El músico efímero

• Noviembre 10, 2014 •

¿Por qué un hombre estudia cuarenta años para tocar un instrumento por cinco segundos en una sinfonía de dos horas?

Un percusionista permanece en silencio durante cuarenta minutos, escuchando con atención a sus compañeros de orquesta. Reconoce el momento exacto para intervenir. Y lo hace. “La presión es enorme porque solo hay una oportunidad para hacerlo bien”, dice Andrés Carrera, de la Orquesta Sinfónica Nacional. El percusionista menciona único golpe de platillos que tiene la Novena Sinfonía del compositor checo Antonín Dvorak para explicar la precisión que requiere su trabajo.

Durante cuatro décadas, Carrera ha mejorado su técnica para lograr que el sonido sea perfecto. Estudió en el Conservatorio Superior Nacional de Música y en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, y toca más de doscientos instrumentos. Dice que ya perdió la cuenta de las horas que ha practicado para participar en diversos conciertos. Algunas veces, para hacer intervenciones intercaladas, que duran apenas unos segundos.

¿Qué tan complicado es golpear un objeto? A diferencia de los músicos instrumentistas, los percusionistas deben desarrollar la habilidad de tocar varios instrumentos a la vez. Por ejemplo, con una mano el triángulo y con el pie, un pedal que toca un tambor. En algunas ocasiones, es un trabajo minucioso y veloz en ciertos músculos pequeños de las manos; en otras, se precisa golpear un instrumento con las palmas, mientras los pies se mueven a un ritmo diferente. Todo sincronizado a la perfección. Precisión que no siempre es reconocida. Suele pasarse por alto.

Las orquestas sinfónicas se parecen a los sistemas solares. La estrella que los mantiene en orden es el director, y sus planetas más cercanos son las cuerdas y los vientos. La percusión está en la última órbita, ese puesto final que da la apariencia de impertinencia. La percusión es Plutón: siempre en duda, distante, y, sin embargo, necesario.

El esquema se repite en todas las demás agrupaciones musicales: el baterista, al fondo. John Bonham, de Led Zeppellin, es uno de los percusionistas más reconocidos de la historia por alejarse del jazz y del blues tocando con golpes más duros y menos adornados, pero el primer nombre que se asocia con la mítica banda británica es la de su guitarrista, Jimmy Page. En la fama, como en el escenario, hay un orden establecido. Sí, Ringo Starr era un Beatle, pero tenía a tres Beatles delante de él. Fue siempre el menos popular de la banda más popular del siglo veinte. La historia no ha sido justa con él y su talento, a pesar de que artistas de la talla de Phill Collins lo consideran su mentor.

Para tocar algunos instrumentos de percusión, como el vibráfono o el xilófono se leen las notas en un pentagrama, como un pianista o un violinista. Para otros, como el redoblante, los platillos o el bombo, las notas no se leen como Do, Re o Mi. Se considera el tiempo que dura cada golpe, y se lee como negra, blanca o corchea. Por eso son considerados más fáciles de tocar.

La percusión no es sencilla. Los sonidos pueden variar dependiendo de la humedad del ambiente, la ubicación del percusionista, la fuerza del golpe o la forma en que se sostienen las baquetas. Detrás de lo que puede parecer un simple movimiento de la mano sobre un instrumento, hay un conocimiento y una técnica que pocos, como Carrera, dominan.

Por ese rol discreto, muchas veces oculto al fondo del escenario, Andrés sabe que cada músico tiene un papel irremplazable al momento de realizar un ensamble. Todos tienen que cumplir su parte porque el error en una nota, en un sonido, en un silencio, puede arruinar una obra maestra. Durante un concierto, Julián Romero, percusionista en la Orquesta Sinfónica Nacional de México, dudó al momento de golpear los timbales. Fue un resbalón ante la perfección. En una entrevista con el periodista mexicano Carlos Acuña, Julián contó que sabía que el director no tolera errores por distracción pero que al considerar que se trató de una equivocación por exceso de concentración, lo perdonó.

Para un percusionista, ese error puede causarle angustia durante semanas. Su oído afinado es una virtud tormentosa, sobre todo cuando hay intervenciones cortas. Hay músicos protagónicos que intervienen en varios momentos o durante todo el concierto, hay otros que aparecen como una sombra que irrumpe para hacer un movimiento que convierte una pieza en algo inolvidable. Andrés es uno de ellos. En una misma obra puede intervenir varias veces, para tocar un instrumento distinto cada vez, por tiempos muy cortos. Puede ser un golpe fuerte de tambor o ligeros golpecitos al vibráfono.

