Cultura: La década de la deuda pendiente (y el desafío del nuevo gobierno de pagarla)

Mariana Andrade
• Mayo 23, 2017 •

Por primera vez en la historia republicana el Ecuador tuvo un Ministerio de Cultura. Después del entusiasmo de su creación, sus primeros diez años de vida nos dejan como saldo una institución que no ha sido capaz de difundir los extraordinarios proyectos culturales que ha apoyado con sus fondos y solo ha servido para engrosar archivos administrativos y roles de pago burocráticos.

Durante la última década, el Ministerio de Cultura ha sido algo similar a una Arena de lucha libre: un gran coloso que hace de escenario para que luchadores enmascarados se enfrenten entre sí en tremendas demostraciones de habilidad y destreza. Son amados o repudiados por el público, que siempre espera ver que su preferido deje todo en la pelea. Pero lo que no se sabe, ni nunca se sabrá, es si esos luchadores son de verdad o si parte de una ficción bien montada. Cada uno de los diez ministros de Cultura que ha tenido el Ecuador han sido como esos luchadores. Con un estilo muy particular dijeron estar en la Arena en defensa de los intereses del sector cultural. Pero fue difícil saber si eran reales o protagonistas de su propia novela. Como fueron personas reales, pero parecían estar en una intrepretación de parapetos, les he asignado a cada uno un personaje famoso de la lucha libre para hablar de su gestión. Son historias, anécdotas simples que narrarán lo que ha vivido el sector cultural del Ecuador desde 2007. Contaré lo que se escuchó en los pasillos, lo que se dijo en algún café o reunión social,  o lo que vivimos directamente.

Si el balance es pertinente o no, si cada uno de los luchadores, digo ministros, fueron útiles para la gestión cultural, si fueron sujetos-objetos de un proyecto político, si dejaron huella, si solo fueron funcionales a la Revolución Ciudadana, o a lo mejor solo fueron personajes de un cómic que me he inventado en estos días de diluvios, campañas y cambios, lo decidirán los lectores. Lo cierto es que son parte del pasado —aunque creo que serán parte del futuro— y seguro los encontraremos pronto en otros cargos públicos.

Místico Preciado

15 de enero de 2007 - 18 de febrero de 2008

El Ministerio de Cultura tuvo al poeta Antonio Preciado, una de las voces más relevantes de la literatura afroecuatoriana, como su primer titular. Sus primeras reuniones las hizo en el Hotel Tambo Real de Quito (que de Ministerio no tenía ni las gradas), pero que funcionó como primera y prestada oficina de la institución creada mediante decreto en 2007. Era la época en que el problema no era la plata, porque había de sobra, sino el mismo proyecto de Cultura: eso era lo que no había.

Preciado cargó con el peso y la emoción de ser el primer Ministro de Cultura de la historia. La misión que se le encomendó fue ejecutar el presupuesto asignado. Empezó a entregar a diestra y siniestra los recursos, aunque los de la siniestra siempre tuvieron ventaja porque cada vez que Preciado leía una propuesta con algo referente a Eloy Alfaro, las Manuelas o el Che, ponía el ejecútese de inmediato.

En rigor, estos fondos no tenían nada de concursables. De entregables, mucho. Trajo de su tierra a muchos colaboradores a trabajar en Quito (hasta ahora podemos disfrutar de la calidez de los esmeraldeños que sobrevivieron a varias administraciones posteriores) a unas oficinas prestadas por la antigua Agencia de Garantía de Depósitos (AGD).

A pesar de su entusiasmo, Preciado enredó al sector. Si antes el sector cultural andaba suelto a su libre albedrío, la creación de este Ministerio y de posibles fondos, puso a todos a correr y a trabajar para conseguirlos. 

