La vida por los colores

• Julio 7, 2014 •

La historia de Abdón Porte, un jugador que se mató por su equipo

El cinco de marzo de 1918, Abdón Porte, ídolo del Nacional de Montevideo, se pegó un tiro en el pecho. No podía servir a su equipo como siempre lo había hecho. Murió en el mismo instante en que nació su leyenda.

Abdón Porte vivía en la oscuridad mucho antes de apretar el gatillo. Por eso apuntó al corazón que, lo último que hizo, fue palpitar muy fuerte, dejarlo llegar hasta el medio de la cancha y, luego palpitar tan suave como para que la mano no le temblara. O sí. Tal vez sí le tembló. Nadie lo sabe. Las medias verdades y los misterios comenzaron apenas su cuerpo se enfrió.

Era la madrugada del cinco de marzo de 1918 y el Parque Central de Montevideo, nombre del estadio del Club Nacional de Football, estaba vacío. Porte respiraba por última vez bajo  la sombra de esa cancha que había presenciado el ocaso de su carrera profesional, bajo esos focos que ya no lo iluminarían.

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Querido doctor y presidente:

Le recomiendo a mi vieja y a mi novia.

Usted sabe, mi querido doctor, por qué hago esto.

¡Viva el club Nacional de Football!

Algo así diría la carta que encontró el canchero de Nacional, Severino Castillo, cuando llegó la mañana del cinco de marzo de 1918 hasta el centro del campo. Estaba dirigida al entonces presidente del club, José María Delgado, En su último mensaje, Porte pedía ser enterrado junto a los hermanos Carlos y Bolívar Céspedes, los primeros ídolos de la historia del Club. Castillo se la entregó a Delgado. Nadie más que ellos supo qué decía.

Se cuenta que antes de llegar hasta la cancha esa mañana, Castillo había tomado mate con su señora, que se había despedido como siempre, que al llegar al Parque había visto un bulto que desde la distancia confundió con una bolsa de pelotas que supuso alguien había olvidado la noche anterior. La leyenda extendida dice que fue el perrito de Castillo quien lo llevó casi a rastras hasta donde estaba el cuerpo de Porte. Nadie lo sabe. “Las cosas se van desvirtuando con el tiempo. Inclusive, uno puede ver la historia de diferentes maneras, dependiendo quién la cuenta”, dice Hernán Navascués, quien fue delegado de Nacional ante la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF) durante diecisiete años y hoy es secretario técnico del Club.

Navascués es bajo, flaco y tiene una mirada que parece saberlo todo. Dueño de una memoria prodigiosa dice que no es historiador. Aun así repasa la historia de Abdón Porte. Recorre los pasos firmes del relato y advierte sobre las zonas pantanosas que pueden aparecer justo al lado de una certeza absoluta.

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Abdón Porte nació en Durazno, un departamento ubicado en el centro de Uruguay, a poco más de doscientos kilómetros de Montevideo. Nadie sabe cuándo sucedió. Según Ignacio Pou, integrante de la Comisión de Estadísticas y Asuntos Históricos del equipo Nacional, fue a fines del siglo XIX. La Comisión aún investiga cuál es la fecha exacta. Pou cree que quizás una iglesia o parroquia tenga el dato, porque ellos eran los únicos que llevaban los registros aquellos años.

Se sabe con certeza que llegó a Montevideo en 1908, aunque no cómo. Que antes de jugar en Nacional lo hizo en los clubes montevideanos Colón y Libertad (hoy desaparecido), aunque no hay detalles de cómo pasó de un equipo a otro. Y que era hincha de Nacional de toda la vida. Nadie nunca dudó de eso.

Debutó en Nacional el doce de marzo de 1911 durante un amistoso ante el Dublin, un equipo de Montevideo que ya no existe. Dicen que lo hizo como defensa por la derecha. La gloria, sin embargo, le llegaría como volante central o half back, como se conocía a esa posición gracias a la terminología que los ingleses crearon casi en paralelo al deporte. Usaba la camiseta número cinco. Era musculoso, fuerte, de gran temperamento y excelente cabeceador. No era analfabeto pero tenía un nivel cultural  bajo. Provenía de una familia de clase media o media baja. Sin embargo, su importancia dentro del equipo era tal que, en su segundo año en Nacional ya lo habían elegido capitán, posición que no abandonaría hasta aquella madrugada en el centro del Parque Central.

