Pallares seguiría escribiendo en El Comercio, Hernández seguiría en El Expreso y Aguilar escribiendo crónicas en diferentes medios. Lo más divertido de todo: Crudo Ecuador seguiría haciendo memes en ¡Facebook! Pero fue la asfixia de la garra reguladora la que los expulsó de esos centros mediáticos, como queriendo resolver esto como si fuese el siglo pasado, sin contar que vivimos en una época en que —salvo que uno quiera convertirse en Corea del Norte— el acceso al conocimiento y a canales de información alternativos es imposible de bloquear. 4pelagatos es un hijo de Rafael Correa: hasta él mismo los bautizó. 

No hay que malinterpretar lo que digo aquí: 4pelagatos es un medio necesario. Primero, porque responde a la voluntad de sus cuatro fundadores, y no a algún poder financiero, político o eclesiástico. Seguramente tienen financiamiento de organismos extranjeros, pero solo en la mente paranoica de militantes de guerras frías extintas podría pensarse que está pensado como un ejercicio desestabilizador del gobierno de Correa (que se ha desestabilizado solito). En segundo lugar, 4pelagatos hace lo que muchos medios intentan camuflar: una declaración de sus convicciones políticas. Ese es un acto de honestidad y sinceridad invaluable en el país de los eufemismos que es el Ecuador. Por otra parte, sin 4pelagatos no nos habríamos enterado del monopolio mediático que un fantasmagórico empresario  centroamericano se forja, en silencio y con la anuencia de algunos funcionarios estatales, en el Ecuador. Pero es por eso mismo que 4pelagatos tiene que cuidar no su tono, que es irreverente y que debe mantener, por necesario, pero sí su precisión. 

Ese es el desafío. El gobierno no se está robando las fotos. Las está privatizando a conveniencia. Es el reflejo de un estilo de hacer política electoral y política pública. Tampoco Apple ha mandado con “viento fresco a la Corte”, como publicó el portal a propósito de la renuencia del gigante tecnológico de cumplir con una orden judicial de desbloquear el iPhone de una de las atacantes de San Bernardino, sino que anuncia algo mucho más grande: plantea dar una batalla legal que seguramente marcará nuestra vida de aquí al fin del mundo. Pero, lo primero que hace Apple en su comunicado, es declarar su apego al sistema legal, el respeto a las órdenes judiciales y detalla, con mucha calma y claridad, por qué esa orden judicial es peligrosa. 

Y, ya menos grave pero igual de impreciso, La Guerra no tiene rostro de mujer de la Nobel de Literatura 2015, Svetlana Alexiévich, no es una novela y su premisa principal no es la de desmontar “verdades oficiales”, sino contar una guerra (la segunda mundial) no contada: la de las mujeres en el frente. Que la desmitificación de La Gran Victoria sea el efecto casi lógico de esos relatos de mujeres nunca antes conocidos es una consecuencia, pero desde el inicio queda claro que no es la intención de Alexiévich que, desde el inicio del libro, deja claro que la mueve la necesidad de narrar la historia, con minúscula, de las mujeres en el frente. “La guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio. Tiene sus propias palabras. En esta guerra no hay héroes ni hazañas increíbles, tan solo seres humanos involucrados en una tarea inhumana” dice muy temprano en su obra la periodista bielorrusa. De hecho, la virtud principal del libro es la capacidad de transmitir los momentos horrendos, tiernos, brutales, conmovedores sin matices ni lecturas de pedestal. En la noticia de Apple y en la reseña del libro de Alexiévich el fraseo épico, grandilocuente de 4pelagatos no refleja esas historias, sino que plantea una —a momentos incluso— forzada confrontación con el poder. Sucede lo mismo con los titulares de las fotografías (donde, a diferencia, la confrontación no es forzada, sino hasta necesaria). 

El gobierno, tan hormonal, ha caído, redondo, en la provocación. Utilizar las fotos de la Presidencia es una jugada válida para mostrar las costuras de una administración que se dice —y hasta se cree— de vanguardia pero, en realidad, es muy del siglo pasado. Sin embargo, el costo de la manera en que nos están reportando la noticia, podría ser demasiado alto. ¿Por qué? Porque el verdadero propósito no es lograr la indignación ciudadana, sino que las cosas cambien. Más allá de la indignación (justa) que nos causa, lo que debemos perseguir es que las fotos cambien de licencia. Que se corrija eso. Y, además, y sobre todo: porque la Secom, este gobierno y —aunque algunos no lo crean— Rafael Correa son temporales. Pasarán. Pero el periodismo quedará para siempre. Y eso es lo que hay que tener en cuenta.