Diez razones para no temer al ascenso de Donald Trump

Razones para no temerle a Donald Trump
• Febrero 10, 2017 •

El presidente del país más poderoso del mundo no es tan poderoso como pensamos

Fotografía de PopularImages

Periódicos y blogs de todo el mundo están llenos de imágenes apocalípticas que recuerdan a las peores tiranías de la historia pero no hablan de una mística profecía que anuncia el fin de los tiempos sino del recién posesionado presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Es tanto el miedo hacia Trump, sus ofertas de campaña y su línea política —que sugiere una ola de discriminación y violencia—, que hasta el ex presidente de la Unión Soviética Mikhail Gorbachev ha dicho: “El mundo entero se está preparando para la guerra”

En un mes, las órdenes ejecutivas para dar de baja al Obamacare, el anuncio vía Twitter sobre la obligación de México de pagar por un muro que evite que sus ciudadanos ingresen al país, la insistencia en finalizar la construcción del oleoducto Dakota Access y su posición de rechazo y posible persecución a refugiados musulmanes y migrantes en general han situado a Trump entre los presidentes más polémicos de la historia de Estados Unidos. Pero a pesar de que un discurso político excluyente y radical desde el poder es siempre peligroso, ser un personaje polémico no lo convierte de manera inmediata en el Hitler de nuestros días, básicamente porque existe todo un andamiaje político e institucional que hace prácticamente imposible que el presidente más poderoso del mundo haga las cosas de acuerdo a su voluntad.

Estos son las diez principales razones para no temerle al ascenso de Donald Trump.

1) La Constitución no lo permite

Con 227 años de existencia, la ley suprema de Estados Unidos de América es la mayor garantía de control ante la posibilidad de que un lunático llegue a Washington. La Constitución establece un sistema de pesos y contra pesos —checks and balances— que garantiza un balance y una permanente competencia por el poder político entre las tres ramas del gobierno norteamericano asegurando que el poder político no se concentre en las manos de un individuo o de un partido político. A diferencia de los sistemas hiperpresidencialistas latinoamericanos —como los de Venezuela o Ecuador— el presidente de Estados Unidos es parte de una estructura sujeta a una variedad de controles externos e internos.

Los ejemplos son muchos: el presidente Trump está en capacidad de nombrar a su gabinete pero cada miembro está sujeto a la confirmación expresa del Senado. En su calidad de primer mandatario, puede ordenar desplegar tropas en suelo extranjero, pero necesita de la aprobación del Congreso. De igual manera, cada orden ejecutiva firmada por el señor Trump puede ser desechada por la Corte Suprema si vulneraría derechos fundamentales contemplados en la legislación nacional —como hace días atrás lo demostró la jueza Ann Donnelly al dar de baja la orden ejecutiva anti migración de Trump por “ocasionar un daño irreparable a los deportados”. Es así como el hombre más poderoso del mundo tiene en muchos casos las manos atadas para imponer su voluntad. 

Bajo este régimen constitucional ningún presidente, ya sea un demonio o un genio, puede forzar mayores cambios ya que el sistema le impone muchas más reglas que las que él nunca podría soñar con imponer. 

2) El Congreso es una piedra en el zapato

Tener mayorías en ambas cámaras del Congreso no garantiza al presidente Trump la imposición de su proyecto político. De hecho, podría producir el efecto contrario. El legislativo norteamericano es tradicionalmente fiel a su propia institucionalidad y siempre la prioriza frente al ejecutivo. Por ejemplo, durante los dos primeros años del mandato de Bill Clinton, el Congreso bloqueó muchas de sus iniciativas a pesar de que su partido controlaba el Capitolio.

El caso de Obama fue similar, el presidente que se suponía era un gran facilitador de acuerdos, se tardó cuatro años para aprobar su proyecto ícono Obamacare, el cual ahora está condenado a la derogación, demostrando que toda iniciativa presidencial en Estados Unidos está condicionada por el Congreso. En el caso de Trump, esta situación de constante tensión con el Congreso se vuelve aún más compleja si tomamos en cuenta que el presidente no goza de la confianza ni siquiera del Partido Republicano en su conjunto, por lo que la piedra en el zapato que normalmente es el legislativo podrían convertirse en un inamovible yunque. 

3) La independencia de la Corte Suprema 

El ex presidente Harry Truman hizo famosa la frase “pon un hombre en la Corte Suprema y él dejará de ser tu amigo”. La Corte Suprema de este país nunca ha sido un juguete del poder político, al contrario, el poder presidencial sobre ella es mínimo por no decir inexistente. Para que el presidente coloque su gente en la corte, necesita que los jueces se retiren o mueran, debido a que estos cargos son vitalicios. Ningún juez murió durante el mandato de Carter, y tres lo hicieron en el gobierno de Reagan, es decir, el reemplazo de jueces tiene un fuerte componente del azar.

Pero incluso en el caso de que jueces de la Suprema se retiraran o murieran durante el régimen de Trump, el presidente necesitaría de candidatos con una gran aceptación bipartidista para obtener suficientes votos y ser ratificados en el Congreso. E incluso así, nada garantiza que esos nuevos jueces sean obedientes al presidente. En conclusión, la Corte Suprema es otro gran muro que Donald debe superar.

4) Nunca un tirano ha gobernado Estados Unidos de América

En más de 200 años de existencia, los Estados Unidos nunca han sido gobernados por un dictador. Nombres como Pinochet, Stalin, Pol Pot, Hitler o Franco fueron originados en Europa, Asia y Sudamérica, donde los tiranos han sido una constante de la historia política. Aunque es verdad que Estados Unidos ha fomentado autoritarismos en otras naciones, casa adentro todo presidente ha abandonado la Casa Blanca cuando el calendario electoral lo ordena.