Para el público no será evidente lo que aporta ese sonido, quizás incluso pueda pasar desapercibido. Como la música que interpreta, Andrés pasa desapercibido entre una multitud. Es un personaje de un metro setenta, trigueño, de cabello oscuro, delgado, que se mezcla con los transeúntes de cualquier ciudad.

Andrés nunca ha buscado la fama. Recuerda que al final de una presentación en un colegio, decenas de niñas corrieron a buscarlo para pedirle un autógrafo. “Fue mi momento de estrella de rock”, cuenta riéndose. Firmó –más sorprendido que convencido– los pedazos de partitura que las emocionadas colegialas le arrancaron de las manos.

La música está llena de intervenciones efímeras y decisivas. En el segundo acto de La Boheme, del compositor italiano Giacomo Puccini, un tenor interpreta a Parpignol, el vendedor de juguetes, apenas por cinco segundos, tiempo suficiente para sumar al engranaje musical y convertir el conjunto en una obra maestra.

Solo los oídos de un experto captan los sonidos del percusionista. La ausencia de ese movimiento melódico, sin embargo, muchas veces provoca que quien escucha con entrega, sienta que falta algo, aunque no logre distinguir qué. El hombre que sí distingue estos instantes, nació el 31 de septiembre de 1969, y fue bautizado como Luciano Andrés Carrera. Dice que, antes que cuentos infantiles, aprendió a leer partituras. A los cuatro años se descubrió golpeando tarros vacíos, latas viejas, cajas de cartón, e imaginó que, quizás un día, lo haría ante un público que compartiría por unas horas ese amor incondicional que él descubrió en la música.

Ese amor fue una herencia: su abuelo y padre fueron músicos. Quizás fue a través del ejemplo, o tal vez, de los genes. Este traspaso de afinidades artísticas se explica por un estudio realizado por Nokia y el Departamento de Investigaciones de Gemelos de Kings’ College en Londres. En él se reveló que no solo el entorno cultural determina los gustos musicales de los niños, sino que habría información genética que los predispone a que disfruten más de la música clásica o del rock.

El abuelo de Andrés, Mesías Carrera, escuchaba música clásica. Fue un personaje conocido en Zámbiza, parroquia rural quiteña, por dirigir varias bandas de pueblo y fundar la de su parroquia, componer más de ochocientas canciones populares y por lo menos ocho misas folclóricas, y formar a la gran mayoría de músicos de la zona. Con ese entorno, Luciano –hijo de Mesías, y padre de Andrés– se contagió y lo convirtió en su forma de vida. A los catorce años, Luciano ingresó a la Orquesta Sinfónica Nacional. Es el músico más joven en formar parte de esa agrupación. Por eso cuando sus dos hijos decidieron dedicarse a lo mismo, nadie se sorprendió: era ya una tradición en la familia. Hoy, tres de los cuatro Carrera permanecen en la Orquesta Sinfónica: Luciano y Fernando –su hijo menor–, son flautistas, y Andrés, percusionista y cantante; es barítono ligero, una voz muy cercana a la del tenor.

De niño, cuando golpeaba objetos para generar nuevos sonidos, supo que la música sería su vida. Entonces se dedicó a aprenderla, entenderla, abrazarla y difundirla. Andrés la comparte con sus alumnos. Uno de los primeros ejercicios que practica con ellos es “Pass the pigs”. Es un juego de niños de la cultura anglosajona que consiste en lanzar un par de cerditos de caucho sobre una mesa. Funcionan como los dados, solo que el puntaje que se obtiene depende de la posición en la que caigan los animalitos de goma, se acumula uno, dos, tres o más puntos. Cuando les pide hacer el ejercicio, al principio, sus estudiantes no entienden de qué se trata, pero cuando aprenden las reglas y los trucos, quedan fascinados e intentan que los cerditos caigan de tal forma que quien los lanza, pueda obtener el máximo de puntos. “El truco está en el conocimiento, una vez que entienden el mecanismo, encuentran la gracia”. Y eso pasa también en la música, dice, sabrán disfrutarla más, quienes conozcan más sobre su historia, sus personajes, sus significados.

Andrés ha sido profesor durante más de veinte años, pero sus alumnos favoritos están en casa: sus tres hijos también se han entregado a la música. La mayor, la estudia en la universidad. Hace unos años, cuando se presentó en Quito la ópera Carmen de Bisset, cinco miembros de la familia estuvieron en la obra: Andrés cantó, su padre y hermano estuvieron en los ajustes y sus dos hijos en el coro. Fue un hecho histórico que tantos miembros de una misma familia estuvieran en el ensamble.

