La ética de la flotación

• Agosto 14, 2015 •

Reseña del último libro reeditado de Leonardo Valencia

La superficie es una decisión.Es estar y no estar. Es crear los propios términos de existencia. La superficie es un espacio de movimiento de horizontalidad progresiva y potencialidad indefinida. Es la ausencia del anclaje, la negación de un origen, la oportunidad de lo múltiple. Ante esta perspectiva siempre está el peligro de hundirse por una única dimensión, pero lo importante es saber regresar, flotar y resurgir otra vez a la superficie. Puesta sobre la historia, esta no es ni vitrina hacia la profundidad del pasado, ni la exclusiva proyección del futuro. Carente de raíces, el ente flotante asume al mundo y a su vida como propios. La novela El libro flotante de Caytran Dölphin de Leonardo Valencia (Guayaquil, 1969) es una prueba de ello. Renegando de un espacio concreto de acción, este libro se fundamenta sobre el axioma del desplazamiento: la superficie es la invitación a la narración.

Es sobre esta misma materia de superficie, en el lago Albano en Italia, que flota el libro que Iván Romano —el protagonista— arrojó como otro intento de abrazar el olvido. Su acción es inútil, y ante la mirada testimonial de una niña, se rectifica y rescata al libro de las aguas. Iván ha dejado atrás su ciudad natal, Guayaquil, que quedó destruida y sumergida por una inundación. Sus únicos habitantes son los que permanecieron en las colinas y formaron una pequeña comunidad -llamada los Residentes- que vive entre la desazón por una ciudad ida y la esperanza por una nueva fundación en continuidad con su historia. Iván fue uno de ellos hasta que decidió irse, huyendo menos de las ruinas de una ciudad que de su condición de derrota. En su camino de emigración se teje el intento de superación, el minucioso trabajo de hundir junto a la ciudad sus desiluciones. Ante el punzante fracaso, Iván decide probar un nuevo método: permanecer en la superficie, en la suspensión que impide el significado natural de los eventos. Iván recoge el libro flotante, cuya aparición causó años atrás una fuerte conmoción entre sus allegados, y decide leerlo para escribir sobre sus fragmentos una última narración que lo libere de las esquirlas de los recuerdos.

Del libro Iván recorta frases de una extraña fuerza apotegmática, en las que se dilucida un orden secreto, misterioso, que la novela busca desentrañar. Sobre estas enunciaciones se entreteje una historia personal, llena de interrogantes que buscan responder al enigma mayor: ¿qué conecta a Iván con el libro? De esta manera se articula la novela de Leonardo Valencia. Una historia que no trata sobre supervivencia de los grandes apocalipsis de la insidia climática, sino que se limita a recortar los pequeños catástrofes que sumergen a la vida humana: la amistad, el amor, la vocación y la derrota. La (ex) ciudad solo adquiere perspectiva dentro del matiz personal. Los cerros y el nuevo mar de Guayaquil son apenas accidentes geográficos incrustados en la intimidad del narrador. La novela es un relato personal, alejada de cualquier determinación directa de algún ethos y compactada al influjo del círculo más cercano a Iván. La ciudad ausente por el agua es sintomática de una narrativa que prescinde de juicios o divagaciones sociales. Pero aunque es una novela sin pretensiones proféticas, mantiene un fuerte valor evangelizador. Con este libro Valencia configura una ética de la escritura, funda una literatura desde la indeterminación (decir desde lo universal es apuntar hacia un todo, y la novela trata de no apuntar hacia ningún lugar), y señala un camino de libertad. Lo cierto es que Valencia apuntala una ética a la que podríamos llamar de la flotación: cura contra el destino de morir hundido junto a una ciudad condenada a desaparecer, y oportunidad para la diáspora de las emociones que habitan dentro de los individuos; flotar es la capacidad de moverse sin las restricciones de una institución (ya sea política o social). Iván Romano lo reconoce y lo pone en práctica: “Hay un mundo de arriba y un mundo de abajo. Un mundo desde el que se mira y otro sumergido. Esto sería lo sencillo, el esquema fácil para dar la noticia. Lo cierto es que en el medio hay una escala de niveles sobre los cuales me iré deteniendo, subiendo y bajando alternativamente, como las mareas.”

Pero como toda ética debe ser, esta libertad nunca cae en la anarquía. Por el contrario, se constituye una navegación dirigida por los mapas de las lecturas. Un fondo de legitimación diagrama los pasos que afirman un camino seguro. Referencias e intertextualidades arman una base sucedánea de antiguos navegantes y cimienta el código literario de una cultura más amplia. Esta escritura flota con la templanza y la serenidad que exige la búsqueda de respuestas. Personajes y sucesos alargan el encuentro a través de las páginas con una imagen que los pueda identificar y clausure el misterio de la narración. Las interrogantes sobre la condición de Iván se despliegan a lo largo del relato en una dosis exacta que impide la distracción del lector. Con una prosa sobria y una sintaxis sencilla, Valencia avanza con refinamiento sobre la trama. Encadena una tras otra descripciones de eventos con aparente simpleza (carentes de florituras verbales o de un barroquismo desmedido), pero que contienen una fuerte densidad semántica. Estas frases flotan sobre un tono lírico que invoca un misterio oculto en la profundidad del relato. Lo dicho carga con la ausencia de lo que no se puede decir; el dolor sumergido en la memoria de la niñez y de la adolescencia de Iván asciende al relato desordenadamente y fragmentariamente con la misma cadencia sinuosa y cambiante de las mareas. Como un buzo, Valencia acomoda la escritura a la actividad de la inmersión, que solo adquiere valor cuando se cuenta lo que se vio allá abajo.

En este discurrir se cifra el proyecto estético de la novela: “Huir es la mejor manera de contar una historia.” dice Iván. La huida como el acercamiento a la verdad, como acción liberadora, como fuente de escritura. Huir, sumergirse, flotar, recordar, escribir: verbos que Valencia toma como condición (o como excusa) para hacer literatura. El procedimiento tematizado, el tema desarrollado, fluir mientras se dice que se fluye. Con El libro flotante Valencia se coloca en la superficie, en disposición a la navegación, en la exploración de las aguas humanas, en el gran espacio del umbral de una nueva fe literaria.