Daniel Adum Gilbert: “Guayaquil tiene el corazón como su estero Salado: putrefacto”

• Julio 9, 2017 •

Seis años después de la iniciativa de arte urbano Litro por Mate su mentalizador, el artista Daniel Adum Gilbert, publica un libro en el que recoge los hechos que lo llevaron a ser perseguido judicialmente por el Municipio de Guayaquil por pintar cuadritos de colores en las paredes de la ciudad.

El artista Daniel Adum Gilbert volvió a las calles con su proyecto de arte urbano Litro x Mate. En 2011, Adum Gilbert lanzó la primera convocatoria para pintar cuadros de colores en paredes grises o pintarrajeadas de la ciudad, y su iniciativa fue bienvenida por muchos en Guayaquil, la ciudad donde nació y a la que va y vuelve desde la playa. Adolescentes, niños acompañados con sus padres, hombres y mujeres aparecían en el lugar, día y hora señalado en Facebook llevando un litro de pintura. Del compromiso de llevar ese bote nació el nombre del proyecto colectivo: litro por mate, que es decir por cabeza. El movimiento parecía inofensivo y hasta reparador: los garabatos obscenos y el gris del concreto iban desapareciendo debajo de los colores pintados por decenas de personas. Pero al Municipio de Guayaquil no le hizo mucha gracia.

Era una época en la que la censura era la norma general en la relación de la Alcaldía con la cultura, y los murales de Litro x Mate no solo fueron borrados, sino que Adum Gilbert sufrió una persecución legal que terminó en un juicio. Al final, fue absuelto. Sin embargo, la alcaldía se encargó de que los colores desaparecieran de las paredes. Parches grises pintados a brochazos por una cuadrilla de funcionarios municipales los taparon. El proyecto de espacio cultural que Adum abrió, el Inmundicipio, fue clausurado. La ciudad se volvió a acostumbrar a los grafitis de penes, signos de pandillas y frases sin sentido. En 2016, Daniel Adum Gilbert lanzó una segunda etapa de pintadas callejeras, aunque esa vez no hubo represión de parte de las autoridades locales, y publicó un libro que recoge la vida, los sentimientos y consecuencias del proyecto. El libro se financió con un crowdfunding que superó la meta de recaudación, y cuyas donaciones vinieron desde lugares tan remotos como Alaska. En esta conversación, Adum Gilbert revisa Litro x Mate, habla sobre la ciudad que lo inspiró, su relación con ella y las críticas que su trabajo ha recibido.

 

Lanzaste una segunda etapa de Litro x Mate, ¿por qué?

En el 2016 me fui a vivir a la playa. El año entero, pero iba y venía a Guayaquil. Y en una de esas venidas encontré súper deteriorado el muro que está afuera de mi casa. Entonces dije ¿qué hago? Y decidí pintarle un mural de Litro x Mate. Yo solo, no tenía ninguna otra intención, pero al comunicar ese momento, al compartir la foto de la pintada, se prendió de nuevo el grupo. Entonces hicimos tres intervenciones: una en la avenida Circunvalación en Urdesa y otro —que fue el primero que se hizo grupal— en el centro, en la calle Los Ríos y que de hecho ese ya lo borró el Municipio porque regeneraron la zona. Digamos que es el primer caído de la segunda etapa. Finalmente hicimos uno en la fachada del Inmundicipio, y digamos que ahora conviven ahí ambas etapas de Litro x Mate, la de 2011 y la de 2016. Está lo que pintamos ahora y lo que el Municipio borró hace ya seis años, después de que les ganamos el juicio.

Entonces renació la intención de generar una ciudad con más arte.

La primera vez la reacción fue violenta, desproporcionada. Ahora parece que ha sido más pacífica la coexistencia de Litro x Mate con el Municipio...

Sí. No ha habido la censura, la restricción, la persecución. Claro, empezamos estratégicamente en época electoral, entonces al Municipio no le convenía echarse lodo encima borrando unos cuadritos de colores. Sabíamos que venían las elecciones, sabíamos que íbamos a pintar.

Tú siempre has dicho que eres un sinceptualista, ¿repetir el ejercicio de Litro x Mate no sería de hecho convertirlo en un concepto?