Ahí se empezó a fregar y confundir todo. Su mayor logro fue adquirir el edificio de la avenida Colón y Juan León Mera en Quito, al que decoró con unas pesadas cortinas barrocas. Lo llamó Centro Cultural Nacional porque tenía desde una sala de exposiciones, una biblioteca, una librería, un auditorio, un archivo sonoro y audiovisual, un museo, una sala de prensa, una cafetería, conexión a Internet y una fotocopiadora. Construyó, anexo al edificio (ah no, perdón, al Centro Cultural Nacional), la Plaza de las Culturas, a cuya inauguración asistieron desde el presidente Correa hasta los Ministros de Cultura de Cuba y Venezuela. Recuerdo claramente que el Presidente dijo en esta inauguración “que el Ministerio debía ser suscitador”. También dijo una frase de un realismo mágico único: “La patria maravillosa enrasimándonos salvajemente por siempre”.  Nunca entendí lo de sucitador, y peor lo otro. Vaya palabra: en-ra-si-mán-do-nos. La Plaza de las Culturas era una pequeña placita donde además almorzaban riquísimo los funcionarios y los transeúntes a tan solo dos dólares y medio. Los almuerzos se servían con postres junto a unos enormes tótems que tenían formas de Valdivias pero dudo que los comensales supieran qué mismo representaban.

Preciado fue conocido por interrumpir reuniones eternas —sobre temas complejísimos— para decir,  solemnemente: “Déjenme primero deleitarles con este poemita”. Escucharlo era maravilloso porque sacaba a todos de la tensión del momento. Aunque el tiempo apremiaba para tomar decisiones, él siempre tuvo suficiente.

Blue Panter Mora

20 de febrero de 2008  - 10 de enero de 2009

Refundando siempre nuevos pueblos, Galo Mora llegó al Ministerio seguramente castigado por algo que al 001 (el apodo que le pusimos los gestores al Presidente, que 007 le quedaba corto) no le gustó. No se supo nunca por qué entró, pero tampoco por qué salió. Duró poco, 11 meses. Fue un ministro transitorio, como esos amores fugaces en los que uno cae después de una relación larga. Era, también, una pieza polifuncional: dispuesto a estar donde fuera requerido. Del Ministerio pasó a ser Secretario Particular del Presidente, para luego convertirse en Secretario General de Alianza País.

De su gestión podemos decir que organizó unos talleres (en realidad lo hizo su viceministro, que luego sería Ministro) y publicó unos Cuadernos de Talleres de Gestión Pública de Políticas Culturales. Eran las memorias de algo así como talleres y mesas de capacitación para que los artistas y gestores nos profesionalizáramos, reflexionáramos, maduráramos y socializáramos, porque de tanto andar a la libre y a nuestras anchas, no habíamos aprendido de la experiencia de otros. Estos talleres eran la base de la creación de las Escuelas Itinerantes de la Cultura. Si alguien del sector los leyó, no lo sé. Yo al menos no lo hice. Y es probable que duerman el sueño eterno de las gavetas de los burócratas.

Del ministro Mora tengo el recuerdo también de que era un as para una noche de guitarras, charangos y quenas. Para un karaoke con un buen cancionero de los años 70,  insuperable.

Atlantis Noriega

15 de enero de 2009 - 20 de abril de 2010

Ramiro Noriega entró sin querer queriendo al Ministerio. Fue viceministro de Galo Mora, posesionado como tal en el mismísimo Salón Amarillo de Carondelet. Se enteró de que era el nuevo ministro mientras estaba en un desfile en Cuba. Así, como si nada, se lo anunció el 001.

Se tomó en serio el Ministerio, la Ley y la entrega de recursos. Organizó los Fondos Concursables estancados desde la época de Preciado, pero se olvidó de que también debían ser ‘cerrables’. No estableció los procesos necesarios para que los cientos de gestores que recibían dinero público supieran cómo terminar los convenios, becas, auspicios y todo lo que obtenían. Ahí empezó un calvario interminable. Pero también empezó a ejecutar, finalmente, el presupuesto, pues el Ministerio devolvía la plata de lo lindo a su par de Finanzas por no hacer los gastos programados. Noriega creó el Sistema Nacional de Festivales y empezó a diseñar el Sistema Nacional de Cultura, base de la Ley vigente desde 2016. Se enfrentó a los artistas y gestores que, en las propias palabras de algunos beneficiados, “tenían partida presupuestaria en el Ministerio de Educación”.