Porte sentía que su vida giraba en torno a Nacional. Fue hincha antes que jugador; fue una figura idolatrada por su entrega y personalidad. Era conocido como “el Indio”. Tuvo una carrera exitosa: durante sus siete años en Nacional jugó más de doscientos partidos y ganó diecinueve títulos locales e internacionales, incluida una Copa América. Todo eso fue apenas dos años antes de recibir la única noticia que su personalidad le impedía sobrellevar: que el equipo de sus amores ya no lo necesitaba.

Pou dice que para entender la decisión de Porte hay que situarse en lo que era el fútbol en aquella época. “Los reglamentos todavía permitían cosas que hoy son impensadas, no había cámaras y sí muchas patadas. Los partidos eran muy crueles, las canchas estaban en muy mal estado y eso le fue pasando factura a Abdón”. Pou, tan hincha de Nacional como de Porte, cuenta con orgullo la anécdota en la que el capitán tricolor se lesionó la rodilla jugando un clásico contra Peñarol -el otro equipo grande de Uruguay- y siguió jugando. En ese entonces no se podían hacer cambios y Porte se negaba a dejar a su equipo con un hombre menos.

Con una nostalgia que sólo se entiende desde la pasión de un hincha que siente a su club y a sus ídolos como si fueran su propia vida, Pou dice que después de esa lesión, a Porte le costó volver.

Como la inmensa mayoría de los tricolores que hoy recuerdan a Porte, Pou nunca conoció al mito. Pou no vivió esa etapa en la que la directiva del Club (en esa época no había directores técnicos) le comunicó a Porte que su suplente natural, Alfredo Zibechi, comenzaría a tener más presencia en el equipo, lo que lo dejaba en el incómodo lugar de ser un suplente.

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 “Cuando un muchacho llega, por a o b, y sin previo entrenamiento, a gustar de ese fuerte alcohol de varones que es la gloria, pierde la cabeza irremisiblemente. Es un paraíso demasiado artificial para su joven corazón. A veces pierde algo más, que después se encuentra en la lista de defunciones. Tal es el caso de Juan Polti, half-back de Nacional”. Este es el inicio del cuento “Juan Polti, half back” publicado por el escritor uruguayo Horacio Quiroga en mayo de 1918. Se dice que Quiroga, amigo de José María Delgado –el presidente del Club–, tuvo acceso a la carta original que Porte le había dejado al presidente y que, inspirado en ella, escribió la historia de Polti. Hay quienes dicen que se sabe más de Porte por el cuento de Quiroga que por los directos participantes en los hechos: Delgado, el canchero, sus hinchas, su madre, su novia.

La Comisión de Estadísticas y Asuntos Históricos de Nacional tiene testimonios orales de la hija de Delgado contando que su padre tuvo la carta en su poder. Algunos sospechan que habría habido una segunda carta, pero ahí va otro paso en terreno pantanoso. Una o dos, nadie sabe tampoco qué pasó con ellas y no se descarta que Delgado las destruyera para que no se conociera su contenido. Delgado era conocido como un caballero de conducta intachable y se presume que si las desapareció, fue para proteger la intimidad de Porte.

Juan Polti, el personaje del cuento de Quiroga, decía: “Dragoneaba furtivamente con mayor o menor lujo de palabras rebuscadas, y adquirió una novia en forma, con madre, hermanas y una casa que él visitaba. La gloria lo circundaba como un halo. ‘El día que no me encuentre más en forma’, decía, ‘me pego un tiro’. Esas líneas, son, tal vez, un recuerdo de Abdón. Nada de eso, sin embargo, se sabe por Delgado. “El presidente se guardó mucha información. Por un tema de valores, de caballerosidad. La carta probablemente diría otra cosa que le confesaba ya que Delgado era como un padre para él”, dice Pou.