Lo que pasa es que era necesario en Guayaquil. Yo me había metido en la cabeza que no iba a pintar otra cosa que no fueran cuadritos de colores hasta que Litro x Mate triunfara. No iba a pintar otra cosa —algo de lo que me muero de ganas, la verdad es que me cabrea pintar cuadritos de colores— pero era necesario reiterar el discurso y machacarlo hasta que se consiguiesen cosas como Guayarte. Guayarte es el triunfo de Litro x Mate. Me parece la mamarrachada más grande de parte del Municipio de Guayaquil haber perseguido durante años al arte urbano y ahora promoverlo; es un desfachatez, pero es finalmente un cambio.

¿De dónde crees que viene ese cambio?

Sin duda de los intereses políticos de la gente que está en el poder en Guayaquil. Es lavado de imagen. Igual que el Funkakest, igual que cualquier actividad que gire en torno a estas minorías que tienen más o menos claro quiénes son esta gente que ahora lanza estas iniciativas.

¿Pero no es algo positivo que el cambio exista?

Por supuesto. Pero que exista Guayarte es una consecuencia del cuestionamiento que hicimos con Litro x Mate, o con los burros de colores de Jorge Jaén, y con las obras de otros artistas —no me voy a echar todo el mérito yo. Pero hubo ese cuestionamiento, reiterado, sostenido, a pesar de que hubo un gap de casi cuatro, cinco años en las calles, aunque en las redes y en muchos espacios la crítica seguía activa. Yo en algún momento dije ‘ya está, esta vaina está perdida, me voy a la playa, no tengo nada que hacer aquí, mi discurso y mi arte no tienen lugar aquí, la gente está feliz con Nebot y su manera de manejar las cosas’.

Si ya con el libro cierras el capítulo de Litro x Mate, ¿qué va a pasar con el colectivo?

El colectivo existe desde 2011 en Facebook. Eso es algo positivo que tiene Facebook —a pesar de que las redes pueden tener un lado muy malo—: fue el motor de una manifestación artística cívica y ciudadana que tenía un intención altruista respecto de la ciudad y el espacio público. Y siempre estará ahí. 

¿Qué crees que llevó a cambiar la mentalidad de los funcionarios municipales? Son los mismos.

Para mí tiene que ver con dinero. Para mí toda la administración de Nebot tiene que ver con billete. Para mí que encontraron la vuelta de cómo hacer plata con esto. Y tiene que ir por ahí, no lo veo de otra forma. Porque así no más ‘ah, vamos a darle una oportunidad a los muchachos’, no lo creo. De hecho quieren hacer una especie de Wynwood y bueno, ya saltará solo cómo se creará un circuito de negocios y ya se verá. Démosle tiempo.

Litro x Mate ha sido criticado por ser unos cuadritos de colores. Se ha dicho que es algo que lo puede hacer cualquiera. Sin embargo, esos cuadritos causaron una tensión con la máxima autoridad local, que es la Alcaldía, ¿era eso lo que buscabas?

Es algo que muy poca gente entiende. Ayer nada más me hicieron un meme. Salía Apitapán, la Suerte, y otros artistas cuyo trabajo admiro y respeto. Y en el meme decía algo así como Todo lo genial del arte urbano y en el centro salía Litro x Mate y decía TÚ NO. Y sí, estéticamente Litro x Mate es una tontería, pero es tan tonto y tan básico que es hasta mordaz, es como pervertido en cierta forma. Es tan näive en su forma, pero en el fondo es una bomba, una crítica directa al Municipio.

No sé si esto se sepa con suficiente claridad, pero los parches de colores emulan la forma en que el Municipio censura. Entonces es llevar esa censura a la inversa utilizando su propia arma a gran escala a full color. Es tan conceptual que es una bomba para el que lo sabe leer, para el que va a leer el libro y verá el mensaje que hay detrás. Es potente. Y básico, porque lo puede hacer cualquiera. Y esto es algo que pasa con el arte, siempre hay alguien que dice ‘yo también puedo hacer eso’. Sí, pero a alguien se le ocurrió y lo hizo. Y marcó un hito en la historia del arte. Eso es lo que tiene Litro x Mate. Es tan básico pero sucedió en un momento bajo unas circunstancias especiales, bajo una secuencia de hechos específica que hace que tenga un sentido y una importancia.

Y, sin embargo, ¿cómo te ves frente a esa crítica?