Fue el primer ministro que trabajó a fondo la propuesta de Ley de Cultura. Para eso, convocó a decenas de asambleas provinciales de los distintos sectores de la Cultura. Convocó a los 100 días de la Cultura, que culminaron con el Encuentro en Montecristi en las instalaciones de Ciudad Alfaro, el mismo recinto donde se redactó la Constitución de 2008. Ahí reunió a fariseos y cristianos. A todos los invitados, funcionarios y gestores, nos hospedaron en el Hotel Gaviota de Manta. Pudimos dialogar en mesas de trabajo sobre las demandas del sector entre nosotros y lo que debía contener la Ley. También encontramos en el bus que nos llevaba cada día a Ciudad Alfaro mensajes de amor de la noche anterior, entre dos asistentes al encuentro. Gajes del oficio cultural.

Noriega fue el primero en hablar de la Cuenta Satélite de Cultura que permitía, finalmente, cuantificar el aporte del sector al PIB. Pero esto para muchos es y sigue siendo un cuento chino y no se sabe si hay, o no. Noriega prescindió del uso del auto particular que le asignó el Estado y también despachó a su comitiva de seguridad. Vetó las gafas negras de su guardia personal y los vidrios polarizados. Les prohibió a los subsecretarios subirse a los autos con “aire de superioridad” o de “pelucones” y dio una orden terminante: “Al que le vea subirse al auto con gafas, le quito el auto”.

Fue un ministro que nunca se quitó su pantalón de pana. En una oportunidad, y en plena reunión acalorada con un grupo de cineastas, pareció que saltó por la ventana de su despacho, en la terraza conocida como piso T. Los cineastas pensaron que de verdad se había lanzado sin entender el motivo. Cuando se asomaron a ver qué había pasado, descubrieron que se había ido al piso siguiente por una escalera de emergencia. Así era el ministro Noriega.  

Para él fue importante luchar contra la corrupción del sector. No robar, ni dejar robar. No sólo desde los fondos públicos, sino también  desde el tiempo de trabajo.

Luego el 001 lo sacó, sin más. Hay que reconocer que dejó su cuerpo en la Arena. Fue reemplazado a medio camino por compromisos políticos. No se supo bien porqué, pero a París se fue.

Lady Candice Silva

21 de abril de 2010 - 8 de mayo de 2013

Ni bien se posesionó Erika Silva como Ministra, su marido preguntó dónde estaba el auto que había sido retirado por su antecesor. Llegó llena de títulos académicos. Tenía una campanita para llamar a su secretaria (campanita que fue reemplazada por el pito de policía del siguiente ministro). Se rodeó de un grupo privilegiado de mujeres inteligentes, bellas y hábiles de la Academia, pero un poco alejadas del campo cultural. Pocos entendían lo que querían decir en sus discursos —había, prácticamente, que traducirles para que hagan contacto. Chicas fashion, francesas y afrancesadas, pero bien socialistas. Con este equipo, Silva instauró el matriarcado en el Ministerio. Igual que en la escuela primaria, estas chicas se enojaban si eras amiga de la una o de la otra. Te eliminaban del Facebook o del chat del Blackberry sólo porque habías salido a almorzar con otra de ellas.

Silva le dio estructura orgánica y administrativa al Ministerio. Finalmente se supo que la vice está debajo de la ministra, que las subses están debajo de la vice, y que el resto de directores estaban bien debajo de las del piso de arriba. Inició el engorroso proceso de traspaso de las áreas culturales del Banco Central del Ecuador, museos, bibliotecas, archivos. Todavía recuerdo el letrero que pusieron en los exteriores del Museo Antropológico y Arte Contemporáneo —el difunto MAAC de Guayaquil—, producto de ese traspaso: “Aquí termina la Fundación Malecón 2000 y empieza el Ministerio de Cultura” para demarcar hasta dónde el Malecón 2000 era territorio del gobierno nacional y hasta dónde del gobierno local. Las rendiciones de cuenta de Silva en la Capilla del Hombre fueron inolvidables: con todos los funcionarios vestidos en trajes de pueblos indígenas para recibir a los invitados y flores en el piso.

Silva también hizo políticas, hay que decirlo. Publicó un gran folleto en el que habló de Industrias y Emprendimientos (que nunca se emprendieron), de la Memoria Social, la Descolonización, y hasta de las Nuevas Identidades Ecuatorianas —nueva jerga obligada que los gestores debíamos incorporar en todos los proyectos que presentáramos (y pobre de aquel que no lo hacía...), pero hasta hoy no logro descifrar cuáles mismo eran (o son) las nuevas identidades ecuatorianas.

