Los errantes

• Septiembre 9, 2013 •

(@agusvillarri)

Técnicas de espionaje de un lector voyeur


Atravesar media ciudad de Buenos Aires todos los días me ofrece el lapso de una hora y media por viaje para aprovecharlas en lecturas. Tiempo valioso cuando se es estudiante y el grueso de los textos apremia ante la inminencia de los exámenes. Pero para poder aprovechar esta condición es necesario elaborar una catalogación del proceso de rutina. Es decir, poder permanecer con la cara pegada al libro y al mismo tiempo saber exactamente en qué lugar te encuentras siendo invulnerable a cualquier distracción. Una ecuación muy convincente, apenas menor al beneficio de quedarse en el silencio de casa. Pero lograr ese estado de concentración sería fácil si la ciudad fuera estática, si su paisaje urbano y humano ofreciera la posibilidad de una sistematización diacrónica, si el hoy fuera igual que el ayer y si una mano no agitara una cajetilla de cigarrillos mientras leo en el andén.

A la periferia de mi visión de mi libro, a corta distancia, se ofrece una cara impasible, frígida en la expresión de lo inconmensurable y de lo perdido. Un yonqui andrajoso con la boca siempre entreabierta y la mirada abyecta a un punto indefinido. Agita lentamente una cajetilla de cigarrillos vacía frente a un interlocutor elegido al azar. Es un loco que erra por el andén para detenerse solamente ante la necesidad de la nicotina. Exclama con denotado esfuerzo singulares onamotopeyas: “eh... uh... ah...” Hasta que con el ahínco del loco afásico logra formular: “ci-ga-rri-llos”. La lentitud de los segundos sobraron para que el receptor del mensaje negara su petición: “No tengo”. El eremita urbano no se apena ante la respuesta, permanece impertérrito en su mundo de desgracias sin valores para continuar deambulando. Continúa su paso y de su cajetilla raída extrae el último vestigio escondido, un puchito corto y gastado con la capacidad de producir unas pocas volutas de humo más. Se lo coloca en la boca en dirección de un nuevo interlocutor, en búsqueda de la brasa que encienda la miseria que le cuelga de la boca y ahogue su necesidad.

Ya sobre el tren la suerte no es distinta. Intento leer pero el libro sobre mis manos en realidad es un ardid, la puerta indirecta al mundo, la posibilidad del espía discreto: las conversaciones, los gestos, las locuciones, es el amplio crisol cosmopolita donde lleno páginas de una enciclopedia ilimitada. Mi sentido de responsabilidad me lleva a ahondar en mi esfuerzo por la lectura. Por unos minutos llevo con éxito mi tarea, hasta que entra en el vagón el sucedáneo ferroviario por excelencia de Diego Torres. Un gordo alrededor de los treinta, ataviado de vestiduras ordinarias (unos lustros atrasados), de piel pálida y con destellos de rubor. Por su frente se perla el sudor; es invierno y el gordo suda. Se detiene en el centro del vagón e inicia con su perorata: “Buenas tardes, ante todo quiero desearles un buen día y contarles que nadie me enseño a hacer lo que yo hago... Nunca tuve clases de canto, y sin embargo es en lo que me esfuerzo y quiero compartirlo con ustedes.” Extendida la derivación introductoria, se coloca unos auriculares y escruta en un mp3 rudimentario la canción precisada: “Color esperanza”. No hace falta, realmente, la existencia de los versos melosos y del optimismo prosaico con que Torres compone sus canciones. Mucho menos su representación con la voz carrasposa y gastada de un acucioso e inconsciente entusiasta.

Sorprende un poco al principio cuando el gordo sostiene los altos con voz de barítono, pero luego se desploma en los agudos y el ambiente se llena de atonalidad. “Este pibe lleva tres años cantando lo mismo”, escucho decir a un pasajero cerca de mí. Intento volver a mi libro pero es imposible, la canción taladra mi cabeza. No solo es culpa del gordo, las radios se vendieron al llevar más de diez años pasando la misma canción. El gordo gorjea con enorme entusiasmo el tramo final, los ojos cerrados, la cabeza ladeada y la boca torcida irradiando hacia el techo el fin apoteósico de su espectáculo. Habrá acabado de cantar, pero todavía tiene por proferir algunos soflamas más: diserta sobre el amor y sobre la violencia; pide vehementemente por la tolerancia en la pareja y la lucha contra la violencia doméstica, “porque es algo muy muy feo, y con el amor y el cariño se vence todas las barreras y construimos un mundo mejor. Porque por sobre todo hay que ser fiel a la pareja y proteger a la mujer y devolverle el amor que nos da. ¿Porque acaso no nacimos todos de una mujer?” Inmediatamente pasa a pedir unas monedas, una colaboración. Unas pocas personas responden, él no es insistente. Oculto tras mi libro, lo veo irse errabundo al siguiente vagón, a seguir cantando por los siguientes tres años en su lucha por la paz.