Lo decía el otro día: yo diferencio a la gente entre la que hace y la que habla. Los que hacemos nos dedicamos a que sucedan cosas a partir de nuestros actos; los que hablan solo dicen cosas que quedan en el aire, sin concretarse. Son dos mundos distintos. Yo siempre he estado en el mundo de hacer: así manifiesto mi paso por la Tierra —hacer y dejar cosas hechas, llámenlo arte, obra, como quieran. Yo nunca me he considerado un artista, me han puesto ese mote pero yo soy un creador, uso todos los métodos que estén a mi alcance para convertir mis ideas en cosas que sirvan a la sociedad. Porque para mí el disfrute estético del arte tiene un valor, por supuesto, pero sobre todo entiendo el arte como una herramienta para generar cambios y reflexión en la sociedad. Pero claro, hay todos tipos de lecturas, y entiendo que haya gente que no lea así o desprecie mi trabajo. Es normal. No me sorprende. Pero yo trato de generar huellas. De dejar algo positivo.

Y más allá de esas reacciones, ¿cómo ves a la ciudad que inspiró Litro x Mate?

La veo igual. Veo lo mismo. La veo triste, anclada en el pasado. Me ha tocado viajar mucho últimamente: México, Panamá, New York. Y veo cómo grandes civilizaciones llevan el tema de la ciudad y es un gran contraste con Guayaquil. Claro, en New York me impactaron también los vagabundos en las calles en medio de edificios de miles de millones de dólares. Y estuve en el Dia: Beacon Museum, y había obras que yo decía ‘me están tomando el pelo, ¿es esto arte?’, pero al mismo tiempo estaban Joseph Beuys, Richard Serra, creadores increíbles. Y mientras veía eso pensaba: Guayaquil está parada en el tiempo, y es porque está dirigida por estos abuelos octogenarios que ya no ven el futuro porque no tienen futuro. Se les está acabando la vida.

¿Cómo crees que se puede sacar a la ciudad de ese estancamiento en que la ves?

Se necesita gente nueva, que refresque, que tenga un proyecto ordenado, planificado para la ciudad. Estos son unos improvisados. Y la ciudad ha crecido así, improvisada, parchada, porque el concepto de parchar una manifestación artística es la misma que han aplicado a todo: aquí regeneramos, acá no, y van como parchand, modificando las percepciones de la gente a punta de parche. Necesitamos otra jerarquía, otra manera de pensar y trabajar la ciudad. Urdesa debería tener un alcalde, o no sé, tal vez un área un poco más grande, pero algo que resuelva las necesidades a nivel local. El Guasmo no tiene las mismas necesidades que La Alborada, y el Centro no tiene las mismas necesidades que Urdesa.

Guayaquil es una ciudad aburrida, donde no hay nada que hacer. El otro día estuve con unos turistas colombianos y la pregunta era qué hacemos. Y yo no sabía qué responder. No sé, pensaba que no hay una mezcla de cultura, gastronomía, música, un lugar que tenga todo. Subir escaleras para ver la ciudad desde arriba, gran cosa. Aparte que es un plan que se termine en 2 horas. Las ofertas gastronómicas son deplorables. Pero eso no quiere decir que tenga que ser así. Urdesa, que es mi barrio, podría tener espacios increíbles, sus calles, sus veredas.

Y no es que haya que inventar nada: hay ciudades que han basado su economía en la oferta cultural. Barcelona, Londres, New York —lugares donde el arte mueve divisas, dinero, negocios. Wynwood fue una zona creada para el arte y es ahora el lugar más fancy de Miami, repleto de restaurantes y tiendas ¿Entonces? El arte, la cultura puede dinamizar la economía y volverse interesante. Guayaquil tiene exponentes increíbles, desde el pasado, desde Rendón Seminario, Araceli Gilbert, los Cinco como un puño hasta lo actual. Hay tanta historia que no hemos compartido, heredado —entonces no veo un buen futuro para Guayaquil. Lo veo deprimente, anticuado, de mal gusto como ese nombre Guayarte. Estamos comandados por gente que no tiene idea de cultura ni de arte. Ahora con estas iniciativas parecen querer hacerle un lifting, ponerle botox a una ciudad pero la realidad es que ya no aguanta al sistema que la dirige.

¿Pero crees que es un tema de autoridades, nada más?

No, hay algo de lo que esta sociedad tiene que hacerse cargo y resolver, y es algo muy deprimente: tratar de tirarlo todo para abajo. Las buenas intenciones, el arte con buen corazón, hay que tirarlo al piso porque todos tenemos que estar mal. El estero Salado, qué deprimente, pero esa es la metáfora final: esta ciudad está con el corazón de estero Salado, putrefacto. Así se encara la vida aquí: con desdén, con olvido, con qué chuchismo e irrespeto a la naturaleza. Es el mal común.

¿No es un pronóstico demasiado radical, podría alguien calificarte de amargado?