Erika Silva cerró el 95% de los procesos abiertos por sus antecesores. Fueron miles de proyectos los que se lograron concluir con las chicas del matriarcado. En este periodo, nuevamente, se volvió a revisar el proyecto de Ley, y una nueva versión llegó a la Asamblea Nacional, aunque para entonces habíamos perdido ya la cuenta del número de borrador en el que estábamos.

A pesar del impulso femenino de su gestión, tuvo un viceministro que en lugar de llamar a las mujeres del Ministerio por su nombre las trataba de “mijitas”. El funcionario pretendió en un encuentro de cineastas en Manta que los gestores le invitemos no solo a su ceviche y a su cerveza, sino los de sus cuatro “mijitas” acompañantes.

La gestión de Silva fue la que más duró. Y, aunque la misma se caracterizó por apagar incendios provocados por sus antecesores y el cierre de los miles de procesos abiertos, finalmente el Ministerio tuvo estructura orgánica. Se diferenciaron los pisos y hasta servicio médico se creó.  Sin embargo, a pesar del orden y la estructura que le dio al Ministerio en Quito, a nivel nacional se mantenía la misma estructura pero con más burocracia, la Casa de la Cultura Ecuatoriana (CCE) seguía intacta y la Ley… ¿de cuál Ley era que estábamos hablando?

Electroshock Velasco

8 de mayo de 2013- 11 de septiembre de 2014

El 8 de mayo del 2013 fuimos sorprendidos todos por el nombramiento de Paco Velasco como quinto ministro de Cultura de Rafael Correa. Su gestión se cruzó con el Mundial de fútbol de Brasil, por lo que fue común ver el despacho ministerial cerrado durante los partidos. Todos los asientos de la avenida Colón saltaban con los gritos de cada gol que el ministro festejaba. Muchos empezaron a llamarlo Hulk por su poca paciencia y pocas ganas de revisar nada. Curtido en las lides políticas y estratega de guerras duras, no le importaban mucho ni los reclamos de los gestores, ni los sistemas, ni algunos proyectos que sus antecesores habían creado. Parecía tener su propia visión de la gestión cultural. Tal vez llegó solo para enfrentar el cambio de gobernanza de la CCE, a cuyo presidente de entonces, Raúl Pérez Torres, no le daba ni cita. Clausuró proyectos emblemáticos a nivel nacional sin justificación razonable alguna. Fue un clásico de su gestión, las razones que puso para terminar con el Programa de Residencias “Artea”, que llevaba artistas a crear una obra en la Antártida: “Si quieren nieve, ahí tienen de sobra en el Chimborazo”.

Tal vez, para él todo estaba cruzado por la posición política: alineados o no, eso era lo que quería saber de gestores y artistas antes de cualquier otra cosita. Al fin y al cabo, a los artistas, según él, y lo dijo públicamente, “nos veían sólo como como gente a la que nos gusta estar acostados tomando trago”.

Fue también conocido que la planificación del Ministerio se decidía durante los partidos de fútbol que disputaba el equipo ministerial con el de la Secretaría Nacional de Planificación y Desarrollo (Senplades). Si perdía Cultura, se daba de baja proyectos. Así sin más.

Fueron célebres sus rendiciones de cuentas donde daba a los asistentes una infinita secuencia de cifras, datos, cuadros y plantillas. Amaba el Power Point. Aclaró siempre que la Cultura no era prioritaria para el gobierno de la Revolución Ciudadana. El sector cultural debía esperar para tener un mayor presupuesto de inversión hasta que al menos se construyera la Refinería del Pacífico o se convirtiera en gasolina el petróleo del Yasuní.

Velasco inauguró la Universidad de las Artes y si bien aumentó el presupuesto para los Fondos Concursables —muchos de los cuales priorizaron programas de radio-teatro, novelas gráficas y la edición de música nacional— los gestores tuvieron que someterse al excesivo ánimo regulador del Ministerio.

Cuando salió dijo: “Es difícil que un forajido se convierta en una momia coctelera”. Y parece ser cierto: no hemos sabido de él desde entonces.

