La vida es muy dulce como para tener diabetes

• Noviembre 12, 2015 •

¿Nos queda claro que el problema no es el azúcar, sino nuestras malas costumbres?

Foto de Dennis Skley bajo licencia CC  by 2.0. Sin cambios.

Nada mata tanto en el Ecuador como la diabetes. Es la primera causa de muerte en el país, según un estudio del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC). Es, además, una sentencia de muerte que cada vez más gente recibe: en 1997 murieron casi dos mil personas por ella, en  2011 el número se había multiplicado dos veces y media. El 14 de noviembre es el día Mundial de esta enfermedad por la que el páncreas pierde la capacidad de producir insulina —la hormona que distribuye la glucosa hacia las células para que produzcan energía. La glucosa se queda en la sangre y se generan tejidos dañados, hipertensión arterial, mala cicatrización, entre otras. Mientras pienso en todo esto, pienso, también, en la imposibilidad  concebir la vida sin los postres. 

Los médicos aconsejan comer una fruta para quitar la tentación, pero eso no es solución, sino engaño: ¿podría alguien, con honestidad, equiparar la cremosidad y sedosidad azucarada de un tiramisú con la de una banana? Pongámonos serios. Hay una lección que debería darse en las facultades de medicina y hospitales del mundo: la pera y la manzana, ni nada que crezca en un árbol, doctor, es un postre. No insista. 

Hay formas menos condescendientes. Por ejemplo, prepararlos sin demasiada carga calórica, reemplazando el azúcar por miel de abeja o panela, que son más fáciles de procesar para el páncreas. También existe un sustituto que se obtiene de las hojas de la planta de stevia. Es válido (y divertido) ponerse creativo: en la licuadora batir una taza de leche de coco, un mango maduro y miel, servirlo en copa, añadirle semillas de chía —que absorben doce veces su peso en líquido, y son las preferidas para preparar pudín de forma natural— y dejar refrigerar por seis horas. Es posible. 

Estas opciones son ricas pero costosas: ser flaco y tener buena salud es un lujo. Lo sabe México, uno de los países que más padece la diabetes, con 70 casos por cada 100.000 habitantes. Un taco es más barato que una ensalada, y una gaseosa cuesta menos que un jugo de fruta. En el  Ecuador ocurre también los combos de comida incluyen una bebida carbonatada, pero si se las quiere acompañar con jugo hay que pagar extra. Acostumbrarse a comer así es una deformación de los hábitos. Siempre encontramos una razón: que la Universidad no deja tiempo para nada más que esas grasientas hamburguesas de un dólar en el bar del campus, o aquella crisis sentimental que nos pone —cual Bridget Jones— a comer toneladas de helado, metidos en cama. Justificaciones siempre tendremos. Lo cierto es que retomar un estilo de vida saludable, luego de largas temporadas de excesos, es complicado.

Hay una mala costumbre reciente: echarle la culpa a los alimentos, y no a nuestros hábitos. Cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda ingerir máximo diez cucharaditas de azúcar al día no busca prohibir el consumo de azúcar. Pretende que seamos conscientes de nuestras costumbres alimenticias: que sepamos que 600 mililitros de gaseosas, jugos procesados y otras bebidas empacadas tiene trece cucharaditas, más de lo que deberíamos tomar diariamente. El azúcar, en sí, no produce diabetes. Los pésimos hábitos nutricionales, sí. Es lo mismo que sucedió con el anuncio sobre la carne de octubre de 2015 y el cáncer hecho en octubre de 2015. Algunos llegaron a decir que se había elevado a los productos cárnicos a la categoría del diésel y el cigarrillo, cuando el informe de la organización mundial en ninguna parte decía eso, sino que se limitaba a confirmarnos algo que ya sabíamos: comer demasiado podría ser perjudicial. Es que no es la carne, ni el azúcar, ni ningún otro alimento, lo que nos va matar, sino —como en todo— nuestros excesos.