*

¿Cuántos días, meses, años se necesitan para volverse inmune? ¿Cuándo termina uno de ajustarse a la realidad? ¿Cuándo podré deslizarme suave e impasible por la ciudad? Entre una página y otra, con el sesgo esperanzador de que dispongo de un buen libro y del encierro de la imaginación, el tren avanza, y yo casi no noto su desplazamiento; hasta que... “Buenas tardes, antes que todo quiero pedirles disculpas por mi olor...” Una voz femenina proviene de la fronda muchedumbre de viajantes. “Lo siento, pero tengo el estomago podrido.” Automáticamente mi respiración se vuelve lenta y pausada, todavía no había percibido ningún hedor y mi cuerpo ya estaba a la defensiva. De pronto, aparece un cuerpo menudo, de una mujer de edad indeterminada entre los 30 y 50 años. De piel parda y con un pañuelo por cabello. De frente oronda y sonrisa impregnada al rostro. Su voz era amena y de una honestidad estrambótica. En contraste con un cuerpo avejentado, su voz era alegre. Lo cual es inusual y poco práctico. Existen ciertas reglas implícitas para desempeñarse en el espacio público: Los artistas buscan la admiración, y dentro del tamiz están la virtuosidad y efectividad de violinista, seguido por el buen desempeño de un guitarrista y al fondo están los imitadores de Diego Torres. Por otro lado están los vendedores que buscan persuadir, con la escala entre los que ofrecen chocolates y los que venden imitaciones de bolígrafos. El tercer grupo es la paria, que busca la conmiseración. La clave es mostrase lo más desdichado posible, decir que son portadores de VIH, o mostrar una pierna tullida o simplemente mandar a sus hijos harapientos a repartir estampas; siempre manteniendo cierta distancia, física y espiritual, para poner en evidencia lo que sufren. Pero nunca mostrarse feliz ni familiar.

“Tengo el estomago podrido y no soy capaz de digerir”. Se comunica con optimismo, mientras traslucía ser terrateniente de su desgracia. No se amilana y continua con firmeza su discurso. “No tengo muchas energías y no soy capaz de trabajar mucho por mucho tiempo. Así que necesito su ayuda para poder comprar mi alimento. Me faltan siete pesos para poder comprarme una latita como esta.” Inmediatamente saca de su bolso una lata de algún líquido proteínico. “Al no poder digerir, me puedo alimentar exclusivamente de esto. Ahora solo me queda una lata, por lo que necesito su ayuda. El que me pueda ayudar, por favor, estaré muy agradecida.” No da un solo paso para que alguien le extendiera una monedas. Después de recibirlas hace cuentas y anuncia: “Ahora me faltan seis pesos.” Al haber dado seis pasos ya logra su cometido. Pero tiene un objetivo más y saca a relucir otra necesidad.

“Gracias por su solidaridad. Perdonen si los molesto de nuevo, pero yo necesito usar pañales. Obviamente no son como los de los bebés, sino de adulto. Y son un poco caros. En este momento llevo uno. Me estarían faltando veintisiete pesos.” Se señala la cintura y a la par saca de su bolso un pañal como ejemplo. El tono de su voz es el mismo, no hablaba con dolor ni estoicismo, era pura y llanamente de honestidad. “Como verán, por mi condición llevo una prótesis del intestino y no soy capaz de controlar mis excreciones” Mientras hablaba se acompañaba con ademanes de profesora parvularia. A este punto su honestidad era desmesurada y en extremo insólito. Los pasajeros la escuchábamos absortos. “Antes tenía un taponcito que me permitía esperar para ir al baño y luego evacuar. Pero me lo robaron y ahora debo usar pañales.” En ese momento la pregunta mental es ineludible «¿cómo alguien se roba la esfínter de otra persona, y sobre todo, por qué lo haría?»

Nuevamente no tarda mucho en volver a lograr su objetivo, y lo agradece. Yo, siempre oculto tras mi libro, la veo irse con paso lento pero armonioso. “Oh, dios” exclamo, y mi suspiro cae al suelo. “Oh, dios” lo repito aturdido, luego de un momento cavilación. Lo digo así, con minúscula, porque por mucho que lo nieguen, esta es una sociedad politeísta, llena de demonios que erran sobre la tierra, unos con el estómago podrido, otros que roban esfínteres por la noche y otros que permanecen impávidos y paralizados detrás de sus libros.

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El hombre de la calle 14. Camilo Egas. 1937.

 

Agustín Villavicencio A.