Fantasma Borja

16 de septiembre de 2014- 25 de marzo de 2015

Francisco Borja llegó al Ministerio sin que —otra vez— se supiera por qué fue nombrado, pero llegó malhumorado. Nadie puede dar fe de que su gestión realmente existió. Declaró públicamente que nunca hay que revelar los planes y programas porque si se lo hace se maleaban, como si se cortara un manjar de leche antes de ser servido. Sin embargo, como buen diplomático que es (se desempeñaba como Embajador de Ecuador en Chile antes de ser Ministro y ahora ejerce las mismas funciones en Estados Unidos), su trato gentil con los funcionarios alivió, de alguna manera, las heridas dejadas por Paco Velasco. Se fue sin pena ni gloria. Apenas alcanzó a hacer una nueva rendición de cuentas en el Teatro Nacional. En esa ocasión alcanzó a anunciar que invertiría 11 millones de dólares en un teatro en Loja.

Love Machine Long

25 de marzo de 2015- 3 de marzo de 2016

El noveno ministro, Guillaume Long, llegó con revuelo sobre todo porque a más de una se le movían las pestañas con solo verlo. Según sus propias palabras “era el único capaz de quitarle las fans al mismísimo presidente Correa”. Asumió el Ministerio, pero en realidad era el canciller del gobierno. Viajó por todo el mundo encargando a su viceministra, Ana Rodríguez, el despacho y el casi oxidado proyecto de Ley, que se convirtió, durante su gestión, en secreto de Estado. Dijo que debajo de nuestra piel estaba el maestro Guayasamín  (¡diosito, y no nos habíamos enterado!) y que todos los ecuatorianos sin distinción, nos identificábamos a profundidad con la obra del pintor indigenista. También dijo que la Cultura era una responsabilidad de cualquier gobierno porque no se puede transformar la sociedad sin arte y sin cultura: la misma, dijo, establecía nuestros criterios políticos e ideológicos —ósea, que determina qué mismo somos y qué mismo pensamos. O algo así.

Por eso los artistas debíamos recuperar la piel y el espíritu de Guayasamín que habíamos perdido de puros malagradecidos.Repentinamente fue llamado por el 001 para ocupar su tan anhelado cargo oficial de Canciller, dejando todo en manos, ya oficialmente, de su viceministra.

¿Que más hizo? Ya no me acuerdo porque, como digo, siempre estuvo de viaje.

Molly Holly Rodríguez

3 de marzo de 2016- 2 de mayo de 2016

Ducha ya en el juego político, y en la gestión pública de Cultura pues su historial data desde los tiempos del exalcalde Barrera, Ana Rodríguez asumió el Ministerio y se convirtió en la octava ministra (encargada, que no es lo mismo que subrogante). Fue conocida por su extrema habilidad para manejarse tanto en el campo público como privado. Cayó parada siempre en cualquier situación por más engorrosa que fuera, sin despeinarse ni un solo churo, ni enlodar sus botas de charol. Se concentró en la construcción del milésimo borrador del proyecto de Ley. Cerró el Museo Nacional y embodegó las colecciones, diciendo que solo era por un ratito mientras se realizaba la conferencia de Urbanismo de las Naciones Unidas Habitat 3 en las instalaciones de la Casa de la Cultura, sede del Museo Nacional. En un comunicado publicado en la página web del Ministerio, se dijo además, que el cierre del museo se debía a un “proceso de reconceptualización de los espacios y discursos del Museo Nacional”. Hasta ahora, ni lo uno ni lo otro.

El presupuesto, de tanto no ejecutarse en todas las administraciones anteriores, terminó por mermar todos los proyectos posibles. Al final, ya no hubo con qué pagar nada de nada, y el Museo Nacional tampoco se pudo reestructurar. Esta y otras colecciones, fueron también inventariadas y embodegadas. Nadie hasta ahora sabe dónde mismo están.

A sabiendas de que solo estaba de ministra encargada y como buena pedagoga y conocedora del sector que es, Ana logró terminar finalmente el borrador de la Ley que sería revisado y aprobado por la Asamblea. Sin embargo, pocas semanas después, se enteró por decreto público del 001, que ya tenía reemplazo y que ‘muchas gracias por dar cuidando el puesto’. La Ley, que ahora sí se podía conocer, quedó en el escritorio de su reemplazo para el empujón final.