Entre el canto, los instrumentos de percusión, sus clases en entidades educativas, la Orquesta Sinfónica Nacional y el Conservatorio, Andrés agota sus días. Para él, el talento no es suficiente si no se combina con esfuerzo. “No se trata solamente de asistir a clases o de darlas, sino de entregarse”. Sus estudiantes notan esa dedicación. Desde hace tres años, Nicole, de diecisiete, asiste las tardes a clases de canto. Desde muy pequeña le gustaba cantar pero no fue hasta que conoció a su profesor, que pensó que como él, quizás ella podría vivir de su pasión. Con él, ha aprendido técnicas de respiración, de expresión corporal en el escenario, de adecuación de la voz. Aprende de sus anécdotas personales y se ríen juntos. Ella, al igual que Doménica –otra de sus estudiantes–, siente que Andrés no está en el aula solo para cumplir con un trabajo, sino por amor a su música, y eso las inspira.

Esa dedicación se evidencia en casi todos sus gestos. Cuando toca los instrumentos y golpea con precisión quirúrgica los tambores o el vibráfono; cuando entrecierra los ojos, como quien aprovecha para deleitarse con cada movimiento, mueve la cabeza al compás de la música, sonríe leyendo las notas; cuando practica la batería junto a su estudiante, Isabela, y repasa las partituras, insiste en que cada golpe de baquetas debe quedar perfecto, mueve ligeramente el cuello, y se acerca al tambor para acomodar el oído y recibir el sonido que busca; cuando graba en un estudio el fondo musical para un disco navideño, e insiste en mil correcciones, pide repetir una y otra vez, hasta que quede tal como debe quedar; cuando baja de la tarima luego de un ensayo con la Orquesta Sinfónica, sonríe y cuenta con emoción el próximo concierto que dará. La emoción que le imprime mientras habla, hace que nada de lo que dice suene rutinario. Su pasión convierte cada acto en un nuevo comienzo.

Andrés intenta equilibrar su vida musical con el tiempo que le dedica a su familia. Su esposa toca el piano y es maestra de música y, con sus tres hijos, tocan en familia. Andrés también es caricaturista y le encanta el fútbol, es hincha de la Liga Universitaria de Quito. Aunque es pasional con la música, no lo es con el fútbol. Nunca se ha peleado por un partido o un gol. Andrés sale de sus clases en la tarde y procura estar en casa antes de las siete de la noche. Sabe de las exigencias de la música, pero cree que a diferencia de muchos otros de sus compañeros músicos, ha encontrado un equilibrio entre su familia y su pasión. Al momento de escuchar música, su agudo oído, prefiere no restringirse. Admite que tiene una debilidad por lo clásico, considera que es la base para todo lo demás. Explica que Night Fever de los Bee Gees contiene partes de obras de Frédéric Chopin, Bethoveen y del compositor ruso Modest Músorgski.

Andrés ríe con facilidad, viste con pulcritud, habla con soltura y contagia su fascinación musical. Dice que es difícil vivir de la música en el país, pero él lo ha logrado y convence a sus estudiantes de que con talento, esfuerzo y convicción pueden hacerlo también. Nota que el rasgo común de quienes se sienten atraídos por este arte, es su temprano acercamiento, la curiosidad por conocer más de un instrumento, por explorar un sonido que surge de un golpe, una tecla o una cuerda. La curiosidad que apareció a los cuatro años y lo acompaña hasta hoy.

Luego de más de veinte años enseñando en el Conservatorio, en octubre del 2014 dio su última clase allí. “No se puede enseñar música como se enseña cualquier otra disciplina”, dice con melancolía y explica que hay cambios, de mandos superiores, que complican el trabajo. Con él, más de una decena de sus alumnos decidieron retirarse. Eso le apena, pues recuerda que de esas aulas han salido grandes músicos que han partido hacia Rusia, Rumania y Estados Unidos.

Andrés es como una sombra. En el escenario, mientras repasa con la Orquesta Sinfónica Nacional para el concierto que dio el cantante colombiano Fonseca, apenas se lo ve. Los protagonistas, como siempre, son otros. Él, discreto, es un detalle, un sonido, un movimiento. Termina el ensayo. Los músicos se apresuran a salir. Andrés aparece como un fantasma junto a las gradas, con su sonrisa fácil, su camisa a rayas, su pantalón gris, su chaqueta azulada, sus lentes antiguos, su cabello bien peinado, su pequeña maleta negra con las partituras. Es un hombre común. En la calle nadie pensaría que sus manos se mueven con rapidez, con parsimonia, con precisión, con exactitud, según el instrumento y la orquesta lo requieran. Nadie imaginaría que su voz conmueve en una ópera. Como en el escenario, en la vida, Andrés ha aprendido a manejar ese discreto encanto: sin su presencia, nada en la orquesta sería igual. 

 

 

*Ilustración de Francisco Galárraga