Es que sí he llegado a estar amargado. A estar triste. A no pintar. A no crear. Porque te marca que te persigan, que te tachen de enemigo del ornato de Guayaquil, que censuren tu trabajo, que hayan clausurado el Inmundicipio, que te manden a poner unos guardias alrededor de tu casa. Llega un punto en que dices ‘mierda, solo quiero darle mi arte a la ciudad, y tal vez hasta vivir de esto, ¿qué tiene de malo?’. Por supuesto, he llegado a ese punto, y ni siquiera es esa la única lectura sobre mí: hay quienes dicen que ha usada la coyuntura para hacerme famoso, para ganar notoriedad, y quién sabe qué cosas más.

¿No siempre pasa eso con tu trabajo, que hay una reacción sobre qué es lo que buscas con él?

Sí, porque siempre he tocado la llaga del poder porque mis intereses chocan con los de ellos. Soy un ciudadano que quiere una ciudad mejor, que ha viajado por el mundo y ha visto cosas y quiere que sucedan en su ciudad. Entonces siempre choco contra la misma pared, que es la pared del socialcristianismo: fascismo, ultraderecha, conservadurismo. Y yo no soy un tipo de izquierda o de derecha, soy un tipo del futuro; y lo digo porque tengo ideas que en mi tiempo no funcionan. Y ya me acostumbré a eso. Pero yo sí me doy cuenta que por ese camino uno no puede ser feliz. Entonces como no quiero vivir amargado, en tristeza, busco mis formas: me voy a vivir a la playa, hago mis libros, trato de hacer una catarsis a través de contar la historia y sacar estas cosas de mí.

¿Cómo explicas que siga siendo una administración muy popular? Porque lo es.

Porque han sabido manejarse.Tienen sus estadísticas, sus números, saben dónde tiran el adoquín y el asfalto, y qué parte de la ciudad atender para mantener la votación que tienen. En ese aspecto son inteligentes, pero todo se trata de plata al final —es eso. Eso es lo que los ha mantenido ahí. Llevan veinte años y las cosas no cambian.

Dices que has cerrado con Litro x Mate un ciclo. Qué ves en el futuro.

El otro día me invitaron a un evento de la universidad Casa Grande para que pinte un mural en Miraflores. Fui e hice un mural de mi autoría, nada de Litro x Mate, sino mi arte, mis caritas y demás, y eso fue como el renacimiento de querer pintar mi arte en la ciudad. Lo voy a hacer, con permiso, sin permiso, como siempre, solo con amor. Veamos qué pasa porque ahora aman el arte urbano, pero veamos —el futuro no está muy claro en general. Quiero dedicarme a pintar puertas adentro, mucho, en un espacio mucho más intimista, porque así es mi relación con la plástica. Las obras como la Chanchocracia, el Inmundicipio, Litro x Mate, sí son para el consumo público pero acá es donde están guardados los resúmenes de todo, de mi relación con la ciudad.

¿Cómo definirías esa relación?

La define el libro de Urdesa: es una manifiesto de amor a la ciudad, de amor a mi barrio. Un barrio que la Municipalidad que ha destrozado. Lo han acabado con una estética y una visión asquerosa de comercio y supuesto progreso. No estoy en contra de eso, del comercio y el progreso, pero que se haga sin destruir el patrimonio arquitectónico. La administración de Nebot acaba con la identidad, no solo arquitectónica, sino en todas sus formas: hasta los nombres de las calles ha cambiado, y eso atenta contra la memoria, más allá de que es un despropósito práctico —nadie sabe bien cómo se llaman las calles. Es una falta de respecto a la memoria de los barrios y hacia la gente que viven en esos barrios. Pero esa ha sido la marca en la manera en que trabajan.

¿Y ves alguna alternativa clara?

No. Ahora no. Pero saldrá. Y yo me voy a sumar a la que tenga opciones de ganarle a Nebot. Hay que ver qué coyunturas se dan cerca de las elecciones, qué Odebrecht brinca, qué matraca sale, porque ya son años de decir ‘estos manes pegan toletazos, estos manes borran el arte urbano, estos manes no han hecho nada por el estero Salado, la movilidad es un desastre, las áreas verdes no existen’ y siguen ganando. Entonces hay que ver cómo se replantea la estrategia, ver si se crea un bloque que permita que los ciudadanos tengamos más poder. No nos damos cuenta pero se están cargando nuestro presente, nuestro futuro, nuestra juventud, y en esta ciudad sigue siendo 1970.