El índice Trump

• Septiembre 21, 2015 •

¿Qué nos dice el dedo acusador del multimillonario candidato para la presidencia de EEUU?

Fotografía  de Gage Skidmore, bajo licencia creative commons BY-NC-SA 2.0. Sin cambios

En 2011, en un episodio de The Apprentice, Donald Trump sentó a tres hombres y una mujer para que hablen de la mayor derrota de la historia del programa que el magnate conducía en la cadena NBC: los cuatro habían sido incapaces de vender una sola pieza de un producto que en Estados Unidos sale como pan caliente —armas. Trump los dejó pelear con saña, interviniendo en ocasiones para salar las llagas. Al final, después de cuestionar el desempeño general, miró a los cuatro ejecutivos y los despidió. A todos.
 
Cuando se enfervoriza, los labios de Trump se contraen en una O tensa, como la boca de un pez desesperado por respirar, pero en aquella ocasión su desinterés fue monárquico. Sus manos nunca salieron del reposo en el regazo del esmoquin y la voz no subió un tono. Sobre los créditos del show, mientras los cuatro expulsados se exprimían para entrar en el asiento trasero de un taxi, la cámara mostró a un Trump taciturno:
 
—La vida —dijo— continúa.
 
Donald Trump es un showman, un empresario listo y agresivo y también un pelele. Su candidatura es entretenimiento espectacular sostenido por frases provocadoras diseñadas para la primera plana de los periódicos. Su discurso revienta de anécdotas personales donde él siempre es bueno y gana y los demás son malos y pierden. De su boca de pez salen diatribas como bombas mientras su cuerpo acompaña el espectáculo, apropiadamente, con movimientos teatrales. Trump no puede dejar quietos ni brazos ni manos cuando quiere marcar un punto. En The Apprentice despedía a los apestados con su gesto favorito, señalar con el dedo.
 
La expulsión del periodista Jorge Ramos de la conferencia de prensa en Dubuque, Iowa, no tuvo dedo. Como en la salida de los ejecutivos sin balas, Trump mantuvo los brazos quietos y envió a su asiento al conductor de noticieros con un par de rebuznos autoritarios. “Vuélvete a Univisión”, dijo con desdén, y mientras un guardia pantagruélico arrastraba a Ramos, Trump se volvió al salón como si nada hubiera pasado y dio la palabra a alguien más: la vida continúa.
 
La eyección de Ramos, desechado como uno de los aprendices del show de TV, demuestra que Trump iza su dedo como estandarte para asuntos de Estado: China, la inoperancia del gobierno, los amaños de los políticos —y él. El día en que acusó a México de enviarle la peor gente, señaló a su tribuna para recordarle que esos tipos no eran gente de bien como ellos. Sus seguidores recuerdan su dedo determinante con camisetas estampadas Obama you are fired. Cuando deja de señalar recurrentemente a la audiencia, abre los brazos y apunta hacia sí mismo para recordarles que él es su héroe y sabe cómo hacer las cosas bien. El dedo de Trump dice tanto como su boca.
 
El hombre es el único animal capaz de apuntar con el dedo de forma natural y según el psicolingüista Sotaro Kita la acción encubre y descubre numerosos procesos biológicos, psicológicos y semióticos: la habilidad de hacer entender a otro algo estirando un dedo es un paso en la colectivización de nuestra conciencia individual pues nos unimos en la atención.
 
Pero si en la mayoría de los casos apuntar con el dedo es un acto societario, comunicativo y solidario, con Donald Trump el índice sirve de herramienta asertiva: un garrote que machaca cabezas. Trump ha enervado el discurso político y fortalecido exclusiones y xenofobia cada vez que abrió su boca de pez y de su dedo divino puso a colgar mentiras, exageraciones y promesas que jamás aclara ni argumenta pero sermonea como verdades reveladas.
 
En semiótica, el índice señala una relación lógica casi intuitiva: si ves humo, supones incendio. El humo de Trump remite a su propio fuego sagrado: Donald Trump habla en tercera persona de su tema preferido, Donald Trump. Sólo él sabe cómo hacer el país grande otra vez —Jeb Bush es torpe, Marco Rubio un niñato, Hillary Clinton una política pusilánime. Él es un millonario y un ganador, tan exitoso que barrerá a ISIS y someterá a los chinos. Él siempre tuvo mujeres inalcanzables; él hace reinas a las mujeres inalcanzables. En el extremo de la autorreferencia, una vez dijo que su hija estaba tan deliciosa que, si no fuera suya, saldría con ella. Cuando apunta hacia él, Trump es un dios peripatético obligado a vanagloriarse de su máxima creación —él— para conseguir devotos.
 
En su trabajo Por qué odio mi dedo índice, el simpático ortopedista William L. White dice que el dedo índice es capaz de numerosas obras de precisión pero tiene una personalidad tan pobre que no pretende hacer otra cosa más vigorosa que liberar la flecha, apretar el gatillo o señalar al distinto. White, un especialista en traumas de la mano, sugiere amputar al dedo inútil si sufre una herida compleja o seguirá entrometiéndose en el camino, evitando que el resto de la mano haga lo correcta. La idea de White podría resultar tentadora para ajustar el ego vociferante de Trump, pero hay modos más humanos de lidiar con su manía de ver a los demás muy por debajo de su flequillo. Y no es levantarle el dedo medio: es pensar antes de responder. A la voz altisonante del dedo acusador, razones maceradas. Verdades como puños.