Huasipungo en el siglo XXI: “el Icaza no nos conocía”

• Julio 16, 2017 •

Una mirada desde las Memorias de Andrés Chiliquinga a una de las obras clásicas de la Literatura ecuatoriana

 

Ilustración de Paula de la Cruz

Andrés Chiliquinga, un kichwa otavaleño, dirigente indígena y músico, hace un viaje a la Universidad de Columbia en New York, pagado por la Comisión Fulbright, para conocer la cultura americana y para hacer un curso sobre literatura andina. El viaje no solo es un encuentro y un descubrimiento de la literatura andina, de la historia, de la novela ícono sobre el indigenismo ecuatoriano, Huasipungo, sino también de su identidad.

Volver a mirar a Huasipungo en el siglo veintiuno es importante. Como escribió el jurista Ernesto Albán Gómez en la Guía Legal del 2 de junio de 2017, el libro de Jorge Icaza marcó la historia de la literatura ecuatoriana y latinoamericana: “Cumplió un papel fundamental como una denuncia descarnada de la situación de explotación brutal que sufría el indio ecuatoriano”. El libro de Carlos Arcos Cabrera Memorias de Andrés Chiliquinga permite ese retorno a la obra de Jorge Icaza.

La historia comienza en el aeropuerto de New York, cuando Andrés se enfrenta con un “negro” en migración. El oficial no lo atiende bien, y Andrés piensa “en mi país entre nosotros y los negros hay algo que no funciona. No nos llevamos.” Ya afuera, es recibido con un cartelito sostenido por un ecuatoriano migrante que apenas le habla. El hombre recoge su maleta, su guitarra, le da la espalda, que, según siente Andrés es “esa forma de distanciarse de mí, de sentir vergüenza, lo que me confirmó que no importaba el lugar del mundo en que me encontrara con un mishu —que son los que creen que no son indios, los cholos, los blancos— siempre reaccionaría igual que aquel hombre.” Le deja en la residencia universitaria. Andrés se siente tan diferente y disminuido en ese lugar que “todo me sobraba: mi sombrero, mi trenza, mis alpargatas, hasta mi forma de andar y mi cuerpo. Estaba de más.”

Andrés asiste a su primera clase. La profesora le pide escoger un libro para presentar a la clase. Escogió Hausipungo, aunque no lo había leído. Una de sus compañeras, María Clara Pereira, ecuatoriana que hacía su tesis doctoral sobre la literatura oral e identidad en los kichwas del Ecuador, se ofreció a ayudar a Andrés en la lectura y en la preparación de la exposición.

Las primeras páginas de Huasipungo le parecieron a Andrés difíciles. Pronto se interesó cuando descubrió que el protagonista de la novela de Jorge Icaza tenía el mismo nombre que él: Andrés Chiliquinga. Después tendremos conciencia que María Clara es descendiente directa de Alfonso Pereira (pero de ella hablaremos en otro monto). El plan para leer Huasipungo era aparentemente sencillo: ella le pide a Andrés que haga un resumen del libro y que ponga si estaba de acuerdo o no con Icaza. Lo interesante es que Andrés analiza la mirada de Icaza sobre los problemas de la población indígena. Está de acuerdo en las descripciones sobre el maltrato y sufrimiento, pero considera que “es propio de los mishus oscurecer lo que nosotros éramos y somos de verdad.” Icaza no cuenta de las sublevaciones, no reconoce el valor de la fiesta, exagera sobre la vida sexual de los indígenas (pegar a las mujeres para luego tener sexo); convierte en animal al indígena y no puede ver el corazón del indio: “nos hace aparecer como animales, yo diría menos que ellos, porque ningún animal pega antes de juntarse. Me da rabia cómo nos muestra.”

A medida que avanzaba y leía, encontraba más afirmaciones que no correspondían a la realidad. “Es injusto porque presenta a nuestras compañeras como unas desalmadas dispuestas a dejar a sus hijos por pasar unos días en casa del patrón.”  Andrés está en franco desacuerdo con el autor: “Icaza también nos mira con desprecio, como seres sin cultura y sin valores. Para el Icaza nuestros hijos son larvas hediondas y nuestras mujeres animales.” En algún momento de la lectura, sintió rabia: “El Icaza no nos conocía, decía solo media verdad. Su libro es una trampa y también ignorancia de nuestro mundo. Ni siquiera hablaba kichwa, no había visto el fondo escondido del corazón de los runas.” En otra escena Icaza, según Andrés, “nos muestra como asesinos, como caines de nuestros propios hermanos. Animales, menos que animales, y criminales, eso somos en la novela de Icaza. El pobre Icaza no conocía nuestros ritos funerarios y pensaban que eran un puro lamento parecido al aullido de un perro.” Al finalizar de leer la novela, Andrés llora indignado. “Me paré y grité, y el grito me salió de lo más hondo del pecho.” Piensa que si Icaza hubiese conocido el alma indígena “habría sido el más grande entre los grandes.”  