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Navascués —y su memoria prodigiosa— cree que el suicidio de Porte pudo relacionarse a problemas fuera del ámbito profesional. “Hay quienes dicen que él tenía una relación amorosa complicada y que eso podría también haber influido en la decisión que tomó. Pero son todas especulaciones”. La memoria colectiva, sin embargo, solo recuerda su desaventura profesional, su corazón roto por un club al que ya no podía defender. “Las leyendas no se matan”, dice Navascués como buscando una explicación.

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La decadencia física y futbolística de Porte eran notorias. Rondaba los treinta años y para esos tiempos de patadas sin cuartel y campos minados, era un veterano. Dicen que alguna vez hasta lo silbaron reprobando una actuación, algo que pocas veces le sucede a un ídolo en Uruguay. “Una cabeza que piensa poco, y se usa, en cambio, como suela de taco de billar para recibir y contralanzar una pelota de football que llega como una bala, puede convertirse en un caracol sonante, donde el tronar de los aplausos repercute más de lo debido (…) Pues bien: un día, Polti comenzó a decaer. Nada muy sensible; pero la pelota partía demasiado hacia la derecha o demasiado hacia la izquierda; o demasiado alto, o tomaba demasiado efecto. Cosas estas que no engañaban a nadie sobre la decadencia del gran half-back. Sólo él se engañaba, y no era tarea amable hacérselo notar”, relata Quiroga en su cuento.

El cuatro de marzo jugó su último partido contra el equipo montevideano de Charley. Nacional ganó 3 a 1. Al final del partido, Porte fue a la reunión con jugadores y dirigentes en la sede del club. Miró la hora para no perderse el último tren de la jornada hacia el barrio de la Unión, cercano al Parque Central, pero alejado de la vieja sede de Nacional (la actual se encuentra a solo cincuenta metros del estadio). Se bajó a pocas cuadras del Parque y caminó hasta la cancha, que provista de solo una tribuna oficial y tres taludes, no le ofreció demasiada resistencia a su paso.

A esa altura, Abdón Porte ya estaba muerto.

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Quiroga no fue el único que se enamoró de la historia de Porte. Su colega uruguayo Eduardo Galeano incluyó su propia versión del relato en su libro “El Fútbol a sol y sombra” bajo el título “Muerte en la cancha”. El cineasta argentino Armando Bó realizó la película “Pelota de cuero”, en 1963, con guión del periodista Ricardo Lorenzo Rodríguez “Borocotó”; trata sobre un jugador de Boca que se suicida al no ser ya parte del club que amaba. A ellos debería sumarse a cada hincha de Nacional, quienes todavía hoy reverencian a la figura del hincha por excelencia. Ese que cumplió con todos los requisitos que requiere el fanatismo: no solo tuvo el talento suficiente como para defender a su equipo en la cancha sino que fue capaz de entregar su vida por los colores.

Porte descansa en el cementerio de La Teja, uno de los más pequeños de la capital uruguaya. Está ubicado en el centro de un barrio obrero, cerca de los límites de la ciudad. Está junto a los Céspedes, tal como pidió.

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Porte nunca supo que su nombre se convertiría en un mito. En el 2000, cuando el Parque iba a ser reconstruido y los fanáticos tricolores se acercaron para llevarse los panes de pasto de la vieja cancha, el legendario Emilio “Cococho” Álvarez, otro de los grandes ídolos del club –jugó en Nacional entre 1959 y 1970 y se lo recuerda como uno de los mejores defensores uruguayos de todos los tiempos— pidió uno del centro del campo, donde una vez él se había roto la rodilla y donde “se mató Abdón”.

Después de la remodelación del Parque, la cancha ya no ocupa el mismo lugar que en 1918. Se reubicó dentro del mismo predio, a pocos metros y en una orientación diferente a la versión original. Esos detalles, sin embargo, no cambian el mito de que el medio del campo tricolor late al ritmo del corazón de Abdón Porte. Hoy, en el Parque Central, la “barra brava” de Nacional ocupa una tribuna que lleva su nombre. También le dedicó una bandera. El cinco de marzo de 1918 Abdón Porte salió de la oscuridad mucho mejor de lo que esperaba. El tiro que debía matarlo lo volvió inmortal.