Bonus Track Vallejo

2 de mayo de 2016- 24 de abril de 2017

Al mejor estilo de Batman y Robin, y después de haber demostrado fidelidad absoluta al régimen, Raúl Vallejo se convirtió en el noveno ministro, quizás como premio consuelo del 001 por haber perdido las elecciones de la Universidad Andina. Llegó en dupleta con Juan Martín Cueva como su viceministro de Cultura.

Vallejo, hombre de letras, y Cueva, hombre de cine, ya habían trabajado juntos en Colombia, como Embajador y Agregado Cultural, respectivamente. Cueva había renunciado hacía poco a la dirección del Consejo Nacional de Cine cuestionando duramente la forma en que se estaba construyendo la Ley, cuando fue convocado por Vallejo para ser su vice.

Este dúo dinámico tenía tareas específicas. El ministro Vallejo se ocupaba (una vez más) de la Ley de Cultura y de dos proyectos emblemáticos —la Feria del Libro y el Festival de Teatro de Loja, que por mandato del 001 debía ser el mayor éxito de la historia teatral del país—, Cueva se desempeñaba como community manager en Facebook, desde donde emitía noticias, aclaraba situaciones, lidiaba con broncas del sector y hasta opinaba de los chismes más candentes del arte y la cultura.

Finalmente, y luego de casi 10 años, la Ley fue aprobada en la Asamblea Nacional el 30 de diciembre del 2016.  

Sin embargo, después de haber anunciado en el Sistema de Contratación Pública, SERCOP,  la licitación para la producción del Festival de Teatro de Loja de este año,  repentinamente Vallejo presentó su renuncia irrevocable. Aún se especula sobre las verdaderas razones de su salida, pero, como antes, nunca hubo una explicación oficial.

Huracán Arauz

25 de abril de 2017- 24 de mayo de 2017

Andrés Arauz es el ministro número 10 a solo un mes del cambio de mando. Joven patriota a quien conocí y escuché en uno de esos discursos efusivos que dicen los ministros cada 24 de mayo. Llegó con su equipo del MCCTH (si no saben que significan las siglas, les digo: Ministerio Coordinador del Conocimiento y Talento Humano) a arrasar porque su tiempo para cumplir con las últimas comandas del 001 fue limitado. En sus poquísimas semanas sacó, literalmente, todo y a todos —sobre todo a los que Vallejo no pudo sacar. En un encierro de fin de semana armó estatutos, reglamentos, plantillas y todo lo demás, anunciando, o más bien sin anunciar, que hasta el Archivo Nacional a Montecristi iría a parar.

Desmontó subsecretarías, coordinaciones, direcciones y todo lo creado. Decidió transferir el Instituto de Fomento para las Artes, Innovación y Creatividad creado según la Ley aprobada recientemente a Guayaquil de una, sin siquiera hacer las consultas respectivas para ver si es pertinente o no. Ofreció mandar la Biblioteca Nacional a Guaranda y, ya que Manabí es todo ahora, el Instituto de Cine tendría una sede en Chone (parece que al fin Chonewood será una realidad). Volaron estructuras, mesas, sillas, proyectos, ideas y personal. Sin embargo, al final, parece que un rayo de luz lo iluminó porque, en tanta confusión, aunque sea el Archivo se pudo salvar y hasta dijo que lo va a fortalecer (para lo cual cuenta con ayudas de la Cancillería).

En fin, tanto apuro para nomás de asignar por invitación directa, la organización, producción y programación del Festival de Teatro de Loja que finalmente triplicó el presupuesto establecido en la primera licitación  para lo mismo, hecha por Raúl Vallejo.

