Pagar más para vivir peor

• Agosto 11, 2014 •

Un gueto es un simulacro de ciudad. Nace de la búsqueda de un entorno para ser habitados por ciudadanos iguales. Suelen ser impuestos –como aquel famoso de Varsovia–, pero también voluntarios, como los suburbios de la posguerra en Estados Unidos. En el Ecuador hay un gran gueto voluntario: el de Samborondón. Está en ese pequeño cantón de la provincia del Guayas, y se asienta a derecha e izquierda de un ramal de una gran autopista construida en los años ochenta conocida como la Perimetral. Tiene un río a cada costado y –a falta de imaginación y planificación– se conoce como La Vía a Samborondón.

Es el suburbio de más alta plusvalía del gran Guayaquil, y creció un 500% de 1996 a 2003. Se calcula que en poco más de veinte años ese incremento se triplicará. Esa desmedida demanda de quienes quieren vivir ahí ha hecho que los alquileres, y los precios de bienes y servicios se dispare. Pero, en realidad, ¿qué tan buena es la vida en la vía a Samborondón?

Muchos insisten en irse a vivir a un lugar que está hacinándose. Tal vez porque es lo más parecido que tenemos al Miami al que tanto se aspira en Guayaquil. Tal vez sea la sensación de seguridad que da vivir encerrado. En un libro de fotografías aéreas de Guayaquil que se publicó hace unos años, se describía a la vía a Samborondón como “la justa aspiración de todo guayaquileño de bien”. Hoy nos preguntamos en cinco artículos cuánto más cara es esa aspiración, qué tal es el agua ahí, de dónde surgió ese polo inspirado en los suburbios norteamericanos de la posguerra, cómo va a entrar tanta gente en un lugar que ya no tiene hacia donde crecer. Por sobre todo, planteamos un gran regreso a la ciudad, en especial a su centro de portales y veredas amplias.

La vía a Samborondón es una manguera: tiene un punto de entrada por el puente de la Unidad Nacional y uno de salida en el lugar en que empieza Daule (que es la misma carretera, que se vuelve a conectar con Guayaquil por otro puente: el que está en La Aurora, sobre el río Daule). Eso la hace intransitable en horas pico. Sus habitantes que trabajan en la ciudad salen cada día más temprano para evitar los atolladeros. Tampoco existe la vida del barrio. Tiene una concentración de centros comerciales, a los que se sale como en pequeños desfogues de vida en comunidad. Como explica Ana María León, son apenas simulacros privatizados del espacio público. Y eso tiene efectos negativos, que en su peor versión desembocan en la intolerancia con lo extraño, con lo heterogéneo. “La sociedad se vuelva cerrada, parroquiana, y más renuente a aceptar lo que no comparte sus mismas estrechas regla”, dice León. La sociedad del miedo en la que se confunde el letargo con la paz nos ha llevado a creer que ese aislamiento nos salva. Nos permite narcotizarnos con la idea de que entre supuestos iguales, todo va a estar bien. Mientras tanto, olvidamos que otras ciudades han recuperado con éxito su centro. Boston, Buenos Aires, Rio de Janeiro, São Paulo, México DF, Santiago, son todos ejemplos de ello. El llamado para volver al centro, para dejar el gueto que nos aísla y nos vuelve cerrados y renuentes a compartir, está hecho. Es hora de que dejemos de pagar más para vivir peor.