De vuelta a su curso, cada semana un compañero exponía una novela de un país andino. La exposición tenía dos partes. En la primera se exponía el contexto de la obra y en la segunda se hacía un análisis literario de la novela. Los estudiantes “hablan bien complicado, era como si estuvieran discutiendo desde hace años, escarbando frases y usando palabras que sólo ellos entendían. Es como un juego difícil y pesado.” En este momento Arcos Cabrera provoca un típico encuentro entre el mundo indígena con la academia. En las exposiciones se hablaban de teorías y de nombres extraños, que Andrés nunca había oído. “Ese grupo era una secta que tenía lenguaje secreto para hablar de libros que yo no conocía, de hombres que escuchaba por primera vez. Yo era un extraño en esa secta.” También tenía conciencia que los mishus “dejaban palabras sobre nosotros mismos y de repente esas palabras de a poco se iban haciendo parte de nosotros.”  Le entristecía darse cuenta que no sabía nada de la historia de los indígenas bolivianos y peruanos. “Me descubría en mi ignorancia, no era la ignorancia frente a otros libros ni otras culturas, sino sobre mí mismo.” Leer a Icaza para la exposición fue toda una revelación. “Pocos conocían al Icaza en la organización, yo mismo no sabía de su existencia hasta ese viaje. Todos los dirigentes deberían leerle.”  

Entre las calles de New York y las conversaciones con María Clara, Andrés reflexiona sobre el movimiento indígena del Ecuador. Recuerda cómo paralizaron el país en los 90, hasta su llegada al poder en el 99. Cuenta la historia de una prima, que fue a trabajar en el servicio doméstico en la ciudad y la encerraron por ladrona, a pesar del movimiento indígena y de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie): “seguimos siendo indios sin derecho a justicia, ni abogados, ni defensa, ni nada: ¡indios de mierda!, como se decía antes y se dice ahora.” En algún momento recuerda lo vergonzoso que fue para él en la escuela hablar en kichwa y ese concepto de que abandonar su cultura significaba volverse civilizado.

Una noche se le aparece en sueños el Andrés Chiliquinga de la novela de Icaza. Tocan la guitarra y hablan de los nombres inventados por Icaza en la novela. Al día siguiente, Andrés despierta muy contento. Le cuenta su sueño a María Clara, pero ella no lo toma en serio. Otra noche vuelve a aparecerse, hablan de las sublevaciones que no cuenta Icaza, de las imprecisiones del libro y hacen música. En la tercera aparición, el tocayo le habla a Andrés sobre la muerte de Cuchitambo que describe Icaza y la versión oficial: la tropa actuó en defensa propia, los indígenas habían desatado la violencia y los huasipungueros actuaron agitados por la internacional comunista. Finalmente, dice, que ambos —el personaje del libro y Andrés— son familia y le cuenta su origen: fue un indígena de Chimborazo recogido por unos Otavalos.

El último jueves de clase, Andrés hace su presentación. “Ignoré los resúmenes que había escrito y que tenía frente a mí. No solamente hablé yo, sino también mi  tocayo y pariente, a dúo.” María Clara se enoja pero Andrés le dice que quería hablar desde el corazón. Cuando visita por última vez la biblioteca y ve miles de libros que tenían seres atrapados en su interior, se convence de que “no eran ficción, sino una puerta para ver otra realidad. Los libros eran la ayahuasca de los mishus. Tal vez era su sabiduría.” Se despide de María Clara, a la que nunca más volvió a ver —al menos en esta novela: será la protagonista de la siguiente escrita por Arcos—, regresó a Ecuador, se retiró de la organización indígena y se dedicó de lleno a la música.

Huasipungo sigue teniendo vigencia para apreciar el pasado y el presente. El valor de la obra de Arcos radica en una mirada crítica a un libro icónico en las letras ecuatorianas y que merece ser leído y comentado. Pero la obra de Icaza no es solo denuncia de la explotación al indígena, que es el mensaje explícito del autor, sino también que refleja una mirada racista, que es evidente en las reflexiones que hace el personaje de Arcos Cabrera.

¡Ñucanchic huasipungo!, el grito que resume el despojo y la resistencia indígena no es un hecho de ficción de los años treinta. Es una constante en la historia del movimiento indígena que tiene varios siglos y que se refleja en el levantamiento de 1990, en la resistencia shuar contra la minería en Morona Santiago, en lucha por el agua en la Cordillera del Cóndor, en la existencia de los pueblos en aislamiento en territorio waorani y en los que se explota y se expande la frontera petrolera en el Yasuní. En otras palabras, seguimos siendo un país que discrimina, que irrespeta los territorios de los pueblos indígenas, que no logra construir el anhelado Estado plurinacional.