Momiacoc Pérez

24 de mayo del 2017 hasta quién sabe cuándo

Raúl Pérez Torres es el flamante ministro de Cultura del gobierno de Lenín Moreno.  Suficientemente conocido por el modelo de gestión que estableció por años en la Casa de la Cultura Ecuatoriana siendo su presidente, de Pérez se recuerdan en esta década, dos hechos que ya son clásicos: la carta de amor que le envió al 001, cuando quiso, hace algunos años, que no lo ignore, que lo tome en cuenta, que él haría todo lo posible para reverdecer la Cultura en la Casa y que por diosito, no le quiten el presupuesto. Se sentía abandonado el pobre. Y la segunda, el video que hizo de su puño y letra y hasta con su propia voz en esta última campaña titulado Cría Cuervos. En él, con voz ronca y dolida, Pérez rompía definitivamente relaciones con el 001 diciéndole que él siempre le advirtió que si no tomaba en cuenta a la Cultura, algún día el pueblo le sacaría los ojos. Fue como un matrimonio y un divorcio público que tuvo a los dos protagonistas en la mira de todos.

*

Antes de Pérez, están los 10 de la Cultura de los diez últimos años. Todos participaron, a su modo y momento, en la construcción de la política pública para Cultura. Tuvieron aciertos y errores. Hay que reconocer que los diez ministros han sido grandes gestores. De su futuro.

Un futuro asegurado en un nuevo gobierno que empieza este 24 de mayo de 2017 pero que continuará el proyecto del anterior y que tendrá que afrontar, irremediablemente, la existencia de una Ley aprobada hace pocos meses. Si alguno de estos 10 no cae, seguro resbala de nuevo en la gestión pública de este nuevo gobierno, o en la Arena misma. Es solo cuestión de tiempo y de reciclaje.

Todavía recuerdo esa tarde de julio del 2009 cuando los artistas y gestores participábamos entusiasmados en los 100 días de la Cultura y veíamos, al bajar, cómo una gran neblina envolvía Montecristi. Nos llenamos de esperanza porque creímos que era una señal: la neblina se disiparía en algún momento.

Resuenan todavía en mi memoria las palabras del expresidente Correa: “La Cultura no tiene techo presupuestario, la Cultura no tendrá techo presupuestario”. Y tal vez justamente por eso, por no tener techo durante 10 años, a la Arena Cultura le entro agua, lluvia, sol, granizo, polvo y hasta moho, y la han dejado como un coloso debilitado, desprestigiado, desfinanciado —el Ministerio, suponemos, debe haber perdido al menos el 60% de su presupuesto de cuando se creó. Queda desequilibrado y hasta desmemoriado, pues no pudo construir, en esta década, una buena memoria institucional, datos, e indicadores.

Ha sido un Ministerio que fue refundado cada vez que entró cada uno de los 10 ministros. No ha sido capaz de difundir los extraordinarios proyectos culturales que ha apoyado con sus fondos, pues los mismos no han servido como material de consulta, menos de evaluación de lo hecho. Solo han servido para engrosar los archivos administrativos de la institución como justificación de gastos. Todos, a pesar de haberse mostrado como firmes luchadores por la causa —a excepción de Velasco a quien le doy el mérito de haberse mostrado tal cual— fueron desmantelando los pocos procesos que se hicieron con sus antecesores.

El hoy expresidente Rafael Correa reconoció la enorme deuda que deja su gobierno con Cultura. Pero la gestión que está por comenzar —ya con nuevo gobierno y ministro— parece decirnos que es el sector cultural el que le debe algo al gobierno. Por eso, se supone, tenemos que aceptar —calladitos eso sí— todo lo que ha pasado —y lo que está por venir—  en el sector porque nos ofrecen hacerlo con la mano bien extendida.

Nosotros los artistas y gestores, seguiremos mirando hacia arriba, a la Arena sin techo, (así nos dé tortícolis) o hacia abajo. Entraremos en ella, nos quedaremos en los graderíos, o saldremos de ahí definitivamente, esperando que finalmente se transforme o desaparezca. Haremos militancia cultural pero no militancia partidista. Veremos, tal vez de cerca o de lejos,  qué pasará con esa Ley Orgánica de Cultura, aprobada hace tan solo 5 meses en manos del undécimo ministro de la ‘Revolución Ciudadana’ (aunque el primero de Moreno), uno que increpó sus contenidos, sobre todo en lo que se refiere a la falsa autonomía de la CCE, institución que la presidía antes de entrar a la Arena. Sobre todo, Perez Torres piensa, y lo dijo alguna vez, que un Ministerio de Cultura es innecesario e inútil. Pero eso ya lo veremos en la siguiente temporada de esta realidad —o de esta ficción— que se estrena hoy.