Estados Unidos es un país de leyes y no de hombres, si Trump inicia un proceso despótico el rule of law —imperio de la ley— se encargará de frenar sus intenciones. Por lo tanto, el gobierno de Trump es prueba de fuego para el sistema político y legal de America

5) La Geopolítica

Aunque Trump no lo entienda, no existe nación en el planeta que no esté regida por la interdependencia internacional tanto económica, como política, tecnológica y hasta cultural. La globalización es un hecho y no existe fuerza humana que la detenga. Por lo tanto, las posiciones políticas de un presidente —así sea el del país más poderoso del mundo— estarán condicionadas por una serie de eventos que suceden muy lejos de su país. 

No es un fenómeno tan nuevo,  George W. Bush llegó al poder sin una agenda bélica pero ante los ataques del 11 de septiembre se vio inmerso en una larga y dolorosa guerra. La agenda de Trump estará sujeta a este tipo de eventos también y el ejecutivo apenas tendrá decisión en la forma como afronta las distintas crisis que lo rodearán y éstas podrán elevarlo —como la guerra civil en el caso de Lincoln— o perjudicarlo —como la guerra civil siria a Obama.

6) Los presidentes celebridades no son algo nuevo

Ser una figura de Hollywood o un protagonista de un “reality” no son las mejores credenciales para ser político en ninguna parte del mundo, pero no es un fenómeno nuevo o único de los Estados Unidos. Los ejemplos de Arnold Schwarzenegger —el exitoso físico culturista que llegó a ser estrella de cine y posteriormente fue electo gobernador de California durante dos períodos— y Ronald Reagan, un actor poco destacado que se convirtió en presidente de EEUU —y dirigió de cerca la caída del muro de Berlín y el colapso soviético—, dejan entrever que aunque ser parte de la farándula no los prepara para gobernar, la maquinaria partidista y el sistema americano en general, coadyuvan a que un presidente haga lo que tiene que hacer para los intereses nacionales.

7) La izquierda mundial terminará fortalecida

Una de las razones por las que la izquierda alrededor del mundo pudo reinventar su discurso y su accionar político a inicios del siglo XXI fue la llegada de George W. Bush al poder y su guerra contra el terrorismo. Las acciones de Bush en Medio Oriente y su predilección por Wall Street y las corporaciones fueron detonantes para que personajes como Fidel Castro o Hugo Chávez puedan actualizar su discurso en base al antiimperialismo. Casa adentro, el gobierno republicano de Bush impulsó nuevos cuadros demócratas —siendo Obama el más destacado— así como toda una tendencia en la cultura pop de Estados Unidos que se puede denominar progresista —los documentales de Michael Moore marcaron a una generación que se identificó con el anti establishment

El radicalismo de Trump está ya produciendo un importante movimiento civil de carácter progresista el cual nutrirá de nuevas ideas y discursos tanto para los demócratas como para la izquierda en todo el mundo.

8) El poder político no está centralizado únicamente en Washington 

Al ser un estado federal, Estados Unidos no tiene un problema de centralización del poder, es decir las decisiones tomadas en la Casa Blanca no siempre tienen injerencia directa en los gobiernos locales. Cada estado tiene su propia constitución, su propio gobierno y su propio código de normas, las cuales no pueden contradecir la Constitución nacional. Este nivel de gobierno es el que más directamente influye en la vida cotidiana de los ciudadanos norteamericanos.

Existen 50 estados y 89,004 gobiernos locales dentro de Estados Unidos, más un gobierno nacional en Washington. Trump difícilmente podrá tener control total de Washington, por lo que creer que controlará e impondrá su voluntad a los miles de gobiernos locales es una exageración.

9) Los presidentes en Estados Unidos fracasan

Más allá del buen recuerdo o la alta o baja popularidad con la que un presidente termina su mandato en este país, la regla general es que —dadas todas las constricciones que impone el sistema—, los presidentes en Estados Unidos fracasan en cumplir la totalidad de sus propuestas de campaña. La imagen del presidente todopoderoso de House of Cards no es un reflejo de la realidad, basta con recordar cómo Barack Obama no tuvo la capacidad política —pese a su gran liderazgo y carisma— de lograr el cierre de la cárcel de Guantánamo y de concretar la reforma migratoria, ambas ofertas irónicas de su campaña. Tanto las expectativas como los temores alrededor del presidente de EE.UU difícilmente llegan a cumplirse.

10) El poder presidencial en Estados Unidos es el poder de persuadir

El famoso politólogo y asesor de la Casa Blanca Richard Neustadt afirmaba que —debido a todos los frenos al poder del ejecutivo que establece la Constitución y han sido previamente mencionados en este artículo— el real poder del presidente de Estados Unidos es el poder de persuadir. En su libro Presidential Power and the Modern Presidents, Neustandt concluye que el poder presidencial no solo emana de la Constitución, sino también de “su reputación y prestigio, tanto en Washington, como en el país, como alrededor del mundo”

El gran carisma de Obama o de Clinton no fueron suficientes para lograr persuadir que sus proyectos se aprueben con facilidad ya que dicha persuasión conlleva implícitamente la entrega de poder dosificado a cambio de apoyos que muchas veces condicionan el futuro de una presidencia. No es fácil gobernar Estados Unidos. Si Donald Trump pretende ser un negociador que facilite acuerdos en lugar de complicarlos, pronto se verá obligado a moderar su discurso y sus formas de conducir la política, más temprano que tarde notará que la polémica va a bloquear sus iniciativas innecesariamente y que dicha situación es manejable si deja de ser la estrella de un reality y asume el comportamiento de un estadista. Si esto sucede, sus opositores bajarán el tono de la normal confrontación política hasta volverla proactiva, y sus partidarios tendrán espacios para expandir sus propuestas hasta darlas vialidad.