Cuando Turing ganó la guerra y el infierno

• Febrero 17, 2015 •

Una reseña sobre “The Imitation Game”, de Morten Tyldum

Alguien me hizo notar el parecido entre las estructuras de El paciente inglés (1996) –esa joya de Anthony Minghella– y The imitation game: películas dramáticas que sustentan su fuerza en los flashbacks. El flashback como ejercicio narrativo de comprensión de motivaciones, o para entender por qué las cosas acaban de la forma en que lo hicieron. El flashback es un elemento básico de la narrativa tradicional y en el filme del noruego Morten Tyldum, nos ayuda a comprender la necesidad del secreto, tanto para la vida de un individuo como para la de su país. Aquí estamos ante la desazón detrás del sacrificio. Porque en The imitation game se sacrifica todo, hasta la ética personal, en pos de un bien superior. El ser que lucha por mantener esa idea de bienestar, incluso por encima de él, termina siendo víctima de ese sistema que ha defendido y que no puede saber que él lo defendió.

Alan Turing es el personaje que mueve todo en esta película. Benedict Cumberbatch (con  el mérito de que aprendimos a escribir su apellido antes que el de Schwazenegger) lo interpreta con la contención necesaria –parece una bomba de tiempo, un Sheldon Cooper sin amigos– y la exacta vulnerabilidad para seducirnos. Turing es un héroe romántico y punto; es el científico que dirige un equipo que deberá decodificar las comunicaciones del ejército nazi para que la Segunda Guerra Mundial sea un triunfo para aliados.

Escoger el camino obvio no da necesariamente un resultado obvio: distintas tonalidades de luz para marcar los cambios temporales ayudan a la lectura de las temáticas de la película y la tragedia del héroe, la música de Desplat sirve para exagerar el efecto melodramático en varios pasajes –sin fastidiar–, el montaje se permite los sobresaltos justos, los encuadres y los movimientos de cámara ayudan a que nuestra atención no se esfume. Todo está medido, como esa máquina que Turing intenta construir para penetrar el sistema de codificación nazi que se transmiten sus comunicaciones a través de las máquinas Enigma, pero el resultado no es común: “The Imitation Game” es también una película de espionaje que tiene su fuerza en cómo, a pesar de mostrar poco, despliega tensión y misterio. Este es un filme de guerra y suda a thriller en cada minuto del metraje.

Ahora, ¿en qué se diferencia una “película basada en hechos reales” de los hechos reales? Pregunta ridícula, lo sé. Los caminos de la ficción funcionan como los trabajos de los genetistas en Jurassic Park (1993, Steven Spielberg): se llenan los espacios vacíos de ADN de dinosaurios con el ADN de otra especie y ya. No se trata de ver en este cine evidencias del pasado, son solo representaciones de lo que ese pasado pudo ser, en medio de contextos que nos permiten hacernos a una idea sobre lo valioso que –dependiendo de la perspectiva– hay en la historia. The imitation game nos llega porque es un ejercicio de personaje muy fuerte, no hay manera de no sentirse tocado por el Turing que hace Cumbertbatch, porque él es el Atlas que sostiene ese mundo narrativo que vemos, tanto que la construcción de la máquina importa poco: ni bien llegamos a los primeros quince minutos del metraje y ya el aparato se elabora. Este es un filme de espionaje que no se centra en los artilugios. Aquí estamos ante el sacrificio universal y los dolores de por medio.

Turing es casi una figura santa en la visión de Tyldum. Y así entendemos cómo su homosexualidad se convierte en su golpe más fuerte, porque esa soledad, esa ausencia, es la base de esa entrega que, vista desde los ojos de la película, le permitió llegar a su invento que se ve como el adelanto de lo que serían las computadoras.

El héroe cae, sentimos su descenso y no hay manera de salir de ahí. Por eso le disculpamos a la película su desenlace hípermelodramático, esos cinco minutos que se vuelven insoportables, porque no necesitamos cerrar un capítulo cuando ya todos los hilos han quedado al descubierto. Y lo disculpamos porque, pese a ser una película de personaje, está tan bien manejada desde el lado del suspenso que no hay forma de no sentirse conmovido por el trabajo de Tyldum y de Cumbertbatch.